La nueva edición incorpora criterios editoriales unificados, la identificación completa de personas hoy ya conocidas públicamente que en la versión original eran mencionadas mediante iniciales y notas aclaratorias de referencias históricas, culturales y bibliográficas que hoy podrían resultar menos accesibles para los lectores. Los ejemplares son más grandes que los originales y la tipografía tiene un cuerpo mayor, lo que permite una lectura más amable.
La reedición fue financiada por la Asociación Amigos de Villa Ocampo, que por estos días evalúa nuevas alternativas de financiamiento para completar la publicación de los tres tomos restantes de la obra: Viraje, Figuras simbólicas, Medida de Francia y SUR y Cía.
Dijimos que ella misma rehusaba a llamarse escritora. En el primer tomo de su autobiografía, explica que la habría “aliviado” escribir en tercera persona, pero que “es un instrumento que no he aprendido a manejar”. Dice también que así como le dio el título de Testimonios a sus artículos y ensayos, “tendría que darle a mi Autobiografía, a mis Memorias, un título prudente: Documento. Documento en la tercera acepción del vocablo (diccionario de la Academia Española): ‘Cualquier cosa que sirve para ilustrar o comprobar algo’”.
Victoria, cronista de su vida y la de los otros. Documentalista, conversadora oral y por escrito. Esnob, para las lecturas críticas durante décadas; tilinga, para las lecturas más ideologizadas que hegemonizaron la escena en determinado momento histórico. La literatura se le escapa, pero nada le interesa más. Lo explica así:
“Aborrezco eso que podría llamarse hacer literatura, fabricarla torpemente, sin capacidad para usar las palabras como instrumentos de precisión adecuados al fin que nos proponemos. Es decir, caer en la afectación, deficiencia mucho más lamentable que el uso de los borrosos lugares comunes. (...) Tampoco quiero hacer ”literatura" entre malévolas comillas. Y menos con recuerdos. Pero declaro que en lo que atañe a la buena literatura, no soy yo quien la evita, será ella quien se aparta de mí en todo caso. Pues una de las cosas que más he admirado es la cosa escrita".
Marta Álvarez Molindi es la presidenta de la Asociación de Amigos de Villa Ocampo. La reedición de estas memorias era para ella un proyecto importante desde lo personal y desde su lugar en la organización. “Leí los seis tomos de la Autobiografía a los veintipico, y charlábamos sobre eso con amigos, caminando por la playa en Pinamar. Yo vivía bastante cerca de Villa Ocampo”, recuerda a pedido de Infobae.
Y sigue así: “Pasaron unos años y entré a la Casa abrazada a esos libros. Estaba... deteriorada, los yuyos altos, sin gente. Tengo un recuerdo muy oscuro de eso. Años después volví y ya existía una asociación de amigos de la que me hice socia; poco después ingresé a su Comisión Directiva y años después tomé la presidencia, hasta hoy en dia. Por todo esto, esta reedición es muy importante para mí pero para la asociación es fundamental porque hace cuarenta y dos años (!) que no se reedita y lo que se lee allí es la voz de Victoria hablando sobre su vida, sin intermediarios. El público que visita la casa y pasa por la tienda pide siempre una Autobiografía y hasta ahora no existía una completa. Y una vez más, ¿cómo no va a estar la voz de Victoria en su casa, en Villa Victoria (Mar del Plata) y en las librerías para que pueda ser conocida?”
Investigador, traductor y ensayista, curador de varias exposiciones sobre Victoria Ocampo y la revista SUR, Ernesto Montequin es el director del Centro de Documentación UNESCO-Villa Ocampo. Desde esa función, fue uno de los asesores para esta nueva edición. Infobae conversó con él a propósito de la extraordinaria novedad literaria.
— ¿Por qué era necesario que volviera a estar accesible la autobiografía de Victoria?
— Lo que pasó con Victoria en los últimos años es que se la recuperó como figura pero no siempre la gente recuerda que, además de todo lo que hizo, fue escritora, con una obra propia como los Testimonios –también hay un proyecto de reedición de los Testimonios–, que son los volúmenes en los que ella misma incluía artículos, ensayos, notas que iba publicando en revistas y diarios, que son diez volúmenes y la Autobiografía, que son sus dos obras mayores en materia de escritura. La Autobiografía es fundamental porque es la propia construcción de su vida, con todo lo que eso implica, porque fue una obra que le costó mucho escribir, sobre la que tuvo muchas dudas, muchas vueltas, se la dio a leer a mucha gente. Pensá que ella empezó a escribirla en los años 50, es decir a los 60 años, y fue publicando algún que otro fragmento y después, bueno, hasta su muerte siguió, digamos, trabajando en esa autobiografía. Es una obra que de alguna manera cuenta ciertas cosas que no se conocían hasta entonces: cuestiones de su vida amorosa, de su vida personal, no solamente su vida pública.
