viernes, 13 de julio de 2018

Escritora invitada: Raquel Pietrobelli, de Resistencia, Chaco


Raquel Pietrobelli es profesora de Inglés. Trabajó durante 33 años en escuelas públicas y privadas.Estudiante de Coaching Ontológico, en la “Fundación Instituto Argentino de Coaching”. Resistencia. Chaco. 

Ganó varios premios en cuento , poesía y narrativa.  Publicó en revistas literarias y participó en muchos certamenes, en muchos  fue ganadora o seleccionada como finalista. Integró  varias antologías y fue entrevistada en medios radiales.
                                      
Realizó un  Intercambio Cultural Barranquilla-San Salvador de Bahía, Brasil; y Argentina en mayo de  2016. Viajó  a Cuba, Colombia y Brasil,representando al país.

Se teatralizó uno de sus cuentos en el Espectáculo teatral en el Salón de la UNNE, Universidad Nacional del Nordeste  en el “Ciclo de Autores y Personajes”: “Infancia Peligrosa”, protagonizada por los actores del Grupo de teatro de la UNNE. Julio, 2.017.

Participó en varios encuentros literarios.




Raquel es sumamente expresiva, alegre y muy histriónica. Tuve el gusto de conocerla cuando vino a recibir un premio por un concurso literario que habíamos organizado. Da gusto charlar con ella.


Raquel, respondeme estas preguntas rápidas, con respuestas rápidas:

Un sueño cumplido: Conocer otras tierras. Viajar.

Un sueño por cumplir: Ganar un premio  muy reconocido.

La palabra/frase que más veces repetís diariamente: Que sea lo que Dios quiera.

El libro que recordás con más cariño: .Las poesías de Alfonsina Storni.

El personaje literario que hubieras querido ser: Doña Flor y sus Dos Maridos.

Un autor con quien tomarías un café.¿Qué le dirías?: Borges, porque era un genio en sus frases cotidianas, y me haria reír mucho. Le preguntaría cómo se hace para ser un genio, como él.

 

                                        

                                            Encuentro internacional de escritores, Junín



 Hoy comparte con nosotros una de sus creaciones:

La tía Cora

La tía Cora era una de las pocas damas que todavía perduraban en el tiempo. Exudaba alcurnia, quizás por su ampuloso apellido irlandés, resabios de una añeja y evanescente estirpe, abonada a campos, anécdotas (algunas inventadas), historias adornadas y baladíes, herencias fugitivas.

O quizás su cabello blanco y lustroso, marco de unos hermosos ojos azules, o su eterno collar de perlas nacaradas crema, con matices rosados. Se decía que eran auténticas, de varios carat, obsequiadas por un amante furtivo, en la Polinesia Francesa, quien las sacó con sus propias manos, en las costas de Tahití.
De ademanes modosos y aristocráticos, tenía una vocecita encantadora. Nadie hubiera sospechado, ni remotamente, la tragedia que se desataría después. Lo que era innegable era su distinción innata, su educación de cuna, y su perfume francés.
El colectivo chusma, adosaba y extraía datos, a gusto y piacere. Aparecían héroes de guerra, Caballeros de la Corte, una vida algo disipada, algún que otro camarero de hotel en edad de merecer, y hasta algún portador de sangre azul.

Toda esa parafernalia (el cansancio y las historias repetidas también se gastan), se fue diluyendo con el tiempo. También los agónicos estertores de una algo cuestionable, inverosímil ralea de príncipes y princesas. Hasta sus 92 años, con su elegante bastón de alabastro y marfil, iba al Colón a deleitarse con alguna ópera o ballet. También recibía a sus amigas a tomar el té los domingos a la tarde, en el faraónico living de su palacete de Palermo.

Cuando sufrió el ACV, todo se derrumbó.

Debió enclaustrarse en esa horrible silla de ruedas, y depender de sus empleadas de turno .De a poco, se fue deshilachando esa cultura ilustre de la cual hacía gala cada tanto. Dejó de salir, y los amigos se esfumaron exterminados por algún raro gas letal. Los pocos parientes, también.

