Buró espejado
En aquella mañana de caldo enjaulado, con brisa de río
semiapagada, Soledad buscó en su bolso las llaves de la
puerta. Era una vieja puerta de madera
acaramelada, oliente a crema quemada, que con el solo
hecho de mirarla le provocaba indigestión. Los dedos
embetunados no alcanzaban a agarrar, del
fondo, el juego metalizado en el bolsillo perdido.
Al fin logró pescar el llavero escurridizo que sonaba al ritmo
de mini campanillas de bronce, y le provocaban migrañas sin
ni siquiera ver de cerca a algún insecto. Eligió acertadamente la media naranja de la gruñona.
Hizo el giro perfecto del Pericón y logró entrar al recinto desolado.
En la silla giratoria se desplomó como vaca de pobre y su bolso quedó
atragantado debajo del buró que la esperó impaciente todo el fin de semana.
Cuando recobró el aire mezclado con encierro, leyó un cartel, en letras de
imprenta y tinta azul, pegado al espejo del buró: “Usted está siendo filmado. No
revisé papeles ajenos. ¡Aléjese!”. Recordó haberlo escrito el mes pasado, durante
un lapsus de brillante imaginación. No encontró un fundamento preciso para
mantener vivo el letrero, pero le resultó un entretenimiento jocoso para su prima
Soledad. Lo había dejado por si las moscas eran atraídas por la acaramelada.
Todo se encontraba perfectamente organizado, en el mismo lugar y a la
misma hora. Relojeó la bandeja de papeles y eran varios los acumulados. Esa
mañana no recibió el contagio de su lectura habitual de marañas, ni de los títeres
ni del titiritero. Respiró hondo para poder bucear, con mayor facilidad, en lo
espejado del buró heredado.
De su campo visual arrancó el letrero rechinador y se reflejó en una
especie de arrecife de corales. Eran pocas las cosas que le devolvía, todas
parecían objetos también heredados. Un cuadro invertido, con marco de madera
oscura y paspartú en tela rosé, donde la cabeza de un humano caía en picada
hacia un fondo blanco, y entonces volvió a mirar. Esta vez pensó que rosé no era
igual a roce. El cuadro permanecía estático. Un lazo de amor, de hojas largas y
finas, tocaban el techo invertido de aquel recinto, y llevaba un sombrero terracota
fabricado en un material común y corriente. Resultaba ser la única compañía del
humano de brazos cruzados, al que conocía en profundidad, de sus libros de
Historia.
2
Continuó hurgando en la transparencia del agua espejo, y se topó con la
mirada de dos luces. Parecían colgadas de un parachoque perdido, del cual no
halló explicación. Una, lisa y sin gracia, la otra retorcida como caparazón de
caracol. La encandilaron cuando su cabello rizado bajó hacia el fondo, mientras le
cubría su perfil de piel morena.
Agotada de tanta profundidad, se lanzó hacia la superficie y comenzó a
observar. En una madera añeja encontró miles de líneas, yendo y viniendo sin
destino determinado. Formaban caminos claros y oscuros, y una serie de dibujos
difusos, imposibles de descifrar. Podrían estar creando figuras geométricas, o tal
vez vías de trenes, pero no se distinguían. Solamente se entrelazaban,
engrosaban y afinaban, y se volvían a entrelazar con patrones sin estructura
conocida. Creyó estar mareándose hasta que alguien golpeó a su puerta. Se
asomó y no encontró a nadie en el umbral. Sacudió la cabeza, como lo más
natural del mundo, y se le cruzaron pensamientos asociados a algún espectro o a
la brisa de río semiapagada.
Nuevamente se sentó recordando a su prima Soledad. Deslizó el brazo y,
con pereza sobre su diestra, escribió un conjunto de palabras que dejó olvidadas
en uno de los cajones del buró. Los caminos lineales la dispersaron, y sin lograr
concentrarse comenzó a contarlos. Se percató de que eran demasiados para esa
mañana, o quizás ni en toda su vida terminaría de contabilizarlos.
—¿Serán jeroglíficos? —habló para sí, o tal vez en voz baja para no ser
escuchada—.
—¿Quién será el autor de este arte rupestre?
—¿Podrá ser llamado arte?
—No primita, fíjate bien. Esto no es arte —creyó escuchar la voz de
Soledad—.
—¿Y entonces, obra de quién? —lo desconocía—.
—Primita, recuerda que el buró es heredado —no sabía a quiénes
perteneció. Uno, dos, diez, toda una gran incógnita. Lo único certero era que el
buró espejado, ese día estaba con ella y con Soledad.
—¿Y si a cada uno lo bautizo con un nombre? —percibió una gran idea en
años luz—.
—Aquí el camino Esperanza.
3
—Prima, ¿de qué Esperanza?¿De la tía? Recuerda bien su nombre,
Esmeralda. Ni se te ocurra equivocarte.
—No me refiero a nadie de la familia —contestó segura de sí misma, y
continuó—.
—El Cortado —y lo saboreó como al café de todas las mañanas—.
—El Ancho, el Fino, el Oscuro, el Grueso, el Retorcido, el Espiral, el Sin
gracia… —y así continuó hasta llegar al Sin final.
Para ponerles nombres y armar un mapa también le resultaron demasiados.
—Están todos en mi buró. Este sí es un verdadero mapa de rutas del buró
—quedó completamente satisfecha con la conclusión a la que había arribado,
aunque su pensamiento continuaba encendido.
La alcanzó la tarde y la encontró hablando sin afligimiento junto a Soledad.
—Solo hago sin esperar nada humano.
—Solo hago por mí y por la sociedad —replicaba Soledad—.
—Solo hago por la eternidad —le retrucó.
Y después de tantas idas y venidas, desde unos de los caminos brotaron frases
humanamente inentendibles. El contenido coincidía exactamente con lo escrito y
guardado en uno de los cajones del Buró.
De repente, un nuevo letrero. Ahora sí se leía con total claridad: “Los
papeles también me pertenecen. ¡Jamás me alejaré!”. Desconcertada enmudeció
hipnotizada por un espectro que nunca logró ver. Esta vez, el pensamiento se le
nubló y el diálogo con Soledad se agotó.
©Karin Perdomo
Publicación en la revista literaria "relaciones" Nro 488/9 enero - febrero 2025, Montevideo, Uruguay (bajo el seudónimo literario de Karen Zapphire y también las publicaciones fueron bajo el citado seudónimo).

Mil gracias Karin por tu fortaleza , sentimientos y.claridad en tus escrituras y vocabulario comprensible.besos y fuerte abrazo . Dumar.
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