viernes, 16 de enero de 2026

Escritores: Reflexiones de un viaje a Lima, por Evans Okan (EN ESPAÑOL Y FRANCES)

Nuestro amigo Evans Okan, nos ha remitido la nota publicada en Acento.com. La compartimos con nuestros lectores ambas versiones, español y francés.

Gracias Evans!

El Flying Dog: Mis Reflexiones Durante un Viaje a Lima

Por Evans OKAN.

 

¿Adónde podemos mudarnos?

¿Tenemos otro estado

más arriba, con diques y muros

contra la naturaleza?

Indran Amirthanayagam, Isla Itinerante (Perú 2025)

 




El Reencuentro

Dejé mi vaso de agua en la vieja mesa de madera de la cocina mientras leía la publicación que colgó en su muro de Facebook, mi amigo peruano Harold Alva poeta y analista político. Él y yo hacía poco que nos conocíamos, sin embargo, entre nosotros se ha creado una profunda admiración, así como una amistad y un respeto mutuo.

      «En marzo coincidí con el poeta Evans Okan (Haití), en Pachuca y Tizayuca (Hidalgo, México), en julio, gracias a la invitación de mi hermano Jorge Contreras Herrera, director del Festival Internacional de Poesía Ignacio Rodríguez Galván, volvimos a coincidir en México con Evans y conocí a Indran Amirthanayagam (Sri Lanka). En septiembre nos reunimos los tres en Lima, en la duodécima Primavera Poética. Anoche nos reencontramos en Miraflores, acompañados por nuestro maestro Omar Aramayo»

     ¡Que chido! exclamé en mi mente o corazón más bien, al compartir en mi muro la          publicación donde fui etiquetado. La foto muestra a cuatro poetas de tres países diferentes, incluyéndome a mí de pie, unidos en un solo abrazo en el Café de la Paz, en el distrito de Miraflores de Lima. Estoy en el extremo derecho de la foto, y fui yo quien tuvo el honor de tomar la selfie porque, según uno de ellos, tengo el "brazo más largo", dijo con un toque de humor, reviviendo la idea de que todas las personas negras necesariamente tienen extremidades muy largas. En realidad, estaba buscando una pose más favorecedora para disimular el cansancio que tenía en la cara en ese momento, pose que, desgraciadamente, según mi ego, no pude encontrar después de unas diez fotos. En cualquier caso, todos estábamos convencidos de que una de las tomas tenía que ser un éxito, y lo principal no es hacer una foto para las redes sociales, sino inmortalizar una tarde entre “cuates” hablando de poesía, de futuros proyectos, de nuestras vidas, tomando un café.

En el extremo izquierdo de la foto, vemos al poeta esrilanqués Indran, con su característico sombrero, que nunca se quita. Siempre bromea diciendo que no se quita el sombrero porque “un país sin sombrero” es una metáfora haitiana que significa muerte, ya que nuestro amigo, que también es ex diplomático, vivió un tiempo en Puerto-Príncipe. Junto a Indran se encuentra el maestro Omar Aramayo, el mayor, no solo en edad, sino sobre todo en experiencia vital, forjada por la poesía y las pruebas del amor.

      «Ah, si lo hubiera sabido entonces», dijo el viejo poeta, «y si tuviera los medios hoy...»

Tuve el placer de conocerlo tres meses antes en el festival de Harold, pero sólo tuvimos tiempo de saludarnos brevemente, porque además del evento de poesía, yo tenía otras actividades planeadas durante este viaje. El Maestro, como todos los hombres mayores de setenta años, lleva las marcas de sus batallas, pero su mirada permanece firme y su corazón incorruptible, se puede ver en su rostro que había vivido para la poesía toda su vida: a pesar de todo, mantenía una sonrisa en sus ojos. Una de sus cualidades esenciales es que, cuando se le llama peruano, siempre aclara con orgullo: «Soy un poeta puneño, no peruano». Y como un verdadero puneño, en la mesa, no dejaba de hacerme preguntas sobre Haití después de cada sorbo de su café. De hecho, ocurrieron hechos, o más bien manifestaciones, que el poeta Aramayo calificó de místicos o sobrenaturales, con lo que todos coincidimos, como cuando su taza de porcelana cayó al suelo mientras les hablaba de Ogou Feray, que no es otro que el poderoso espíritu de la guerra en el vudú haitiano.

Luego, junto al maestro, como en el centro de la foto, está Harold, nuestro anfitrión esa tarde. Recuerdo su cálida bienvenida y su gran abrazo. "¡Qué placer conocer a grandes poetas como ustedes!", le dije con inmensa alegría. "Eres maravilloso", respondió con su habitual humildad y diplomacia. Nos había hablado con gran entusiasmo de Primavera Poética, de sus recientes viajes a México y Europa, un poco de política en Perú y, por supuesto, de sus aventuras, no necesariamente literarias, temas que podrían llenar un libro entero. Harold, a sus cuarenta y siete años, ya ha publicado unos treinta libros; es un hombre de mil historias, nuestro amigo. Así que, al mirar esta fotografía, con todos estos buenos recuerdos, Comprendí que también para Harold un encuentro simboliza un acontecimiento mágico; como si en esta publicación de Facebook quisiera resaltar esta dimensión mística de la realidad y no falsear un acontecimiento que no ocurrió, como sucede hoy en la era virtual.

Volviendo a nuestro encuentro de esta tarde en el café, debo mencionar que Indran, además de su vivo interés por los últimos avances de la poesía latinoamericana contemporánea, regaló al poeta Aramayo un ejemplar de su nuevo libro "Isla Itinerante"; esta nueva obra también es considerada por algunos críticos como su mejor obra hasta la fecha. De igual manera, nos confió que estaba preocupado por el tamaño de su estómago —podríamos decir, en el argot mexicano, que tiene un poco de panza, lo cual no es realmente un secreto, ya que a menudo habla de ello, incluso durante sus recitales, con cierta autoironía. Pero lo más gracioso es que, a pesar de su preocupación, tomó dos cafés acompañados de una deliciosa crepa, lo que nos hizo reír a todos, "discretamente", por supuesto. Conozco muy bien al poeta; es mi hermano mayor en el mundo literario. Nuestra amistad se remonta a cuando él era diplomático en Haití, hace más de diez años, donde forjó estrechos vínculos con todos los actores de la escena cultural haitiana. Me confió, por ejemplo, así como él representa un mentor para mí, el poeta y dramaturgo haitiano recientemente fallecido Frankétienne también fue su mentor. Esto no me sorprende en absoluto, ya que se reunían a menudo para intercambiar poesía durante los tres años que pasó en Puerto-Príncipe.

 

Continuemos la historia de esta fotografía.

 

El poeta, originario de Sri Lanka, pero conocido por los poetas peruanos como "el poeta de la India" debido a su apariencia o etiquetas asociadas a él, no dejaba de repetirle a todo el mundo, que yo me alojaba en un hostal barato en Lima, e incluso mencionó el precio. Al final no entendí por qué había dicho eso, pero quizá simplemente no podía creer que hubiera encontrado un lugar tan simpático a tan bajo precio cuando, semanas antes, le había pedido recomendaciones de alojamiento en Lima.

      «Se llama Evans es novelista, poeta, cantante y promotor cultural haitiano. Se aloja aquí, en un hostal muy barato en el Parque Kennedy por solo 35 soles la noche

 

Probablemente se refería a la habilidad haitiana para encontrar gangas; de hecho, en las tradiciones ancestrales haitianas, que forman parte de la herencia africana, un Ganga sigue siendo un sabio, en el sentido místico del término. En este caso en particular, lo que los otros dos poetas en nuestra mesa no sabían era que yo no solo había encontrado un hospedaje barato; también había descubierto pequeños restaurantes frente al Parque Kennedy donde se podía comer por once soles. Desde que compartí este descubrimiento con Indran, se había acostumbrado a ir allí todos los días: además de comer barato en uno de los barrios más turísticos de Lima, el auténtico sabor del lomo saltado era incomparable. El poeta disfrutó tanto de esta comida que el día antes de partir de Miraflores, le preguntó al cocinero su nombre para poder rendirle homenaje en un poema.

      ¿Qué hizo que mi estancia en este hostal fuera tan especial que mi hermano de Sri Lanka no deja de hablar de ello? —me pregunté de nuevo— “En buena onda”.

Todavía temblando de frío a pesar del verano, con un gato a mi lado bebiendo de mi vaso, miré la foto en la pantalla de mi teléfono y reviví en un instante la alegría de aquella tarde entre poetas, y dejé escapar otra sonrisa al recordar la voz del poeta hablando del hostal, no sólo aquella tarde en la mesa, sino desde entonces, cada vez que me presentaba a un nuevo amigo en Perú, y ahí es precisamente donde entra el “Flying Dog”.

 

 

 

Los Nuevos Encuentros.

 

Pasemos ahora a otro aspecto de la historia.