— Tal vez lo que voy a preguntar puede ser un lugar común, pero ¿pensás que la fuerza que tomó la obra de Silvina Ocampo o incluso la de Bioy en su momento, y la potencia de la obra de todos aquellos que la rodearon familiar y profesionalmente, opacó ese costado de escritura de Victoria, y la arrojó para siempre al lugar de la gestora cultural, por llamarlo de algún modo?
— Y, en cierto modo sí, porque hay que tener en cuenta que Victoria no escribió ficción.
— Claro.
— De este grupo, más allá de las disidencias o de las afinidades que tenía con todos ellos, ella era la única que no escribía ficción ni poesía, salvo algunos poemas de juventud. Entonces eso ya la dejó en una categoría diríamos menor.
— Claro, inferior para la época en términos de cómo se conceptualizaba la literatura.
— Exacto. Pero, al mismo tiempo, con toda la valorización de la crónica como género literario de los últimos años, se la tiene que situar ahí, en una línea que con Mansilla. Y en ese sentido sí me parece que se la puede recuperar literariamente porque es una cronista. Y, en ese momento, la crónica era un género casi periodístico, no literario. Entonces ahora creo que sí están dadas las condiciones para recuperarla como la gran cronista que fue.
— El otro día en la presentación de la nueva novela de Alan Pauls en el Malba, él hablaba de la recuperación en formato literatura de lo que antes se consideraba menor como podían ser los diarios o las cartas de un escritor.
— Sí, absolutamente. Es que, bueno, por razones que serían muy largas de explicar, en todo el ámbito hispanoamericano, las autobiografías, los diarios, los epistolarios, nunca tuvieron estatuto de género literario por derecho propio.
— Así es.
— Ya sea por la influencia de la religión, por otras cuestiones culturales, no solo literarias, nunca se les dio estatuto de obra literaria. Y eso pasa también con las biografías. La biografía para nosotros es un género periodístico, no es un género literario. Es decir, tené en cuenta que para escribir una biografía, además de ser investigador, hay que ser un escritor o una escritora. Entonces, no hay tradición en ese sentido. Y ahora creo que en los últimos años sí se está descubriendo que los epistolarios, los diarios, las autobiografías también son literatura. Más allá de que, como decía (Guillermo) Cabrera Infante, literatura es todo lo que se lea como tal. Pero como género, como conciencia, que es lo que pasa con Bioy, con Victoria misma, era gente que leía mucha autobiografía porque conocía muy bien la tradición inglesa, la tradición francesa, en las que entre las grandes obras hay autografías, epistolarios, diarios. Entonces, cultivaban esos géneros sabiendo perfectamente que estaban escribiendo una obra literaria, no un género meramente documental. Y creo que recién ahora, por lo menos entre nosotros, se está valorando, se está descubriendo eso también... No me refiero a la autoficción o cualquiera de esos artilugios que son muy discutibles sino a la verdadera tradición de la literatura del yo como los epistolarios, diarios, todo lo que decíamos recién. Es decir, que eso puede tener un estatuto plenamente literario.
— Lo que estaría pasando ahí en términos de procedimiento es cómo los hechos reales pasan por el trabajo del estilo y el lenguaje. Una vez que atraviesan eso, ahí se puede determinar si es o no es literatura. Algo así sería.
— Algo así, en el sentido de que hay también una conciencia de estilo.
— A eso voy, sí.
— Absolutamente. Es decir, no sólo qué escribir sino cómo escribirlo.
— Por eso pienso en lo que mencionabas antes en relación a los textos que ella publicaba en diarios o revistas. También hay periodistas que son escritores y hay periodistas que no lo son, aunque escriban.
— Exactamente. Sí. Y hay periodistas que hacen literatura a pesar de sí mismos.
— También.
— Pero son mucho menos los que quieren hacer literatura, siendo periodistas. Pero en el caso de Victoria, ella siempre decía que sólo podía escribir sobre algo inmediato. Es decir, su escritura respondía siempre a un estímulo externo, ¿no? Un libro, una situación, una persona, un momento histórico. Entonces había una relación con el presente que la situaba en un contexto de una lectura muy inmediata.
— Sin haberla conocido, aunque habiéndola leído, siempre imaginé que su literatura, su escritura, estaba bastante vinculada al modo en que ella seguramente hablaba. A su relato oral, ¿no?
— Por supuesto, pero es la tradición de la prosa de Mansilla.
— Sí, la causerie.
— La causerie y el tono llano, digamos, de conversación.
— Exacto.
— Absolutamente, sí. Es decir, eso es notable, no quería hacer literatura. Y, bueno, también por una cuestión si querés de clase, de crianza, el horror a toda afectación, ¿no?
— Claro, pero es que ella misma no debía considerar lo suyo como literatura.
— No, obviamente que no. Es decir, ella escribía casi como una necesidad más vital. Y también le daba más valor a lo testimonial. O sea, por algo le puso Testimonios al conjunto de esos textos. Es decir, ella misma se sustraía a esa valoración. No trataba de hacer pasar por literatura aquello que escribía. Aunque sí lo pensaba como testimonios.