viernes, 26 de julio de 2019

LA LEYENDA DEL CERRO DE LOS SIETE COLORES.


Cuenta la leyenda que…

Hace mucho tiempo, tanto que no es posible contar con años ni con siglos, la madre tierra, Pachamama, se reunió con pequeños duendes de luz y a ellos les encomendó la tarea de embellecer los cerros, morada de sus hijos allá en la superficie.
Le encomendó también a Mama Quilla, la luna, que guiara a estos duendecillos que trabajarían por la noche; y a Inti, el sol, que iluminara con sus rayos el trabajo que estos seres hicieran.
Con un silbido, el viento anuncio a los cardones la aprobación de los duendes, Inti y Mama Quilla.
Ellos están felices con su tarea milenaria de embellecer el paisaje para cautivar al visitante y mantener apegado en su tierra a los lugareños. Sino ¿Por qué otra razón se quedaría aquí los habitantes de la quebrada?

Altiplanicie seca, lejana y silenciosa ¿Por qué esta gente no te deja, buscando más prosperidad? ¿Por qué lenguas extranjeras se radican en tu suelo?
El motivo es el trabajo de estos seres mágicos, luminosos y coloridos, que recorren la quebrada, cubierta por el manto de luz plateada que les ofrece su protectora.
Como todas las noches, la luna comienza su acostumbrado paseo por el cielo…
Los seres de luz lanzan gritos de gloria que no se oyen. Comienzan su trabajo nocturno. Los manda Pachamama, para que protegidos por Mama Quilla hagan lucir los colores de la quebrada, antes que su esposo Inti aparezca por la mañana.

Esa gélida luz que se refleja en el salar como un espejo, indica el inicio de las obras.
Vigilantes custodios, los cardones, señalan con sus largos brazos desde donde comenzar.
Los duendes de color embeben sus pinceles de lana de llamas y vicuñas sagradas, en el blanco salar para luego teñirlo de colores en el “Cerro de los siete colores”. De allí toman los tonos que Pachamama guarda para su tierra.

Como un ritual de limpieza y como ofrenda a su protectora comienzan la misión, elevando sus pinceles y salpicando al límpido cielo con brillos de sal, formando así las estrellas, que en el oscuro y atrapante cielo parecen estar al alcance de las manos.

A esta ofrenda, el cielo parece darles vida, ya que comienzan a palpitar agradecidas, queriéndose acercar para con su pequeña luz iluminar a los hacedores. Solo en este cielo de gran altura, los duendes trabajan tranquilos, lejos de indiscretas miradas. Llamas, ovejas y cardones son cómplices de la obra.
Lavando sus pinceles en el río, le dan el color terroso a sus aguas, que bajan límpidas desde el deshielo y luego arrastran colores y magia hacia el valle, hacia la gente, y al hacerles efecto los lleva a remontar hacia lo alto de la quebrada, llenándose los sentidos de esos colores, olores y paz que los duendes en su trajín esparcieron.
La noche avanza y la obra continúa, limpiando y retocando los colores.


Pasan del rosado de sus flamencos al rojo mineral de la mina, guardan el verde para los pequeños manchones de vida de los valles y el cerro, también reservan el dorado, naranja y el azul para Inti. El marrón lo esparcen con el viento de la siesta, junto con la arena del río y el abrasador sol que quema y no calienta. Casas y pobladores se lucen con el color.

Los duendecillos toman los tonos del “cerro de los siete colores” y preparan los distintos matices en la “Paleta del Pintor”, mostrándole así a Pachamama los colores preparados. Esperando su aceptación, luce el cerro diferentes colores que la diosa contempla y admira silenciosa.
Finalmente la luna sangra al incrustarse en la cordillera, mientras Inti por el Este trata de socorrerla.
Los cardones que guiaban a los seres, indican ahora a Inti donde se oculta su amada.
Estampida de duendes y despertar de nuevos seres, provocan un salpicado de colores, que al azar descubre el atento viajero.
Alrededor de cardones, los duendes tejen ensueños de Pachamama, donde lugareños y turistas quedan deslumbrados por esa celestial belleza.
Volverán al crepúsculo, a terminar la interminable tarea encomendada por la madre tierra.
Quedan huellas de su trabajo, la belleza está presente, la magia existe y la fuente de los colores se disfruta.

Es por eso que los pobladores de Purmamarca y Maimará, esperan ansiosos el crepúsculo, para poder escuchar entre el susurro del viento, el sonido de quenas, sicus, zampoñas, erkes y erkenchos que los duendes de luz utilizan para retomar su tarea, y son ellos quienes inspiran a músicos y poetas, y atrapan al viajero, en el encantamiento de los mismos cerros y quebradas.

(foto Silvia Vázquez)
                                 
Es así como los duendecillos de luz, en esa noche clara de luna me contaron su leyenda y me enseñaron esta copla.

Hay fiesta hoy en el cielo,
La luna llena se acerca,
Los duendes más que felices
De comenzar la encomienda.
Con pinceles de vicuña,
Con colores y con magia,
Bajan por la quebrada
Ofrendando a Pachamama.
Antes que el Sol los alcance,
Antes que las estrellas se apaguen,
Pintarán colores y sombras,
En la quebrada del Valle.
Con gritos sordos, los duendes
Me cantaron esta copla
Me la contaron al oído
Para pasarla de boca en boca.

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