 

Contrario a lo que mi hermano poeta le contó a medio mundo, al llegar a Lima, sí me alojé en un hotel de tres estrellas en la tranquila calle Santa Cruz, cerca del Parque Grau, con acceso a playa privada. Yo tenía una suite para mí solo, con cama queen, escritorio propio y refrigerador en la habitación, e incluso una pequeña terraza en el sexto piso desde donde, al atardecer, admiraba la vista de los edificios y sus ventanales que se extendían hacia el cielo de Miraflores. Sin embargo, cuando supe que me quedaría en Perú quizás varias semanas más, no por razones económicas, sino estratégicas —como mayor movilidad y, por supuesto, menores gastos—, tuve que buscar otro alojamiento.

“Flying Dog” es el nombre del hostal que finalmente encontré, ubicado en el Parque Kennedy, después de varios días de búsqueda con Germán, Un buen colaborador, un hombre amable y acogedor, responsable de la logística de proyectos sociales en Lima. Antonio, el recepcionista venezolano que hablaba un francés excelente, me contó que antes de convertirse en el hostal, el edificio era una discoteca llamada Bizzaro. Pude ver que la estructura se había mantenido intacta, conservando varios vestigios de cómo era el bar años atrás. Nunca imaginé que pasar unos días allí cambiaría mi perspectiva del mundo tan drásticamente.

Para volver a la publicación de Harold Vila en Facebook, nuestro privilegio, los cuatro poetas reunidos esta tarde en el café de Miraflores, representa no sólo el placer de encontrarnos, sino sobre todo el privilegio de poder viajar; esto es precisamente lo que iba a descubrir al hacer amistad con jóvenes europeos durante mi estadía en este espacio diseñado para aventureros como yo.

Había un pequeño balcón con dos sillas de hierro forjado relativamente altas alrededor de una mesa redonda bastante alta, lo que le daba a este rincón el aspecto de un auténtico bar, y era precisamente allí donde algunos clientes solían sentarse con sus portátiles y un porro varias veces al día. Para completar este ambiente, precisamente la época navideña, coincidiendo con la feria del libro Ricardo Palma, iluminó el parque con letras, sonidos, colores y sabores variados. Fue allí, en ese paraíso de Miraflores, donde conocí a Ángel, un joven turista francés, mientras desde arriba, yo observaba a los transeúntes pasear entre los puestos de libros, todos vestidos como modelos de las grandes marcas multinacionales que inundaban el barrio, o extras en el set de un videoclip de música pop latina.

      «I almost got arrested today for this thing» Dijo una voz con acento extranjero, refiriéndose a un porro.

    What happened? Le pregunté también en inglés, aceptando un apretón de manos, al joven que estaba a punto de sentarse frente a mí.

El joven viajero relató entonces su desventura en Larcomar: un policía peruano le había tirado su bolsita de marihuana bajo la nariz, mirándolo fijamente, tras obligarlo a vaciar sus bolsillos. No contenían euros, salvo la marihuana escondida en un paquete de cigarrillos, lo que al policía no le hizo ninguna gracia… Al final, ambos nos echamos a reír, y esta aventura se ha convertido mejor en una entrañable anécdota de viaje para el joven francés. Entonces iniciamos un diálogo imbuido de sabiduría mística y espiritual para comprender la historia de dos razas humanas largamente marcados por las diferencias, las mentiras, el saqueo, la manipulación y los privilegios. ¡Qué energía tan poderosa emanaba esa noche! Finalmente, como presentía, el joven me confesó que nuestro diálogo había marcado un antes y un después en nuestra propia perspectiva. Uno de nosotros tuvo que dejar de mirar el dolor, mientras que el otro tuvo que desprenderse de la vanidad.

      «Viajar es una de las experiencias más profundas que puede vivir un ser humano» concluyó Angel.

Mi nuevo amigo me contó durante nuestras posteriores conversaciones que había nacido de un padre francés proisraelí y de una madre palestina, lo que significa que, en algún momento, vivió la guerra entre ambas naciones bajo su propio techo. Afortunadamente para su familia, sus padres llegaron a acuerdos y se aceptaron mutuamente a pesar de sus diferencias ideológicas. Referente a su viaje, me explicó que llevaba tres días en Lima y que había estado viajando por Latinoamérica durante unos meses, en un año sabático. Su intención era recargar energías descubriendo otras culturas, lejos de las ideas preconcebidas de su entorno, ideas que, según él, ya no conectan con la nueva generación de jóvenes europeos. Al principio no dije nada, pero enseguida comprendí que este joven sentía un profundo llamado de la vida, una vocación por transformar su entorno. Quizás por eso tuvimos esa misteriosa conversación aquella noche. Como él, desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha sentido la necesidad de explorar, descubrir y aprender a través del movimiento. Esta búsqueda incesante de nuevos horizontes está arraigada en nuestra naturaleza; el deseo de conocer lo desconocido, de trascender nuestras limitaciones físicas y mentales, es un componente esencial de nuestro ser.

En ese preciso momento, sentí una punzada de tristeza al reflexionar sobre el verdadero propósito de mi viaje a Perú, y volvieron a mi mente los nombres de jóvenes como Laurie y Dodo, quienes llevaban varios meses esperando mi llamada anunciándoles la buena noticia de su cita consular para venir a estudiar a Lima, porque les era imposible encontrar una cita para la evaluación de sus documentos en el portal oficial del consulado de México en Haití. Tienen prácticamente la misma edad que el joven francés, también comparten el mismo sueño, el de conquistarse a sí mismos; ahora, la única diferencia entre ellos es lo que el joven europeo llama "el privilegio de haber nacido en Europa". Él no necesita, entre otras cosas que no deberían suponer ningún problema para ningún ser humano, una visa para entrar en América Latina, a diferencia del padre de Antonio, que es venezolano y, al carecer de visa, no puede visitarlo en Navidad después de ocho años sin verlo, y de las asociaciones de mujeres haitianas que tienen dificultades para visitar a sus homólogas peruanas porque ellas también no tienen visa.

En muchos casos, los gobiernos de países vecinos justifican la denegación de visas a personas de países que enfrentan situaciones políticas y socioeconómicas difíciles, como Haití, con el pretexto de la seguridad nacional y el control migratorio. Sin embargo, este enfoque oculta la compleja realidad que viven millones de niños, hombres y mujeres que se ven obligados a abandonar sus hogares, en busca de una vida mejor debido a factores como la pobreza, la violencia o la inestabilidad política. ¿Tenemos derecho a viajar por el mundo solo por placer? La respuesta es no. Al cerrar sus fronteras, estos gobiernos privan a estas personas de su derecho a la libertad de movimiento, un aspecto fundamental de la dignidad humana. Esto refleja una cosmovisión que considera a los ciudadanos de ciertas regiones menos valiosos o con menos derechos que otros. Esta doble moral no solo es moralmente reprobable, sino que también perpetúa las desigualdades globales.

 

La Convivencia

 

Viajar es mucho más que simplemente mudarse de un lugar a otro; es la expresión misma del ser humano. Como sugiere la foto de los poetas en el café, cada aventura revela nuevas facetas de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Es la confirmación innegable de que, a pesar de nuestras diferencias, todos somos uno: y para mí, esto se había convertido en una nueva forma de vida, mucho más que simples palabras vacías. Prueba de ello es que dos días después de mi conversación con Ángel en el pequeño balcón, ya conocía a casi todos los demás huéspedes del hostal, y mi estancia allí fue sumamente placentera.

Cierta noche, mientras Solange, una de mis compañeras de habitación, roncaba encima de mí en la litera de arriba, con los ojos abiertos, contemplando la luz que se filtraba por la ventana, percibí la tierra como ese espacio común, donde todos compartimos un viaje hacia nuestros respectivos destinos, los mismos privilegios, el mismo respeto sin estar condicionados por la raza, la región, el país, el color de piel, el sexo, las ideologías o cualquier otra forma de creencia que ciegue la mente humana. Un poco más tarde, en mitad de la noche, cuando la oí toser, quizá porque la ventana seguía abierta, igual que la puerta sin llave, volví a pensar, desde lo más profundo de mí.

      “Si una joven chica barbadense negra y una joven francesa blanca comparten la misma habitación durante una noche con un chileno, un haitiano y un estadounidense, todos reunidos por el coste económico o el encanto de ese espacio, aunque nunca se hayan conocido, no hablen el mismo idioma, no tengan la misma cultura, la misma educación, ni siquiera la misma religión o ideología, la misma edad, entre tantas otras diferencias y limitaciones que la mente pueda concebir, ¿cómo podemos seguir afirmando que es imposible alcanzar la paz mundial?”

Esto requiere una comprensión más profunda: percibir a la humanidad como un único cuerpo energético que envía su vibración al resto del universo, una manifestación de la voluntad divina, un alma universal. —¿Qué tiene de especial que extranjeros compartan habitación en un hostal si esto ocurre en todo el mundo? — cabría preguntarse.

Sin embargo, si, más allá de la lógica, logras pensar de manera “surlógica”, permitiéndote explorar el reino de la consciencia, podrás enfocar tu atención en todo lo sutil y, en esta plenitud, admirar todas las virtudes de la vida. Te darás cuenta de que: la vida es libertad, es vivir en armonía, es compartir y ayudarnos unos a otros. Y todo esto, cuando miras con los ojos del corazón, lo puedes percibir en las cosas más sencillas.

