Jorge Alberto Ayoroa, nació en Bolívar, provincia de Buenos Aires, un 6 de febrero de 1950.
Ya de pequeño tuvo una fuerte inclinación por las letras, destacándose en un ambiente doméstico, tanto en prosa como en poesía. Sin embargo su vida estudiantil y profesional, se orientó a las ciencias económicas, obteniendo tras sus carreras de grado, una maestría en Estrategia y Geopolítica.
Además de sus actividades profesionales, tanto en cargos gerenciales, como también siendo consultor de pequeñas y medianas empresas, tuvo un importante actividad en el área de formación de recursos humanos, tanto en aulas universitarias como profesor de grado y posgrado, como así también haciéndose cargo de la capacitación empresaria en organizaciones públicas y privadas, por un lapso de más de cuatro décadas.
Escribió varios artículos, ponencias, tesis y ensayos sobre temas de su especialidad, los que fueron integradas en diversas publicaciones de plaza. Es autor de tres libros técnicos, orientados a la problemática del Liderazgo, y en los últimos años, reorientó sus trabajos a la narrativa, tema este que consideró “Una asignatura pendiente”.
JORGE obtuvo el tercer premio en los juegos de literatura bonaerenses, en el partido de San Martín, sigue compitiendo por el premio regional.
Compartimos un relato y un poema
LUNA DE HIEL
Las ramas me golpeaban sin piedad en todo el cuerpo. El rostro, el pecho, las
piernas. Sentía la furia de su impiadosa resistencia, mientras corría con
desesperación por ese bosque que parecía no tener fin.
No había dolor, salvo cuando algo chocaba con la herida del brazo. Era
entonces cuando una ardiente sensación me recorría el cuerpo aunque la
tortura del desgarro, apenas afectaba al terror que me impulsaba.
Hacia un rato ya que nada me perseguía. Los rumores de sordas pisadas ya se
habían apagado. Solo me impulsaba el empuje del pánico que sentí cuando
aquella sombra se precipitó sobre mí, lastimándome.
Un claro en el bosque se presentó bruscamente. Me detuve, respirando
agitado, y noté que una fuerza interior me forzaba a observar el cielo nocturno.
Y entonces la ví.
Dominante y soberbia, la luna llena resplandecía sobre un aterciopelado fondo
salpicado de chispas. Solo con verla se comprendía porqué fue, en la historia
de la humanidad, la mayor fuente de inspiración para poetas y locos.
Era ella la reina consorte del cielo, condenada a no poder jamás consumar su
imposible amor. Cuando su rey la esperaba, luminoso y ardiente, ella corría
hacia él, más al llegar ya había partido. Así la misma escena, año tras año,
siglo tras siglo, era tras era…
Por ello con ardiente y resentida frialdad, descargaba su frustración
subyugando el corazón de los románticos.
Así es como miles de almas nostálgicas, habían entrado en una desesperación
que muchas veces las arrastraría a la demencia o al suicidio.
La cruel venganza rendía sus atroces frutos, hiriendo sin piedad los espíritus
sensibles que caían en su contemplación. Y ello sucedió, hasta que, en esa
tibia noche de primavera, casi llega a someter el mío. Puedo recordarlo con
certeza.
Ejerciendo una deslumbrante fascinación, su blancura se adueñó de mis
sentidos impidiendo que pudiera apartar la mirada. Mis pulsaciones se
aceleraron tanto, que llegué a pensar que ella podría escucharlas.
Lágrimas sin pena ni propósito, enturbiaron mi vista, y la respiración, agitada,
no lograba profundidad para satisfacer la sed de mis pulmones.
Amores que sentí alguna vez, y otros que precisé sentir y me fueron negados,
volvían del ayer en una atropellada estampida, que hacía vibrar el espacio con
un sordo rumor de nostalgia.
Todo mi ser temblaba extasiado y herido frente a ella
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Todo mi ser parecía a punto de caer en su despiadada trampa…
Pero en el último momento, justo cuando la tristeza y la desesperación
comenzaban a tomar el control de mi mente, todo comenzó a cambiar.
Pude percibir olores y sonidos que antes no sentía.
Una corriente de energía se deslizaba por mis huesos.
La herida del brazo quedó reducida a un sordo recuerdo.
La añoranza, el recuerdo y las lágrimas desaparecieron. Una neblina gris y fría,
reemplazó de repente la tibieza circundante. Sentí que mi corazón frenaba su
vertiginoso ritmo, para hacerse más lento y poderoso.
De a poco, el blanco deslumbrante de esa luna llena, comenzó a adquirir un
suave tinte rosado frente a mis ojos terminando por transformarse en un
oscurecido rojo sin brillo, poco después.
Ya no corría amor ni ansia por mis venas. Todo sentimiento había sido
reemplazado por un torrente de sangre salvaje que anhelaba apropiarse de
más sangre.
Sin pensarlo dirigí con brusquedad el rostro al cielo, y de mi boca, que ya no
era tal sino una cosa distinta, surgió un aullido feroz y amenazante que apagó
los sonidos del bosque como un furioso vendaval.
Los roles habían cambiado. Los espíritus sensibles ya no sufrirían más las
penas de amor que los esclavizaban. Desde ese instante, la novia despechada
ya no podría dañar a nadie más.
Ahora comenzaría a ser yo quien lo haría.
Jorge A. Ayoroa
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RENUNCIA
Frente a un jardín atiborrado de aromas,
el hombre sostiene en su mano una goma.
Acaricia con ella un rosal robusto,
la pasa con gracia sobre un tierno arbusto,
y borra las flores,
y mil brotes tiernos,
y suaves capullos que no han visto inviernos.
Frota con rudeza la goma azulada
por las plantas todas,
por la verde trama,
por un caminito de pequeñas lajas
que lleva a otras calles también arboladas.
Sólo quedó tierra,
no hay aves ni nada.
Silencio y pesar en la clara mañana.
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Suspira cansado,
de su goma azul
una migajita tan solo ha quedado.
Gira las dos ruedas de su silla fría,
y entra en su refugio, sin sol ni ventanas
dejando detrás con pena y tristeza
una vida entera, de pronto borrada.
Jorge Alberto Ayoroa

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