Tesoros escondidos
De eso se trata, de desarmar la casa, que es casi, casi como desarmar la vida…
A eso lleva una ausencia, a descubrir tesoros escondidos. Y entre la tristeza y la sonrisa que
añora, abro el cajón del bajo mesada. Allí están: Siete bolsitas de diferentes yuyos, abiertas,
doblada su esquina y asegurada cada una de ellas con un clip de diferente color. Porque
seguramente por el color los reconocía cuando seleccionaba cual usar, recién levantada, sin
los anteojos. A esa hora, sin los lentes salvadores, las letras se transformaban en garabatos
ilegibles para los ojos añejos que nunca habían funcionado del todo bien.
Comienzo a leer sus nombres: Yerba de la piedra, fucus vesiculoso, estigma de maíz, cola de
quirquincho. Me detengo en ese con una sonrisa. ¿alguna vez habré tomado eso camuflado
en el mate? Y mi mano tantea mis nalgas casi para comprobar que ninguna protuberancia
ajena a lo humano esté creciendo allí. Porque no suelo mirar en un espejo esa parte de mi
cuerpo. Mi ocurrencia me ha cambiado el humor. Sigo leyendo: Rompe piedras, melisa y
toronjil, pasionaria. El burucuyá asalta mis recuerdos: Hermosa flor, y mi mamá contándonos
el origen de su nombre. La pared del patio donde crecía irreverente, y en el verano cientos de
bolitas naranjas nos invitaban a jugar a la comidita, siempre y cuando no lo comiéramos,
porque era peligroso. En realidad era dulce, pero eso mamá no lo sabía.
Tengo ganas de imaginar. Tengo ganas de convertirme por un rato en quirquincho y correr
libre por los humedales, quiero que el rompe piedras me dé fuerzas para derribar esa pared
que nos separa. Que el maíz y su estigma devuelva a quienes sufren la dignidad que
merecen, que la pasionaria les recuerde las ganas de luchar y de saber que algo se logra
detrás de todo eso.
Entonces, rodeada de tesoros que no esperaba descubrir, pienso: tal vez de eso se trate
recibir la mejor herencia…
Nélida E. Bertolone

Hermoso!!!! Me encanto!!!
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