Las cosas más simples, ¿cómo qué?

Una cosa sencilla como saludar, por ejemplo. No es raro que una mujer blanca, europea y rubia se despierte por la mañana y salude al chico latino de recepción con alegría y respeto. Ella dice "AMIGO" en español, y se saludan sin ningún sentimiento de superioridad o inferioridad. De la misma manera, cuando una joven argentina del barrio Condesa en México occidentaliza su visión de la vida y usa un lenguaje racista para insultar a un policía mexicano que es latino como ella, pero tiene la piel más oscura, es una historia ridícula. Como el propio lenguaje occidental, podríamos decir que padece «trastorno Blanco Papilitis». Aún más absurdo, como reacción a este acto, escuché en la radio que los diputados locales estaban aprobando leyes contra los extranjeros, lo que sin duda creará más prejuicios y estereotipos negativos en la sociedad, como si el problema no fuera el racismo en sí, sino la coexistencia y presencia de extranjeros que, en un país, ofrecen muchas ventajas: enriquecen la cultura, estimulan la economía y promueven la cohesión social. Lo que no saben es que, al enfatizar la educación holística, el diálogo y la interculturalidad, podemos cultivar relaciones que allanen el camino para una coexistencia pacífica y armoniosa entre los pueblos.

Segunda cosa sencilla, como vivir en comunidad. Un hombre y una mujer que no se conocen duermen en la misma habitación en plena noche, en total oscuridad. Hombres y mujeres que no se conocen comparten el mismo baño. Una noche, al entrar en la habitación, vi a una joven alemana salir del baño en ropa interior y tumbarse en la cama, por ejemplo. Pero eso no nos impide respetar la dignidad y la privacidad de todos. A nadie le parece repugnante.

Entonces, ¿por qué, en un mismo país, el Estado separa a hombres y mujeres en escuelas, iglesias, ¿lugares de trabajo e incluso en el transporte público? Entendemos que todos podemos convivir con respeto mutuo, pero son los sistemas sociopolíticos los que pervierten el espíritu de comunidad y dividen a las personas. Quienes albergan ideas morbosas creen que un hombre debe inevitablemente tocar a una mujer en el metro, y desafortunadamente, son ellos quienes hacen las leyes y sumergen al mundo en la oscuridad, generando así conflicto dentro de la sociedad.

Finalmente, si nadie acosa a una joven alemana que camina en ropa interior por la noche en un hostal, ¿por qué un ciudadano acosaría a su propia “Presidenta” en público, en pleno Zócalo? Ante tales sucesos, se necesita una reflexión mucho más profunda para comprender lo que está sucediendo a nivel de la conciencia colectiva, en lugar de simplemente aceptar lo que dicen los periódicos o limitarse a crear memes en internet.

Tercera cosa sencilla como ir al baño. Un día, fui al baño y alguien se había olvidado de bajar el agua del inodoro. Vi el excremento, pero no había forma de saber quién lo había hecho. Porque el excremento no tiene raza, ni género. Todos defecan igual. Era imposible distinguir si el excremento era chileno, estadounidense, suizo, japonés o francés. Por lo tanto, utilizar el poder para intentar demostrar la existencia de una raza superior y una raza inferior y establecer fronteras entre los individuos es una vez más absurdo y demuestra la enfermedad mental de quienes diseñan y construyen una sociedad sobre estos conceptos erróneos.

Es extremadamente peligroso que un loco dirija el Estado; puede sembrar el odio y poner en peligro a toda la humanidad. Tomemos el ejemplo de la República Dominicana, donde una niña haitiana de 11 años, de piel oscura fue presuntamente ahogada en una piscina por niños de su misma edad, mientras los maestros se quedaron de brazos cruzados sin hacer nada. Incluso después de la tragedia, ni la escuela ni la policía tomaron medidas. Si el Estado no es responsable, ¿quién lo es?

Desde esta perspectiva, ¿podemos asumir que los dominicanos son un pueblo cruel? No. De hecho, dominicanos y haitianos somos dos pueblos hermanos que siempre nos ayudamos mutuamente, como el poeta dominicano Tomás Modesto Galán y yo. Los hombres haitianos siempre han amado a las mujeres dominicanas desde la historia de la Grand Rue de Puerto Príncipe; ambas comunidades siempre han tenido intercambios comerciales y profesionales cuando la frontera no estaba cerrada, por lo que los dominicanos y los haitianos pobres siempre comían. Ahora que la frontera está cerrada, los pequeños comerciantes dominicanos no pueden vender en Haití. Los jóvenes haitianos que deseen estudiar en el exterior no pueden transitar por territorio dominicano. Siempre son las masas desfavorecidas las que pagan el precio cuando estalla una guerra entre dos países.

Ante esta situación entre ambas naciones, es fundamental y urgente comprender que las fronteras y los canales, que están en la raíz de los crímenes del gobierno dominicano contra la población civil haitiana, carecen de sentido. En realidad, haitianos y dominicanos somos uno, y este territorio no pertenece a nadie. Al nacer, la tierra estaba allí, igual que para nuestros abuelos. ¿Quién habría inventado la idea de decir un día: «Esta tierra es mía»? Es absurdo, ya que el hombre no vive ni un siglo, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos, ni los hijos de los hijos de sus hijos, en fin, todos morimos y la Tierra seguirá ahí, y nadie sabe quién la ocupará mañana.

Por último, hablemos de algo tan simple como no robar a los demás. Creo que son los sistemas políticos y socioeconómicos los que crean ladrones. Debido al desequilibrio y la desigualdad en la distribución de la riqueza y los privilegios, hay ricos y pobres: los ricos roban a los pobres, los pobres trabajan para los ricos, los ricos pagan mal a los pobres, y los más desposeídos roban lo poco que tienen a otros pobres, lo que en última instancia llaman clases sociales. Sin embargo, no digo que los ricos sean malos; hablo de un sistema de explotación que está llevando a la catástrofe en todo el mundo. Cuando llegué a Lima, todos me decían que tuviera cuidado con mi teléfono; tenía que mantener la ventanilla cerrada en los taxis para evitar que me lo robaran. Lo mismo me pasó en Buenos Aires hace tres años: el mismo argentino me aconsejó que tuviera cuidado con otros argentinos. En Medellín, los colombianos me hablaron de varios barrios peligrosos que debía evitar durante mi viaje al país en 2021. Lo mismo pasó en Ciudad de México: todos los mexicanos me desaconsejaron ir a Tepito.

Entonces, ¿por qué todo el mundo deja el teléfono en la cama en un hostal? Por supuesto, hay taquillas en las habitaciones donde los más precavidos pueden guardar sus pertenencias, incluso las más personales; hay una cámara en el pasillo. Pero la verdad es que a nadie parece importarle su teléfono, su computadora portátil, su comida o su ropa, o el riesgo de robo. Esta pequeña comunidad me había demostrado una vez más que el mal no reside en el hombre, sino en su condición; el verdadero peligro reside en el miedo y la confusión que se le inculcan. «El trauma de generaciones», como habría dicho Josephine, otra joven europea que conocí en este lugar.

¡Ah, Josephine! Me alegró mucho conocer a esta chica; tiene algo especial. Descubrir sus orígenes ya es especial: Josephine es una chica blanca nacida en Francia, de padre y madre blancos, la mama nacida en Sudáfrica durante el apartheid, y ella misma es de origen africano blanco, francés y holandés. Para mí, esta chica blanca tiene sangre color negro; ella también lo sabe, habla de un "sentir", dice tener un "flow diferente".  Ambos sabemos que es una sabiduría profunda, una magia ancestral que fluye por sus venas, una conexión con lo invisible, algo puro que da sentido a la existencia. "El mar es hermoso en todas partes", dijo una tarde, mientras contemplaba el mar negro desde el mirador de Barranco.

 

El Regreso

En Nochebuena, estaba solo en el pequeño balcón. Sobre la mesa, un cenicero estaba lleno de colillas, restos de las numerosas visitas que habían pasado por allí. El frío del verano limeño me envolvió mientras mi mirada se perdía en el parque vacío, pues aún era temprano. Apenas las 7:00 de la mañana. Ahora, el hostal estaba casi vacío, en parte debido a la temporada. Cuatro o cinco días antes, mis jóvenes amigos ya se habían ido a otros países de Sudamérica en busca de nuevas aventuras. El gato gris que dormía con Julienne todas las noches estaba triste; buscaba a la chica por todas partes: en las habitaciones, en la recepción, incluso detrás de la mesa de billar. Pero Julienne ya llevaba varias horas de camino a Ecuador. Para cuando llegara, seguramente habría encontrado otro gatito con quien dormir. Asimismo, a medida que avanzaba la noche, el pequeño gato gris también habría encontrado a alguien más. Así es la vida, un ir y venir constante.

