Pensar una cosa, decir otra y hacer una tercera diferente a las anteriores, aunque parezca una locura, es una forma habitual de vivir. Claro, que el coste emocional es muy alto, por eso Gandhi insistía tanto en la coherencia vital.
Si vamos un poco más allá y profundizamos en la desconexión entre el dicho y el pensamiento y añadimos el hecho, nos damos de bruces con el amargo dolor de la confusión interna. "La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía", decía Mahatma Gandhi (1869-1948). La fuerza de su idea, aparentemente sencilla, reside en la exigencia que encierra. Nos habla de coherencia interior, de una alineación entre pensamiento, palabra y acción que rara vez se da de manera espontánea. ¿Cómo es posible?
coherencia histórica
A veces por miedo, otras por comodidad o por adaptación al entorno, no somos fieles en pensamiento, palabra y acción. Alguna de esas 3 patas, acaba cojeando. Y eso que esa fractura interna suele tener un coste emocional claro y elevado: desgaste, cinismo, sensación de vacío o de vida vivida a medias...
La filosofía carga con este asunto desde la época clásica. Aristóteles sostenía que la eudaimonía (felicidad) no era un estado pasajero de placer, sino una forma de vida que, bien entendida, implicaba actuar de acuerdo con la virtud (que era el hábito de elegir correctamente). Es decir, no bastaba con saber qué era lo bueno, había que practicarlo. Pensamiento y acción debían ir de la mano porque solo así se formaba el carácter de la persona y la vida adquiría sentido.
Más de un siglo antes, Confucio hablaba de la importancia de la rectitud personal como base del orden social. Según el filósofo chino, la autenticidad del individuo se manifestaba cuando sus palabras coincidían con sus actos y ambos estaban guiados por una intención moral clara. De hecho, advertía que un lenguaje vacío, desligado de la acción, acababa erosionando la confianza y el sentido mismo de la comunidad. No se trataba de perfección, sino de honestidad.
más estrés: no, por favor
La ruptura entre razonamiento, palabra y acción, pese a todo el esfuerzo del pensamiento humanista, sigue estando vigente e, incluso, preocupantemente manifiesta. Quizá aupada por la exposición pública que se asocian a los nuevos medios de comunicación, la tensión interna puede que se esconda. Pero la disonancia cognitiva no desaparece, se siente, se mastica y se engulla. Y también genera estrés psicológico.
Cuando sufres esa falta de alineación entre las tres acciones, tu cerebro, que es muy listo, intenta justificar la situación. Sin embargo, el razonamiento no suele convencer a las emociones. Se nota, por mucho que hagas oídos sordos, un malestar latente. ¿Qué sentido tiene desconectarte de ti para complacer algo externo? Nadie se contraría a si misma por darse el gusto de generar un conflicto interno. La causa está afuera y provoca esa incomodidad que acabamos tolerando o justificando. Y no hace falta recurrir a escenas extraordinarias para darnos cuenta del daño. ¿Cuántas veces no te has arrepentido de no haber dicho lo que realmente pensabas aunque sea una nimiedad? Solo hace falta tener el respeto suficiente para manifestar de forma coherente sin dañar, que los derechos propios acaban donde empiezan los ajenos (principio fundamental de convivencia).
Mahatma Gandhi se refería a esa alineación de pensamiento, palabra y acción como forma de vida que necesita la práctica diaria, aunque fuera costosa. Claro que discutir también tiene un coste emocional y no se trata de entrar al trapo cada vez que te encuentres en una conversación con alguien que te increpa para defender a ultranza tus pensamientos. Quizá, en ese punto, el pensamiento es el que se tiene que alinear con tus palabras y tus hechos; por ejemplo, cuando te convences de que no merece la pena una disputa con esa persona por mostrar tus ideales. La trilogía pensar, hacer y decir goza de la propiedad conmutativa. Pon primero cualquiera de los verbos (aunque se recomiende pensar siempre al inicio) que, lo realmente importante, es que sus acciones sigan la misma línea.
Revisar automatismos, atrevernos a nombrar lo que sentimos, actuar conforme a lo que creemos justo (aunque no siempre sea lo más cómodo) seguramente contraríe la rapidez, la preocupación por la opinión ajena y la adaptación constante, pero entona una armonía interior que recuerda que la felicidad no está fuera, sino en la serenidad de no tener que huir de uno mismo.

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