Sus pláticas perdieron el brillo, como anillo falso, y su otrora atrapante, reluciente oratoria, devengó en algunas palabras claves, las necesarias para subsistir. Y vegetar. Aun así, el brillo formidable de sus ojos, no dejó de titilar, aunque se los adivinaba ya velados por una gris pátina de recuerdos. Tiempos mellados ahora por la tristeza, las barreras de tiempos pasados, y la injusta, reptante enfermedad.
De los parientes que sobrevivieron a la cruel plaga del desinterés, la única que acudió en su ayuda, fue Yayita, una sobrina nieta, renacida de algún eslabón algo perdido y difuso. La tía Cora agradeció al cielo el cuidado generoso que esta sobrina le ofrecía, tan desinteresadamente.

Si bien Yayita no detentaba gran cultura, pronto fue una excelente Cicerone. Hasta leía dócilmente los libros recomendados por la tía, para poder debatir con ella algunos pasajes literarios. O le leía, por horas, sus poesías preferidas. Nunca abandonaba su tarea, ni cuando ella cerraba los ojos, ya que sabía que Cora no dormía, tal vez tan solo soñaba con lejanos tiempos, cuando era joven y bella, rica y llena de amores pródigos. Ni siquiera Amadeo, el marido de Yayita, osaba penetrar en esos extraños mundos en el que cabalgaban todos los días, al atardecer. Él colaboraba en mantener la vieja casona, el jardín, cuidando celosamente las rosas rojas que la tía adoraba; la fontanería, las lámparas, las diligencias.

Todo iba bien, hasta que entraron esos rateros, y se llevaron todas las joyas de la tía Cora. Yayita y Amadeo, fueron los que se llevaron la peor parte. Maltratados y torturados, hasta que tuvieron que cantar dónde estaban las joyas, para salvar sus vidas, y proteger a la pobre anciana .Jamás tampoco se descubrió quiénes fueron los ladrones, a pesar de las investigaciones pertinentes.

A partir de allí, lo recuerdo bien, la tía Cora fue desmejorando paulatinamente. Dejó de hablar. Necesitó más que nunca los amorosos cuidados de la estoica Yayita, que se partió en mil, para poder cumplir con todo.

Comenzó a babear, a delirar…La senilidad, cual víbora macabra, empezó a devastar esa alma que alguna vez alumbró sus cielos sensatos.

Cuando les dijo que almacenaran mil latas de tomates y porotos en el viejo sótano, porque Hitler le había hablado por teléfono, avisándole que ocuparían su casa con sus soldados de la Gestapo, ya que se avecinaba la tercera Guerra Mundial…Definitivamente sospecharon que los decrépitos fuelles de la pobre tía Cora, ya tenían poco aceite, que ya le había saltado la última chaveta.

Y así murió. Pareció que todo se desbarrancó de pronto. El halo de luz de la tía Cora se extinguió. Se apagó el gran faro. Las campanas dejaron de repiquetear en Palermo. Los espíritus bienhechores emigraron a otros lares.

La vieja mansión se volvió más vetusta y desolada. Sus viejas y encumbradas columnas parecían las cadenas de un tétrico panteón, mohoso y húmedo .Las ventanas se abrían muy de vez en cuando, y sus goznes lloraban su interrumpido descanso. Las rosas se marchitaron y los yuyos acosadores violaron la plácida belleza del paisaje.

Yayita se deprimió. Vagaba por los cuartos vacíos, entre sucios y llenos de ecos. Fantasmas tenaces de una vieja época de esplendor, de amores feraces…y por qué no, de dolores de fuego y heridas abiertas que nunca cerraron.

Amadeo se volvió algo paranoico. Desconfiaba de todo .Decía que no podía dormir por las noches. Escuchaba los chirridos enervantes de la silla de ruedas de la tía Cora, que se deslizaba, incansable, por toda la casa…Chás,chás,chás Atormentándolo. Chás,chás,chás.… Chás,chás,chás..

Yayita pensó que estaba loco, así que no se hizo mucho problema, cuando una mañana se levantó y vio la nota de despedida. Hasta sintió alivio .Ese cuento de los ruidos y ánimas vagando por la casa, la estaba afectando también a ella.
Entonces se hizo amiga del vodka y el jugo de naranjas. Después, de las burbujas del ron y frutillas. Después, el whisky… Los cócteles…Y de…

¿Qué importaba? Era la única heredera de esa mansión, con una bodega prodigiosa, tenía una pensión más que notable… ¿A qué temerle? ¿Para qué hacerse dramas? Ya bastante sufrió necesidades antes. Tenía un futuro asegurado, estaba libre, todavía joven…Ya vendrían mejores tiempos.