De la misma manera, Indran, el poeta srilanqués-estadounidense, hacía tiempo que había mirado hacia otros horizontes. Me dijo que se iba a Argentina, luego a Madrid, antes de regresar a Washington. Lo que él no sabía era que, mientras tanto, mi hostal barato se había convertido en una fuente de inspiración literaria para mí. No volví a ver a Harold Alva después del recital de poesía al que me había invitado en el municipio de Barranco. Claro, me llamó para invitarme a pasar Año Nuevo con otros poetas en casa del poeta Aramayo, pero le dije que me iría el 29 de diciembre de regreso a México. Prometimos vernos pronto, quizás en Cuernavaca, o por supuesto en Lima, ¿y por qué no también en Puerto-Príncipe? —Espero que no haya más bandas armadas en mi país pronto — pensé, sin decir palabra.

El único que quedaba en la habitación era el tipo que nunca salía, que se pasaba el tiempo leyendo y usaba gafas. No hablaba mucho, pero me pareció poeta. También estaba la joven coreana con la camiseta de la selección argentina de fútbol, ​​y algunos otros turistas de paso, pero solo por un breve momento. Y luego estaba Juan Carlos, el encargado de mantenimiento del hostal. "No manches wey", así solía bromear el peruano más mexicano que conozco. Pero también puedo decir que era el tipo más amable que conocí en Lima. Cuando lo vi por primera vez, pensé que era mexicano por su cara, su complexión, su altura, su ropa, y para colmo, se parecía mucho a Temo, mi amigo que vendía tacos en Indios Verdes, al norte de la Ciudad de México. Pero no solo parecía mexicano; encarnaba el espíritu mexicano. Era un apasionado de la cultura mexicana; había visto todas las películas mexicanas.

Juan Carlos era, en cierto modo, el nexo entre el personal y los huéspedes del hostal, un vínculo esencial que permeaba todo el establecimiento. Imprescindible tanto para la dirección como para cada huésped, gestionaba con esmero cada llegada y salida en colaboración con el equipo de recepción, por lo que conocía a cada huésped a la perfección: su número de habitación, su país de origen, sus compañeros de viaje y su idioma. Charlaba con todos, incluso con quienes no hablaban español. Su energía era contagiosa. Hacía las camas, limpiaba los baños, pintaba las paredes y se aseguraba de la comodidad de todos. También se aseguraba de que el personal de limpieza hiciera su trabajo, todo ello sin dejar de encontrar tiempo para reír. Desde la ventana de la amplia sala del piso de arriba, lo vi llegar, cruzando el parque con paso seguro, camino al trabajo. Pude ver que amaba su trabajo, que era más que un simple trabajo, era su vida, su mundo. Levantó la vista, me vio y, con inmensa alegría, me saludó al estilo mexicano antes de dirigirse a la puerta principal.

      " Ese es mi vato " Le dije riendo, también para responder a la mexicana.

Su saludo me llenó de gran esperanza por el futuro del mundo. Comprendí que si algún día ciudadanos comunes, dotados de un corazón como el suyo y un compromiso genuino con la sociedad, se convirtieran en ministros y embajadores, entonces quizás, quién sabe, jóvenes como Laurie y Dodo tendrían mejores oportunidades. ¿Porque lo digo así? Para construir un mundo más justo, debemos abogar por la eliminación de las barreras y trabajar por un sistema que respete y valore la vida de cada persona, independientemente de su origen. Solo así podremos dar pleno sentido a la dignidad humana y a los derechos inherentes de todos.

Es esencial examinar cómo las políticas de inmigración y las restricciones de viaje afectan de manera desproporcionada a las poblaciones de ciertos países, particularmente en África, América Latina, y el Caribe. Por esta misma razón, no había un solo africano en el hostal, ni ningún joven caribeño o latinoamericano descubriendo América como los jóvenes europeos. Esto es lo que Josephine llamó el "privilegio de los pasaportes": políticas que restringen la circulación de personas de países pobres y que no solo violan la dignidad humana, sino que también socavan los valores universales que decimos defender.

De esta forma, mis oficios de seguimiento sobre el caso de los jóvenes haitianos han circulado de una oficina a otra, sin llegar nunca a una conclusión. De la entrada a la ventanilla, de la ventanilla a la mesa de partes, de la mesa de partes al despacho, del despacho al escritorio, del escritorio a la “chingada” pero nunca llegaron a oídos ni al corazón de nadie capaz de comprender la situación: Son simplemente jóvenes que buscan estudiar y contribuir a la vida de su comunidad. No es su culpa que su país esté invadido por bandidos ni que su gobierno sea un desastre.

Las razones para ayudarlos surgen de la responsabilidad moral, los derechos humanos y la solidaridad internacional. La Declaración Universal de Derechos Humanos establece que toda persona tiene derecho a buscar asilo y refugio ante la persecución y la necesidad. Además, financiarán sus propios estudios y estancia en el país; no solicitarán becas ni ayudas gubernamentales. Por otro lado, es importante recordar que ayudar a nuestros hermanos y hermanas en un país en crisis no implica culpar al Estado anfitrión por la situación que la causó. Las crisis pueden tener múltiples causas, tanto internas como externas, y ninguna justifica el cierre de fronteras. En definitiva, toda persona, independientemente de su nacionalidad, merece ser tratada con dignidad y respeto. Sin embargo, someter a las personas a un escrutinio crítico basado únicamente en su país de origen perpetúa una narrativa deshumanizante. — «Menos leyes y más conciencia», — mi joven amigo dijo en un momento.

 

Y luego, más tarde en el día.

 

Eran apenas las 7 p. m. y el hostal estaba completamente vacío. Incluso el chico que nunca salía se había ido. La coreana se había pasado toda la tarde preparando su maleta, llena de artículos de belleza, y luego se fue al aeropuerto. Pronto, solo Antonio permaneció en el vestíbulo, con la música sonando sin parar. Probablemente era la misma canción que había escuchado en la radio con su padre en Venezuela en Nochebuena. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía el hostal solo para mí. Indran probablemente nunca lo creerá, pero tenía el Flying Dog solo para mí por 35 soles la noche; o tal vez cuando regrese a Lima en septiembre, se lo contará a todo el mundo.

Perdido en mis pensamientos junto a la ventana, escuchando la lista de reproducción de Antonio, de repente sentí vibrar mi teléfono; así que inmediatamente leí el nuevo mensaje de WhatsApp. Era de Josephine.

      "¿Cómo va la vida? ¿Pudiste encontrar una respuesta para tu gente?"

¿Debería confiarle mi angustia y desánimo? Rendirme nunca había cambiado nada. Tranquilizado por un villancico en la radio, me armé de valor para responder positivamente a mi amiga que había pensado en mí. Además, el estadounidense, antes de irse, me dijo que me veía salir temprano todos los días para hacer contactos y que, por lo tanto, me deseaba lo mejor. El chileno también me dio su bendición al marcharse y me regalo dos monedas de 50 pesos chilenos como recuerdo de nuestro encuentro. Al igual que Solange y Julienne, a quienes tampoco olvidaré nunca, Ángel me animó a perseverar y a no rendirme antes de partir a reunirse con sus padres que habían venido a visitarlo desde Francia.

      Espero encontrar pronto soluciones para la difícil situación de los jóvenes haitianos. Mientras tanto, es 24 de diciembre; podría darme el gusto de un pastel y pasar otra noche en mi hostal de 35 soles, seguro de que se acerca el año nuevo y de que, tal vez, las fronteras desaparecerán y los sueños de miles de jóvenes como Laurie y Dodo de viajar y estudiar se harán realidad. Si hay algo que debo decirles ahora, es simplemente animarlos a no rendirse. De hecho, a pesar de todas las dificultades y adversidades que encontré en México y Perú para abrirles una puerta —o, mejor dicho, para forzarla—, las señales de la vida nunca dejaron de recordarme que debo mantener viva la esperanza y perseverar.

Josephine, al otro lado de la frontera, al darse cuenta de que no me había rendido, respondió con alivio, añadiendo un emoji de sol, como para unir su energía vital a la de estos jóvenes haitianos que buscaban una salida.

      La vie est difficile mais elle est magnifique”, “La vida es difícil, pero es hermosa☀️

    

Continuará…

 

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 Fuente: https://acento.com.do/opinion/el-flying-dog-mis-reflexiones-durante-un-viaje-a-lima-9596872.html

                                                                  VERSION EN FRANCES

Les Retrouvailles

 J’ai laissé mon verre d’eau sur la vieille table de cuisine en bois pendant que je lisais le message que mon ami péruvien Harold Alva, poète et analyste politique, avait partagé sur son mur Facebook. Nous ne nous connaissions que depuis peu de temps, et pourtant une profonde admiration, une amitié et un respect mutuel s’étaient tissés entre nous.

     «En mars, j’ai rencontré le poète Evans Okan (Haïti) à Pachuca et Tizayuca (Hidalgo, Mexique). En juillet, grâce à l’invitation de mon frère Jorge Contreras Herrera, directeur du Festival international de Poésie Ignacio Rodríguez Galván, nous nous sommes retrouvés au Mexique avec Evans, et j’ai également rencontré Indran Amirthanayagam (Sri Lanka). En septembre, nous nous sommes retrouvés tous les trois à Lima pour le douzième Festival Primavera Poética. Hier soir, nous nous sommes revus à Miraflores, accompagnés de notre “Maestro” Omar Aramayo. 

