El 22 de febrero de 1939 murió en Colliure (Francia) Antonio Machado. Eran los últimos días de la Guerra Civil y había tenido que huir de Barcelona con su madre, ya muy mayor, que en el camino le preguntaba algo que a mí siempre me hace llorar: "Hijo, ¿falta mucho para llegar a Sevilla?"
Allí, en Sevilla, había nacido el poeta 64 años antes, en ese palacio de las Dueñas en cuya puerta hay un azulejo con los primeros versos de su "Retrato":
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero...
Y aquellos recuerdos de la infancia son los que vuelven a aparecer en sus últimos versos, que su hermano José encontró en el bolsillo de su abrigo después de su muerte:
Estos días azules, y este sol de la infancia...
Me gusta mucho pensar que, por lo menos, pudo sonreír por última vez pensando en eso, en los días de la infancia, en la luz del Sur.
Hace un tiempo leí esto en un artículo y me pareció emocionante: "su tumba en Francia es el recordatorio del precio que paga por su decencia la gente decente. Tal vez por eso nunca debería moverse de allí, donde la fundación que lleva su nombre mantiene vivo su recuerdo, donde cada 22 de febrero los exiliados, los supervivientes, los vecinos y los alumnos de la universidad de Perpiñán -animados durante años por el impagable Jacques Issorel- celebran al poeta, leen sus versos y meriendan lo que cada uno se lleva de casa, sin mayor ceremonia, sin los disfraces de la oficialidad." No hay mejor homenaje que ése.

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