viernes, 16 de enero de 2026

Escritores: Valle Inclán

 VALLE-INCLÁN, SABIDURÍA GALLEGA




Vilanova de Arousa

(Otro relato que aparece en el libro “Morriña andante”)

Ramón María del Valle-Inclán tenía razón: la realidad no es tan real. Al menos no es tan real como pretende ser la realidad, que se busca anclar en la acera de la verdad absoluta, sin discusiones, ni aceptar planteos. La realidad, como describe el propio Valle-Inclán en su libro más célebre, «Luces de bohemia», se va deformando como uno se deforma en esos espejos cóncavos y convexos del popular callejón del Gato, situado en Madrid. «Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas», asegura el protagonista ficticio de dicha obra ilustre, el poeta ciego Max Estrella, quien camina entre una conciencia moral y otra conciencia dolorida, degradando la realidad para que aparezca la farsa que trabaja de ocultarse. «El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada», agrega el mismo anciano Max, un soñador perdido y espléndido, maldiciendo su miseria e intentando ser comprendido antes de su muerte.

Valle-Inclán, con su barba larga tan característica y su aspecto de bohemio, apuesta por un realismo irrealista. Su punto de partida es siempre la realidad. Se apoya en esa realidad, la acaricia, la vislumbra, pero todo lo hace para apartarse luego de manera violenta, dándole un merecido empujón. El escritor gallego se convierte así en un enorme renovador de la literatura española, estilizando la manera de escribir con su prosa exquisita, creando nuevas formas e imágenes para ver qué o quiénes se esconden detrás de la formalidad. Inventa un nuevo género literario: el esperpento. Hasta inventa la propia palabra que será reconocida después de forma académica. Según el diccionario de la Real Academia Española, el esperpento es una «concepción literaria creada por Ramón M.ª del Valle-Inclán hacia 1920, en la que se deforma la realidad acentuando sus rasgos grotescos».

Valle-Inclán, desde y con la literatura, nos ofrece otro mundo para rebelarnos. Y lo hace desde un planteamiento novedoso para su época y, caprichosamente, igual de novedoso para las décadas que llegaron después. Valle-Inclán nos propone dudar sobre la aceptación de la realidad, haciéndonos preguntar si esa realidad es una penitencia inevitable o un desafío para sublevarnos. Nos invita a protestar contra esa verdad que trabaja por su cuenta, que a veces no es nuestra, que no nos pertenece y que aparece con adornos, con miedos y con vergüenzas sólo para engañarnos.

Para Valle-Inclán, deformar la realidad es necesario para entender también la vida española de aquellos años de fines del siglo XIX y principios del XX. Él decía que «España es una deformación grotesca de la civilización europea». El esperpento, entonces, nace ya nacido, tan grotesco y tan burlesco, tan estudiado por los críticos. Valle-Inclán tiene la virtud de elevar ese esperpento lo más alto posible para darnos a entender que la realidad puede estar mintiendo. Él buscaba exagerar rasgos que ya existen, con una intención de crítica. Y en otros casos intentaba sujetar algunas llamadas verdades para convertirlas en literatura y hacerlas más digeribles, gracias al arte de disparar palabras con la tinta para que queden impresas en las mentes.

El dramaturgo, poeta y novelista, integrante de la «Generación del 98» que supo generar un gran impacto en el ámbito teatral, tenía periodos de gran escasez económica: no vivía con grandes lujos porque él quería escribir, luchando contra toda penuria, batallando para conseguir una luminosidad concreta y sincera, sin esas hipocresías que imploran limosnas. Con un aluvión de entusiasmos, deseaba dedicarse absolutamente a su vocación de contar historias, una profesión siempre difícil, muy poco lucrativa. Era tanta su pasión que hasta llegó a perder su brazo izquierdo en una tertulia por mantener una –ya histórica- pelea literaria con el escritor Manuel Bueno, pelea de la que sacaría también su provecho, creando anécdotas de dudosa veracidad alrededor del suceso infortunado.

«Llevo sobre mi rostro cien máscaras de ficción», confesó en «La lámpara maravillosa», un libro bastante autobiográfico, de riqueza filosófica, en el que se hilan conceptos con frases ardientes y se leen también más respuestas que no responden: «Acaso mi verdadero gesto no se ha revelado todavía. Acaso no pueda revelarse nunca bajo tantos velos acumulados día a día y tejidos por todas mis horas».

Valle-Inclán está considerado uno de los más grandes escritores de la literatura española del siglo XX. Había nacido en 1866 en Vilanova de Arousa, en la provincia de Pontevedra, en la Galicia que nunca olvidó, empleando galleguismos desde su primera obra, «Femeninas» (1895), una Galicia que supo describir también con brillantez en «Flor de santidad», por citar otro ejemplo. Murió en Santiago de Compostela, el 5 de enero de 1936. Murió pocos meses antes de iniciarse la guerra civil española porque, de todos modos, esa realidad no se iba a poder deformar: ya había nacido muy deforme.


(fb Las lágrimas que esconde el mar)

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