     «Trop cool!» me suis-je exclamée intérieurement, ou plutôt dans mon cœur, en partageant sur mon mur  la publication où j'avais été taguée. La photo montre quatre poètes de trois pays différents, dont moi, réunis dans une étreinte chaleureuse au Café de la Paz, dans le quartier de Miraflores à Lima. Je suis tout à droite, et j'ai eu l'honneur de prendre le selfie car, d'après l'un d'eux, j'ai «le bras le plus long», a-t-il dit avec une pointe d'humour, ravivant l'idée reçue selon laquelle tous les Noirs ont forcément des membres très longs. En réalité, je cherchais une pose plus flatteuse pour masquer la fatigue qui se lisait sur mon visage, une pose que, hélas, selon mon ego, je n'ai pas réussi à trouver après une dizaine de photos. Quoi qu'il en soit, nous étions tous convaincus qu'au moins une de ces photos devait être réussie, et l'essentiel n'est pas de prendre une photo pour les réseaux sociaux, mais d'immortaliser un après-midi entre amis à parler de poésie, de projets futurs, de nos vies, autour d'un café.

À l'extrême gauche de la photo, on aperçoit le poète sri-lankais Indran, coiffé de son chapeau fétiche qu'il ne quitte jamais. Il plaisante souvent en disant que s'il ne l'enlève pas, c'est parce que «un pays sans chapeau» est une métaphore haïtienne signifiant la mort, notre ami, également ancien diplomate, ayant vécu un temps à Port-au-Prince. À côté d'Indran se tient le “Maestro” Omar Aramayo, le plus âgé, non seulement par l'âge, mais surtout par l'expérience de la vie, forgée par la poésie et les épreuves de l'amour.

     «Ah, si seulement j’avais su alors, dit le vieux poète, et si seulement j’en avais les moyens aujourd’hui…»

J'avais eu le plaisir de le rencontrer trois mois plus tôt au festival d'Harold, mais nous n'avions eu le temps que d'un bref échange, car outre le festival de poésie, j'avais d'autres activités prévues durant ce voyage. Le vieux poète, comme tous les hommes de plus de soixante-dix ans, porte les marques de ses combats, mais son regard reste fixe et son cœur incorruptible. On voit sur son visage qu'il a vécu pour la poésie toute sa vie: malgré tout, il gardait un sourire dans les yeux. Une de ses qualités essentielles est que, lorsqu'on le qualifie de Péruvien, il précise toujours avec fierté: «Je suis un poète de Puno, pas Péruvien.» Et comme un vrai natif de Puno, à table, il n'arrêtait pas de me poser des questions sur Haïti après chaque gorgée de son café. En effet, des événements se sont produits, ou plutôt des manifestations, que le poète Aramayo a qualifiées de mystiques ou de surnaturelles, ce que nous avons tous approuvé, comme lorsque sa tasse en porcelaine est tombée par terre alors que je leur parlais d'Ogou Feray, qui n'est autre que le puissant esprit guerrier du vaudou haïtien.

Puis, à côté du “Maestro”, comme au centre de la photo, se trouve Harold, notre hôte cet après-midi-là. Je me souviens de son accueil chaleureux et de sa grande étreinte. — «Quel plaisir de rencontrer d'aussi grands poètes que vous!» — lui ai-je dit avec une immense joie. «Tu es formidable», a-t-il répondu avec son humilité et sa diplomatie habituelles. Il nous avait parlé avec un grand enthousiasme de Primavera Poética, de ses récents voyages au Mexique et en Europe, un peu de politique au Pérou, et, bien sûr, de ses aventures – pas forcément littéraires – des sujets qui pourraient remplir un livre entier. Harold, à quarante-sept ans, a déjà publié une trentaine de livres; c'est un homme aux mille histoires, notre ami. Alors, en regardant cette photo, avec tous ces beaux souvenirs, j'ai compris que pour Harold aussi, une rencontre symbolise un événement magique; comme si, dans cette publication Facebook, il voulait souligner cette dimension mystique de la réalité et non falsifier un événement qui n'a pas eu lieu, comme c'est souvent le cas aujourd'hui à l'ère du virtuel.

Pour revenir à notre rencontre de cet après-midi au café, je dois mentionner qu'Indran, outre son vif intérêt pour les dernières tendances de la poésie latino-américaine contemporaine, a offert au poète Aramayo un exemplaire de son nouveau livre, «Isla Itinerante» (L'Île errante); ce nouvel ouvrage est d'ailleurs considéré par certains critiques comme son meilleur à ce jour. Il nous a également confié être préoccupé par la taille de son ventre – on pourrait dire, en langage familier mexicain, qu'il a “un poco de panza” – ce qui n'est pas vraiment un secret, puisqu'il en parle souvent, même pendant ses lectures, avec une pointe d'autodérision. Mais le plus drôle, c'est que, malgré son inquiétude, il a pris deux cafés accompagnés d'une délicieuse crêpe, ce qui nous a tous fait rire, «discrètement», bien sûr. Je connais très bien le poète; c'est mon grand frère dans le monde littéraire. Notre amitié remonte à l'époque où il était diplomate en Haïti, il y a plus de dix ans, où il a tissé des liens étroits avec tous les acteurs de la scène culturelle haïtienne. Il m'a confié, par exemple, que tout comme il est un mentor pour moi, le poète et dramaturge haïtien Frankétienne, récemment décédé, l'était aussi pour lui. Cela ne me surprend pas du tout, puisqu'ils se rencontraient souvent pour échanger de la poésie durant les trois années qu'il a passées à Port-au-Prince.

Poursuivons le récit de cette photographie. 

Le poète, originaire du Sri Lanka mais surnommé «le poète de l'Inde» par les poètes péruviens en raison de son apparence ou des surnoms qui lui étaient associés, répétait à qui voulait l'entendre que je logeais dans une auberge bon marché à Lima, et il mentionnait même le prix. Finalement, je n'ai pas compris pourquoi il disait cela, mais peut-être avait-il simplement du mal à croire que j'avais trouvé un endroit aussi agréable à un prix aussi bas alors que, des semaines auparavant, je lui avais demandé des recommandations d'hébergement à Lima.

   — «Il s’appelle Evans. C’est un romancier, poète, chanteur et promoteur culturel haïtien. Il loge ici, dans une auberge très bon marché à Parque Kennedy, pour seulement 35 soles la nuit.»

 Il faisait probablement référence à la capacité des Haïtiens à trouver des «Gangas», un mot espagnol signifiant «bonnes affaires»; d’ailleurs, dans les traditions ancestrales haïtiennes, qui font partie de notre héritage africain, un Ganga est encore considéré comme une personne sage, au sens mystique du terme. Dans ce cas précis, ce que les deux autres poètes à notre table ignoraient, c’est que je n’avais pas seulement trouvé un logement bon marché; j’avais aussi découvert de petits restaurants en face de Parque Kennedy où l’on pouvait manger pour onze soles. Depuis que j´ avais partagé cette découverte avec Indran, il avait pris l’habitude d’y aller tous les jours: outre le fait de manger à petit prix dans l’un des quartiers les plus touristiques de Lima, la saveur authentique du “lomo saltado” était incomparable. Le poète apprécia tellement ce repas que la veille de son départ de Miraflores, il demanda son nom au cuisinier afin de pouvoir lui rendre hommage dans un poème.

 

      — Qu’est-ce qui a rendu mon séjour dans cette auberge si spécial pour que mon frère sri-lankais n’arrête pas d’en parler? — me suis-je demandé à nouveau — “En bons termes”.

 

Encore transi de froid malgré l'été, avec un chat à mes côtés buvant dans mon verre, j'ai regardé la photo sur l'écran de mon téléphone et j'ai revécu en un instant la joie de cet après-midi passé avec mes chers poètes, et j'ai laissé échapper un autre sourire en me souvenant de la voix d´ Indran parlant de l'auberge, non seulement cet après-midi-là à table, mais depuis, chaque fois qu'il me présentait un nouvel ami au Pérou, et c'est précisément là qu'intervient le «Flying Dog».

Les Nouvelles Rencontres.

 Passons à un autre aspect de l'histoire.

Contrairement à ce que mon frère poète a raconté à la moitié du monde, à mon arrivée à Lima, j'ai bien séjourné dans un hôtel trois étoiles de la paisible rue Santa Cruz, près du parc Grau, avec accès à une plage privée. J'avais une suite pour moi tout seul, avec un lit queen-size, mon propre bureau et un réfrigérateur dans la chambre, et même une petite terrasse au sixième étage d'où, au coucher du soleil, j'admirais la vue sur les immeubles et leurs fenêtres qui s'étendaient vers le ciel de Miraflores. Cependant, lorsque j'ai appris que je resterais au Pérou peut-être plusieurs semaines de plus, non pas pour des raisons économiques, mais stratégiques comme une plus grande mobilité et, bien sûr, des dépenses moindres , j'ai dû trouver un autre logement.