Por eso, muchos sintieron cuando fue atropellada tan tontamente por ese auto, al cruzar la calle .Quedó como una muñeca desvencijada, en el medio de la avenida .Un rictus de horror y asombro marcado en su rostro…
¡Pobre! ¡Tan joven! ¡Tan rica!...Con toda la fortuna que heredó…Se dedicó a cuidar a su tía toda su vida, y ahora… ¡Qué triste destino! Algunos dicen que estaba borracha, pobrecita. La soledad de los ricos, ché. No habrá podido superar la muerte de su tía Cora. O quizás…El abandono de su marido. Desgraciado. Cuando más lo necesitaba.
¿Y ahora? ¿Dónde irán a parar todos esos millones?...Dios es justo ¿Viste? Uno se rompe el alma para ganarse un peso, y ésta… millonaria, viene a estirar la pata justo cuando estaba por fin libre… ¡Qué desgracia!... ¡Pobre santa!

Los vecinos se hicieron la fiesta, en conjeturas, suposiciones, maledicencias y admoniciones gratis.

Algunos, hasta lloraron. Nunca supe bien si era para las cámaras, cuando eran entrevistados, o si lamentaban horriblemente no haber heredado algo aunque sea de la fortuna de la irlandesa. Ni heredarían nada en sus putas vidas, lo más
probable. Lo que nadie sabe, es lo que realmente pasó esa fatídica mañana, en la avenida Córdoba al 3.600. Era a principios de agosto, una tibia mañana, todavía brumosa. No me acuerdo ya de qué año.

No fue precisamente un auto que atropelló a “esa pobre santa”.
Cuando Yayita iba cruzando, por la esquina, correctamente, por las zebras blancas, con semáforo en verde…Nadie sabe…Ni jamás sabrá, de dónde salió. Emergió ,como de un horripilante agujero negro de la tierra , como de las fauces del mismísimo infierno…Una enorme silla de ruedas que se abalanzó sobre ella, en un espantoso rechinar de tornillos, y el crepitar de las ruedas sobre el pavimento, como un vaivén diabólico de un tren poderoso y mortal que se acercaba, chás ,chás, chás ,sediento de sangre y vísceras reventadas… Lo último que alcanzó a ver Yayita, era a su tía Cora riéndose como en sus mejores tiempos, festejando ,envuelta en su perenne collar de perlas y su mejor estola de visón…Apurando la silla ,a una velocidad alucinante. Hasta alcanzó a oler ese horrible perfume de violetas francés, que había tenido que soportar tantos años.

¿Por qué se les había ocurrido darle tantas pastillas, hasta anularla, para que pusiera todos los bienes a su nombre? ¿Por qué dejaron de darle las medicinas? ¿Por qué la abandonaron a su suerte, los últimos años cansados de ella? ¿Por qué despidieron a todos sus empleados, para planificar mejor, la venidera e inminente muerte de la “querida” tía Cora? ¿Por qué? ¿Por qué?

Fueron sus últimos pensamientos, antes de que la rueda letal de esa silla monstruosa, pasara por su garganta y la sangre explotara, como un globo de carnaval…Como esos que usaba allá, en la villa, cuando era chica. Cuando era pobre.
La tía Cora…Tan buena, tan generosa, dulce anciana. Nadie hubiera osado pensar, ni en mil años, que podría ser, tan, pero tan rencorosa y vengativa.

Junto al cadáver, la gente alborotada vio las cuentas de un collar roto. Algunas perlas quedaron navegando, indolentes, en la sangre espesa.

Era ése…Era el maldito collar que esa noche, no pudieron encontrar por ningún lado.

Raquel Pietrobelli


2 comentarios:

  1. Raquel Pietrobelli

    Muchísimas gracias, Silvia Mabel Vázquez,escritora, periodista,a quien tuve el gusto de conocer en Buenos Aires,cuando era la gestora de cálidos certámenes literarios. Gracias Silvia, por publicar un cuento mío, en su hermoso blog ,"Las Musas Despiertas".(Lasmusasdespiertas.Blogspot.com )¡Gracias por promover la cultura, y acordarte de los provincianos.

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