«Flying Dog», c'est le nom de l'auberge que j'ai finalement trouvée à Parque Kennedy, après plusieurs jours de recherche avec Germán, un homme d'une grande aide, aimable et accueillant, responsable de la logistique des projets sociaux à Lima. Antonio, le réceptionniste vénézuélien qui parlait un excellent français, m'a expliqué qu'avant d'être une auberge, le bâtiment était une boîte de nuit appelée Bizzaro. J'ai pu constater que la structure était restée intacte, conservant plusieurs vestiges de ce qu'était le bar il y a des années. Je n'aurais jamais imaginé que passer quelques jours là-bas changerait à ce point ma vision du monde.

Pour revenir à la publication Facebook d'Harold Vila, notre privilège, nous quatre poètes réunis cet après-midi au café de Miraflores, représente non seulement le plaisir de se rencontrer, mais surtout le privilège de pouvoir voyager; c'est précisément ce que j'allais découvrir en me liant d'amitié avec de jeunes Européens durant mon séjour dans cet espace conçu pour les aventuriers comme moi. 

Il y avait un petit balcon avec deux chaises en fer forgé assez hautes autour d'une table ronde assez haute, donnant à ce coin des allures de véritable bar. C'est précisément là que certains clients s'installaient plusieurs fois par jour avec leur ordinateur portable et un joint. Pour parfaire cette ambiance, la période de Noël, coïncidant avec le Salon du livre Ricardo Palma, illuminait le parc de lettres, de sons, de couleurs et de saveurs variées. C'est là, dans ce paradis de Miraflores, que j'ai rencontré Ángel, un jeune touriste français, tandis que d'en haut, j'observais les passants flâner entre les étals de livres, tous habillés comme des mannequins pour les grandes marques multinationales qui inondaient le quartier, ou comme des figurants sur le tournage d'un clip de musique pop latine.

     «I almost got arrested today for this thing» — dit une voix à l'accent étranger, en parlant d'un joint.

 

     «What happened?»  — demandai-je, également en anglais, en serrant la main du jeune homme qui s'apprêtait à s'asseoir en face de moi.

 Le jeune voyageur raconta alors sa mésaventure à Larcomar: un policier péruvien lui avait jeté son petit sachet de marijuana sous le nez, le fixant intensément, après l’avoir contraint à vider ses poches. Celles-ci ne contenaient aucun euro, seulement la marijuana dissimulée dans un paquet de cigarettes, ce qui n’avait pas du tout amusé le policier… Finalement, nous avons tous deux éclaté de rire, et cette aventure est devenue une anecdote de voyage plutôt cher pour le jeune Français. Nous avons alors entamé un dialogue empreint de sagesse mystique et spirituelle pour comprendre l’histoire de deux peuples longtemps marqués par les différences, les mensonges, le pillage, la manipulation et les privilèges. Quelle énergie puissante se dégageait de cette nuit-là! Finalement, comme je le pressentais, le jeune homme m’a confié que notre conversation avait marqué un tournant dans nos perspectives respectives. L’un de nous devait cesser de se focaliser sur la douleur, tandis que l’autre devait se défaire de sa vanité.

 

     «Voyager est l’une des expériences les plus profondes qu’un être humain puisse vivre» — conclut Angel.

 

Mon nouvel ami m'a confié, lors de nos conversations suivantes, qu'il était né d'un père français pro-israélien et d'une mère palestinienne, ce qui signifiait qu'il avait, à un moment ou un autre, vécu la guerre entre les deux nations sous son propre toit. Heureusement pour sa famille, ses parents avaient trouvé un terrain d'entente et s'étaient acceptés malgré leurs divergences idéologiques. Concernant son voyage, il m'a expliqué qu'il était à Lima depuis trois jours et qu'il parcourait l'Amérique latine depuis quelques mois, profitant d'une année sabbatique. Son intention était de se ressourcer en découvrant d'autres cultures, loin des idées préconçues qui l'entouraient, des idées qui, selon lui, ne trouvaient plus d'écho auprès de la nouvelle génération de jeunes Européens. Au début, je n'ai rien dit, mais j'ai vite compris que ce jeune homme ressentait un appel profond, une vocation à transformer son environnement. C'est peut-être la raison de cette conversation si particulière ce soir-là. Comme lui, depuis la nuit des temps, l'humanité éprouve le besoin d'explorer, de découvrir et d'apprendre par le mouvement. Cette quête incessante de nouveaux horizons est inscrite dans notre nature. Le désir de connaître l'inconnu, de transcender nos limites physiques et mentales, est une composante essentielle de notre être.

 

À cet instant précis, une pointe de tristesse m'envahit lorsque je repensai au véritable but de mon voyage au Pérou, et les noms de jeunes gens comme Laurie et Dodo me revinrent en mémoire. Ils attendaient depuis des mois mon appel annonçant la bonne nouvelle de leur rendez-vous consulaire pour venir étudier à Lima, car ils ne trouvaient aucun créneau pour la légalisation de leurs documents sur le site officiel du consulat mexicain en Haïti. Ils ont pratiquement le même âge que le jeune Français et partagent le même rêve: Se conquérir soi-même. Désormais, la seule différence entre eux réside dans ce que le jeune Européen appelle «le privilège d'être né en Europe». Il n'a pas besoin, entre autres choses qui ne devraient poser aucun problème à quiconque, de visa pour entrer en Amérique latine, contrairement au père d'Antonio, Vénézuélien, qui, faute de visa, ne peut lui rendre visite à Noël après huit ans de séparation, et contrairement aux associations de femmes haïtiennes qui peinent à rencontrer leurs homologues péruviennes, elles aussi dépourvues de visa.

Dans de nombreux cas, les gouvernements voisins justifient le refus de visas aux ressortissants de pays confrontés à des situations politiques et socio-économiques difficiles, comme Haïti, sous prétexte de sécurité nationale et de contrôle des migrations. Or, cette approche occulte la réalité complexe vécue par des millions d'enfants, d'hommes et de femmes contraints de quitter leur foyer en quête d'une vie meilleure, en raison de facteurs tels que la pauvreté, la violence ou l'instabilité politique. Avons-nous le droit de voyager à travers le monde uniquement pour le plaisir? La réponse est non. En fermant leurs frontières, ces gouvernements privent ces personnes de leur droit à la liberté de circulation, un aspect fondamental de la dignité humaine. Cela reflète une vision du monde qui considère les citoyens de certaines régions comme moins précieux ou moins légitimes que d'autres. Ce deux poids, deux mesures est non seulement moralement répréhensible, mais il perpétue également les inégalités mondiales.

Vivre ensemble

Voyager, c'est bien plus que simplement se déplacer d'un endroit à un autre; c'est l'expression même de l'homme. Comme le suggère la photo des poètes au café, chaque aventure révèle de nouvelles facettes de nous-mêmes et du monde qui nous entoure. C'est la confirmation indéniable que, malgré nos différences, nous ne faisons qu'un: et pour moi, c'était devenu un nouveau mode de vie, bien plus que de vains mots. Preuve en est que deux jours après ma conversation avec Ángel sur le petit balcon, je connaissais déjà presque tous les autres clients de l'auberge, et mon séjour y fut extrêmement agréable.

Une nuit, tandis que Solange, une de mes compagnes de chambre, ronflait au-dessus de moi dans le lit superposé, les yeux grands ouverts, fixant la lumière filtrant par la fenêtre, j'ai perçu la terre comme cet espace commun où nous partageons tous un voyage vers nos destins respectifs, les mêmes privilèges, le même respect, sans être conditionnés par la race, la région, le pays, la couleur de peau, le sexe, les idéologies ou toute autre forme de croyance qui aveugle l'esprit humain. Un peu plus tard, au milieu de la nuit, lorsque je l'ai entendue tousser, peut-être parce que la fenêtre était encore ouverte, tout comme la porte non verrouillée, j'ai réfléchi une fois de plus, du plus profond de mon être.

 

« Si une jeune Barbadienne noire et une jeune Française blanche partagent la même chambre pour une nuit avec un Chilien, un Haïtien et un Américain, tous réunis par le coût économique ou l’attrait de cet espace, même si ils ne se sont jamais rencontrés auparavant, ne parlent pas la même langue, n’ont pas la même culture, le même niveau d’éducation, ni la même religion ou idéologie, le même âge, parmi tant d’autres différences et limitations que le mental peut concevoir, comment pouvons-nous continuer à affirmer qu’il est impossible de parvenir à la paix mondiale ? »

 Cela exige une compréhension plus profonde: percevoir l’humanité comme un seul corps énergétique qui envoie sa vibration au reste de l’univers, une manifestation de la volonté divine, une âme universelle. Qu’y a-t-il de si particulier à ce que des étrangers partagent une chambre en auberge si cela se produit partout dans le monde? — pourrait-on se demander.

Cependant, si, au-delà de la logique, vous parvenez à penser de manière «surlogique», en vous permettant d'explorer le domaine de la conscience, vous pouvez concentrer votre attention sur tout ce qui est subtil et, dans cette plénitude, admirer toutes les vertus de la vie. Vous réaliserez que la vie est liberté, qu'elle est vivre en harmonie, qu'elle est partager et s'entraider. Et tout cela, lorsque vous regardez avec les yeux du cœur, vous pouvez le percevoir dans les choses les plus simples.

Les choses les plus simples, comme quoi?

 

Un simple bonjour, par exemple. Il n'est pas rare qu'une femme blanche, européenne et blonde se lève le matin et salue avec joie et respect le réceptionniste latino. Elle lui dit «AMIGO» en espagnol, et ils se saluent sans aucun sentiment de supériorité ou d'infériorité. De même, lorsqu'une jeune Argentine du quartier de Condesa à Mexico adopte une vision du monde occidentalisée et utilise un langage raciste pour insulter un policier mexicain, lui aussi latino mais à la peau plus foncée, c'est une histoire ridicule. À l'instar du langage occidental lui-même, on pourrait dire qu'elle souffre de «papillitis blanche». Plus absurde encore, en réaction à cet incident, j'ai entendu à la radio que des élus locaux votent des lois contre les étrangers, ce qui ne manquera pas d'alimenter les préjugés et les stéréotypes négatifs dans la société, comme si le problème n'était pas le racisme en soi, mais la coexistence et la présence d'étrangers qui, dans un pays, offrent de nombreux avantages: ils enrichissent la culture, stimulent l'économie et favorisent la cohésion sociale. Ce qu'ils ignorent, c'est qu'en mettant l'accent sur une éducation holistique, le dialogue et l'interculturalité, nous pouvons cultiver des relations qui ouvrent la voie à une coexistence pacifique et harmonieuse entre les peuples.

La deuxième chose, tout simple, c'est notre façon de vivre en communauté. Un homme et une femme qui ne se connaissent pas dorment dans la même chambre en pleine nuit, dans l'obscurité la plus totale. Des hommes et des femmes qui ne se connaissent pas partagent la même salle de bain. Un soir, en entrant dans la chambre, j'ai vu une jeune Allemande sortir de la salle de bain en sous-vêtements et s'allonger sur le lit, par exemple. Mais cela ne nous empêche pas de respecter la dignité et l'intimité de chacun. Personne ne trouve cela choquant.

Alors pourquoi, dans un même pays, l'État sépare-t-il les hommes et les femmes dans les écoles, les églises, les lieux de travail et même dans les transports en commun? Nous savons que nous pouvons tous coexister dans le respect mutuel, mais ce sont les systèmes sociopolitiques qui pervertissent l'esprit de communauté et divisent les gens. Ceux qui nourrissent des idées morbides croient qu'un homme doit inévitablement toucher une femme dans le métro, et malheureusement, ce sont eux qui font les lois et plongent le monde dans l'obscurité, engendrant ainsi des conflits au sein de la société.

Enfin, si personne ne harcèle une jeune Allemande qui se promène en sous-vêtements dans une auberge la nuit, pourquoi un citoyen harcèlerait-il sa propre «Présidente de la République» sur le Zócalo? Face à de tels événements, une réflexion bien plus profonde s’impose pour comprendre ce qui se passe au niveau de la conscience collective, au lieu de se contenter d’accepter ce que disent les journaux ou de se limiter à créer des mèmes en ligne.

Un troisième exemple, tout aussi simple, est celui d'aller aux toilettes. Un jour, j'y suis allé et quelqu'un avait oublié de tirer la chasse d'eau. J'ai vu les excréments, mais impossible de savoir qui en était l'auteur. Car les excréments n'ont ni race ni sexe. Tout le monde défèque de la même façon. Impossible de distinguer si les excréments étaient chiliens, américains, suisses, japonais ou français. Par conséquent, utiliser le pouvoir pour tenter de prouver l'existence d'une race supérieure et d'une race inférieure, et pour établir des frontières entre les individus, est, une fois de plus, absurde et témoigne de la maladie mentale de ceux qui conçoivent et bâtissent une société sur ces concepts erronés.

Il est extrêmement dangereux qu'un fou dirige l'État; il peut semer la haine et mettre en péril l'humanité entière. Prenons l'exemple de la République dominicaine, où une fillette haïtienne de 11 ans à la peau noire se serait noyée dans une piscine par des enfants de son âge, sous le regard passif des enseignants. Même après le drame, ni l'école ni la police n'ont réagi. Si l'État n'est pas responsable, alors qui l'est?

De ce point de vue, peut-on supposer que les Dominicains sont un peuple cruel? Non. En réalité, Dominicains et Haïtiens sont deux peuples frères qui se sont toujours entraidés, comme l’ont démontré le poète dominicain Tomás Modesto Galán et moi-même. Les Haïtiens ont toujours aimé les Dominicaines, depuis l’histoire de la Grand Rue à Port-au-Prince; les deux communautés ont toujours entretenu des échanges commerciaux et professionnels lorsque la frontière était ouverte, assurant ainsi l’approvisionnement alimentaire des Dominicains et des Haïtiens les plus démunis. Aujourd’hui, la frontière étant fermée, les petits commerçants dominicains ne peuvent plus vendre en Haïti. Les jeunes Haïtiens qui souhaitent étudier à l’étranger ne peuvent plus traverser le territoire dominicain. Ce sont toujours les plus vulnérables qui paient le prix fort lorsqu’un conflit éclate entre deux pays.

Compte tenu de la situation entre nos deux nations, il est fondamental et urgent de comprendre que les frontières et les canaux, à l'origine des crimes du gouvernement dominicain contre la population civile haïtienne, sont dénués de sens. En réalité, Haïtiens et Dominicains ne font qu'un, et ce territoire n'appartient à personne. À la naissance, la terre était là, comme elle l'était pour nos grands-parents. Qui aurait pu imaginer dire un jour: «Cette terre est à moi»? C'est absurde, car nul ne vit plus d'un siècle, ni ses enfants, ni les enfants de ses enfants, ni les enfants des enfants de ses enfants; en bref, nous mourons tous, et la Terre sera toujours là, et nul ne sait qui l'occupera demain.

Enfin, parlons d'une chose aussi simple que de ne pas voler. Je crois que ce sont les systèmes politiques et socio-économiques qui créent des voleurs. À cause du déséquilibre et de l'inégalité dans la répartition des richesses et des privilèges, il y a des riches et des pauvres: les riches volent les pauvres, les pauvres travaillent pour les riches, les riches sous-paient les pauvres, et les plus démunis volent le peu qu'ils possèdent aux autres pauvres – ce que nous appelons en fin de compte les classes sociales. Cependant, je ne dis pas que les riches sont mauvais; je parle d'un système d'exploitation qui conduit à une catastrophe mondiale. Quand je suis arrivé à Lima, tout le monde me disait de faire attention à mon téléphone; je devais garder la fenêtre fermée dans les taxis pour éviter qu'on me le vole. La même chose m'est arrivée à Buenos Aires il y a trois ans: le même Argentin m'a conseillé de me méfier des autres Argentins. À Medellín, des Colombiens m'ont parlé de plusieurs quartiers dangereux que je devais éviter lors de mon voyage dans le pays en 2021. La même chose s'est produite à Mexico: tous les Mexicains m'ont déconseillé d'aller à Tepito.

Alors pourquoi tout le monde laisse-t-il son téléphone sur le lit dans une auberge? Bien sûr, il y a des casiers dans les chambres où les plus prudents peuvent ranger leurs affaires, même les plus personnelles; il y a une caméra dans le couloir. Mais en réalité, personne ne semble se soucier de son téléphone, de son ordinateur portable, de sa nourriture, de ses vêtements, ni du risque de vol. Cette petite communauté m’a une fois de plus démontré que le mal ne réside pas dans l’homme, mais dans sa condition; le véritable danger réside dans la peur et la confusion qu’on lui inculque. «Le traumatisme des générations», comme l’aurait dit Joséphine, une autre jeune Européenne rencontrée là-bas.

Ah, Joséphine! J'étais si heureux de rencontrer cette jeune fille; elle a quelque chose de spécial. Découvrir ses origines est déjà exceptionnel: Joséphine est une jeune fille blanche née en France de parents blancs, sa mère étant née en Afrique du Sud pendant l'apartheid, et elle-même est d'origine africaine, française et néerlandaise. Pour moi, cette jeune fille blanche a du sang noir; elle le sait aussi, elle parle d'un «sentir», dit ressentir un «autre flow». Nous savons tous les deux qu'il s'agit d'une sagesse profonde, d'une magie ancestrale qui coule dans ses veines, d'une connexion à l'invisible, de quelque chose de pur qui donne un sens à la vie.

     «La mer est belle partout» — dit-elle un après-midi, en contemplant la mer Noire depuis le belvédère de Barranco.

 Le Retour 

La veille de Noël, j'étais seul sur le petit balcon. Sur la table, un cendrier débordait de mégots, vestiges des nombreux visiteurs qui étaient passés. La fraîcheur de l'été limanais m'enveloppait tandis que mon regard errait sur le parc désert, car il était encore tôt. À peine 7 heures du matin. L'auberge était presque vide, en partie à cause de la saison. Quatre ou cinq jours plus tôt, mes jeunes amis étaient déjà partis pour d'autres pays d'Amérique du Sud en quête de nouvelles aventures. Le chat gris qui dormait avec Julienne chaque nuit était triste; il la cherchait partout: dans les chambres, à la réception, même derrière la table de billard. Mais Julienne était déjà en route pour l'Équateur depuis plusieurs heures. À son arrivée, elle aurait sûrement trouvé un autre petit chat avec qui dormir. De même, au fil de la nuit, le petit chat gris aurait lui aussi trouvé quelqu'un d'autre. C'est la vie, un va-et-vient incessant.

De même, Indran, le poète sri-lankais-américain, avait depuis longtemps le regard tourné vers d'autres horizons. Il m'avait dit qu'il partait pour l'Argentine, puis pour Madrid, avant de rentrer à Washington. Ce qu'il ignorait, c'est que, pendant ce temps, mon auberge bon marché était devenue pour moi une source d'inspiration littéraire. Je n'ai plus revu Harold Alva après la lecture de poésie à laquelle il m'avait invité dans le quartier de Barranco. Bien sûr, il m'a appelé pour m'inviter à passer le Nouvel An avec d'autres poètes chez le poète Aramayo, mais je lui ai dit que je partais le 29 décembre pour rentrer au Mexique. Nous nous sommes promis de nous revoir bientôt, peut-être à Cuernavaca, ou bien sûr à Lima, et pourquoi pas aussi à Port-au-Prince? — « J'espère qu'il n'y aura bientôt plus de bandes armées dans mon pays » — ai-je pensé, sans dire un mot.

Le seul qui restait dans la chambre était ce type qui ne sortait jamais, qui passait son temps à lire et qui portait des lunettes. Il ne parlait pas beaucoup, mais il m'a paru être un poète. Il y avait aussi la jeune Coréenne qui portait un maillot de l'équipe nationale argentine de football, et quelques autres touristes de passage, mais seulement pour un court instant. Et puis il y avait Juan Carlos, l'homme à tout faire de l'auberge. «No manches wey», c'est comme ça que le Péruvien le plus mexicain que je connaisse avait l'habitude de plaisanter. Mais je peux aussi dire que c'était l'homme le plus gentil que j'aie rencontré à Lima. Quand je l'ai vu pour la première fois, j'ai pensé qu'il était mexicain à cause de son visage, de sa carrure, de sa taille, de ses vêtements, et pour couronner le tout, il ressemblait beaucoup à Temo, mon ami qui vendait des tacos à Indios Verdes, au nord de Mexico. Mais il n'avait pas seulement l'air mexicain; il incarnait l'esprit mexicain. Il était passionné par la culture mexicaine; il avait vu tous les films mexicains.

Juan Carlos était, en quelque sorte, le lien entre le personnel et les clients de l'auberge, un lien essentiel qui imprégnait tout l'établissement. Indispensable à la direction comme à chaque client, il gérait méticuleusement chaque arrivée et chaque départ en collaboration avec l'équipe de la réception, connaissant ainsi parfaitement chaque personne: son numéro de chambre, son pays d'origine, ses compagnons de voyage et sa langue. Il discutait avec tout le monde, même ceux qui ne parlaient pas espagnol. Son énergie était contagieuse. Il faisait les lits, nettoyait les salles de bain, repeignait les murs et veillait au confort de chacun. Il s'assurait également que le personnel de ménage fasse son travail, tout en trouvant le temps de rire. De la fenêtre du spacieux salon à l'étage, je l'ai vu arriver, traversant le parc d'un pas assuré, en route pour son travail. Je voyais bien qu'il aimait son travail, que c'était plus qu'un simple emploi; c'était sa vie, son univers. Il leva les yeux, me vit et, avec une immense joie, me salua à la mexicaine avant de se diriger vers la porte d'entrée.

—        " Ese es mi vato " — ai-je dit en riant, pour répondre à la mexicaine.

Son accueil m'a empli d'un grand espoir pour l'avenir du monde. J'ai compris que si un jour des citoyens ordinaires, animés d'un cœur comme le sien et d'un véritable engagement envers la société, devenaient ministres et ambassadeurs, alors peut-être, qui sait, des jeunes comme Laurie et Dodo auraient-ils de meilleures perspectives. Pourquoi dis-je cela? Pour bâtir un monde plus juste, nous devons militer pour la suppression des barrières et œuvrer à un système qui respecte et valorise la vie de chaque personne, quelles que soient ses origines. C'est la seule façon de donner tout son sens à la dignité humaine et aux droits inhérents de chacun.

Il est essentiel d'examiner comment les politiques d'immigration et les restrictions de voyage affectent de manière disproportionnée les populations de certains pays, notamment en Afrique, en Amérique latine et dans les Caraïbes. C'est précisément pour cette raison qu'il n'y avait aucun Africain dans l'auberge, ni aucun jeune Caribéen ou Latino découvrant l'Amérique comme les jeunes Européens. C'est ce que Joséphine appelait le «privilège du passeport»: des politiques qui restreignent la circulation des personnes originaires de pays pauvres et qui non seulement violent la dignité humaine, mais sapent également les valeurs universelles que nous prétendons défendre.

Ainsi, mes demandes de suivi concernant le cas de ces jeunes Haïtiens ont circulé d'un bureau à l'autre, sans jamais aboutir. De l'entrée au guichet, du guichet à l'accueil, de l'accueil au bureau, du bureau au guichet, du guichet à on ne sait où, mais elles n'ont jamais atteint l'oreille ni le cœur de quiconque capable de comprendre leur situation: ce sont simplement des jeunes qui cherchent à étudier et à contribuer à la vie de leur communauté. Ce n'est pas leur faute si leur pays est envahi par des bandits ou si leur gouvernement est un désastre.

Les raisons de les aider relèvent de la responsabilité morale, des droits humains et de la solidarité internationale. La Déclaration universelle des droits de l'homme stipule que toute personne a le droit de chercher asile et refuge face à la persécution et au besoin. De plus, ils financeront eux-mêmes leurs études et  leur séjour dans le pays; ils ne solliciteront ni bourses ni aide gouvernementale. Par ailleurs, il est important de rappeler qu'aider nos frères et sœurs dans un pays en crise n'implique pas de blâmer l'État hôte pour la situation qui l'a engendrée. Les crises peuvent avoir de multiples causes, internes et externes, et aucune ne justifie la fermeture des frontières. En fin de compte, chaque personne, quelle que soit sa nationalité, mérite d'être traitée avec dignité et respect. Cependant, soumettre des individus à un examen critique fondé uniquement sur leur pays d'origine perpétue un discours déshumanisant. «Moins de lois et plus de conscience», a dit un jour mon jeune ami. 

Et puis, plus tard dans la journée.

Il était à peine 19 heures et l'auberge était complètement vide. Même le type qui ne sortait jamais était parti. La Coréenne avait passé tout l'après-midi à faire sa valise, pleine de produits de beauté, puis était partie pour l'aéroport. Bientôt, il ne restait plus qu'Antonio dans le hall, la musique tournant en boucle. C'était sans doute la même chanson qu'il avait entendue à la radio avec son père au Venezuela, la veille de Noël. C'est là que j'ai réalisé que j'avais l'auberge pour moi tout seul. Indran ne me croira sans doute jamais, mais j'avais le Flying Dog rien que pour moi pour 35 soles la nuit; ou peut-être que quand nous retourneront à Lima en septembre, il le racontera à tout le monde.

Perdu dans mes pensées près de la fenêtre, en écoutant la playlist d'Antonio, j'ai soudain senti mon téléphone vibrer; j'ai donc immédiatement lu le nouveau message WhatsApp. Il venait de Joséphine.

 

      « Comment va la vie ? As-tu pu trouver une réponse pour les jeunes Haïtiens?»

 

Devais-je lui confier mon angoisse et mon découragement? Abandonner n’avait jamais rien changé. Apaisé par un chant de Noël à la radio, je rassemblai le courage de répondre positivement à mon amie qui avait pensée à moi. De plus, l’Américain, avant de partir, me dit qu’il me voyait partir tôt chaque jour pour travailler et me souhaita donc bonne chance. Le Chilien me donna également sa bénédiction en partant et me remit deux pièces de 50 pesos chiliens en souvenir de notre rencontre. Comme Solange et Julienne, que je n’oublierai jamais, Ángel m’encouragea à persévérer et à ne pas abandonner avant de rejoindre ses parents, venus lui rendre visite de France.

 

     J’espère trouver bientôt des solutions au sort de mes jeunes frères. En attendant, nous sommes le 24 décembre; je pourrais m’offrir une part de gâteau et passer une nuit de plus dans mon auberge à 35 soles, confiant que la nouvelle année approche et que, peut-être, les frontières disparaîtront et que les rêves de milliers de jeunes comme Laurie et Dodo de voyager et d’étudier se réaliseront. S’il y a une chose que je devrais leur dire maintenant, c’est simplement de les encourager à ne pas abandonner. En effet, malgré toutes les difficultés et les épreuves que j’ai rencontrées au Mexique et au Pérou pour leur ouvrir une porte – ou plutôt, pour la leur forcer –, les signes de la vie n’ont jamais cessé de me rappeler que je dois garder espoir et persévérer.

 

 

Joséphine, de l'autre côté de la frontière, réalisant que je n'avais pas abandonné, a répondu avec soulagement, ajoutant un émoji soleil, comme pour joindre son énergie vitale à celle de ces jeunes Haïtiens qui cherchaient une issue.

 

       La vie est difficile mais elle est magnifique ☀️

 

 

 


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