Nuestro amigo Evans Okan, nos ha remitido la nota publicada en Acento.com. La compartimos con nuestros lectores ambas versiones, español y francés.
Gracias Evans!
El Flying Dog: Mis Reflexiones Durante un Viaje a Lima
Por Evans OKAN.
¿Adónde
podemos mudarnos?
¿Tenemos
otro estado
más
arriba, con diques y muros
contra
la naturaleza?
Indran
Amirthanayagam, Isla Itinerante (Perú 2025)
El Reencuentro
Dejé
mi vaso de agua en la vieja mesa de madera de la cocina mientras leía la
publicación que colgó en su muro de Facebook, mi amigo peruano Harold Alva poeta y analista político. Él y yo hacía
poco que nos conocíamos, sin embargo, entre nosotros se ha creado una profunda
admiración, así como una amistad y un respeto mutuo.
—
«En marzo coincidí con el
poeta Evans Okan (Haití), en Pachuca y Tizayuca (Hidalgo, México), en julio,
gracias a la invitación de mi hermano Jorge Contreras Herrera, director del
Festival Internacional de Poesía Ignacio Rodríguez Galván, volvimos a coincidir
en México con Evans y conocí a Indran Amirthanayagam (Sri Lanka). En septiembre
nos reunimos los tres en Lima, en la duodécima Primavera Poética. Anoche nos
reencontramos en Miraflores, acompañados por nuestro maestro Omar Aramayo»
— ¡Que
chido! — exclamé en mi mente o corazón más bien, al compartir en mi muro la publicación donde fui etiquetado. La
foto muestra a cuatro poetas de tres países diferentes, incluyéndome a mí de
pie, unidos en un solo abrazo en el Café de la Paz, en el distrito de
Miraflores de Lima. Estoy en el extremo derecho de la foto, y fui yo quien tuvo
el honor de tomar la selfie porque, según uno de ellos, tengo el "brazo más largo", dijo con un toque de
humor, reviviendo la idea de que todas las personas negras necesariamente
tienen extremidades muy largas. En realidad, estaba buscando una pose más
favorecedora para disimular el cansancio que tenía en la cara en ese momento,
pose que, desgraciadamente, según mi ego, no pude encontrar después de unas
diez fotos. En cualquier caso, todos estábamos convencidos de que una de las
tomas tenía que ser un éxito, y lo principal no es hacer una foto para las
redes sociales, sino inmortalizar una tarde entre “cuates” hablando de poesía, de
futuros proyectos, de nuestras vidas, tomando un café.
En el extremo
izquierdo de la foto, vemos al poeta esrilanqués Indran, con su característico
sombrero, que nunca se quita. Siempre bromea diciendo que no se quita el
sombrero porque “un país sin sombrero” es una metáfora haitiana que significa
muerte, ya que nuestro amigo, que también es ex diplomático, vivió un tiempo en
Puerto-Príncipe. Junto a Indran se encuentra el maestro Omar Aramayo, el mayor,
no solo en edad, sino sobre todo en experiencia vital, forjada por la poesía y
las pruebas del amor.
—
«Ah, si lo hubiera sabido
entonces», dijo el viejo poeta, «y si tuviera los medios hoy...»
Tuve el placer
de conocerlo tres meses antes en el festival de Harold, pero sólo tuvimos
tiempo de saludarnos brevemente, porque además del evento de poesía, yo tenía
otras actividades planeadas durante este viaje. El Maestro, como todos los
hombres mayores de setenta años, lleva las marcas de sus batallas, pero su
mirada permanece firme y su corazón incorruptible, se puede ver en su rostro
que había vivido para la poesía toda su vida: a pesar de todo, mantenía una
sonrisa en sus ojos. Una de sus cualidades esenciales es que, cuando se le
llama peruano, siempre aclara con orgullo: «Soy un poeta puneño, no peruano».
Y como un verdadero puneño, en la mesa, no dejaba de hacerme preguntas sobre
Haití después de cada sorbo de su café. De hecho, ocurrieron hechos, o más bien
manifestaciones, que el poeta Aramayo calificó de místicos o sobrenaturales,
con lo que todos coincidimos, como cuando su taza de porcelana cayó al suelo
mientras les hablaba de Ogou Feray, que no es otro que el poderoso
espíritu de la guerra en el vudú haitiano.
Luego, junto al
maestro, como en el centro de la foto, está Harold, nuestro anfitrión esa
tarde. Recuerdo su cálida bienvenida y su gran abrazo. "¡Qué placer
conocer a grandes poetas como ustedes!", le dije con inmensa alegría.
"Eres maravilloso", respondió con su habitual humildad y
diplomacia. Nos había hablado con gran entusiasmo de Primavera Poética, de sus
recientes viajes a México y Europa, un poco de política en Perú y, por
supuesto, de sus aventuras, no necesariamente literarias, temas que podrían llenar
un libro entero. Harold, a sus cuarenta y siete años, ya ha publicado unos
treinta libros; es un hombre de mil historias, nuestro amigo. Así que, al mirar
esta fotografía, con todos estos buenos recuerdos, Comprendí que también para
Harold un encuentro simboliza un acontecimiento mágico; como si en esta
publicación de Facebook quisiera resaltar esta dimensión mística de la realidad
y no falsear un acontecimiento que no ocurrió, como sucede hoy en la era
virtual.
Volviendo a
nuestro encuentro de esta tarde en el café, debo mencionar que Indran, además
de su vivo interés por los últimos avances de la poesía latinoamericana
contemporánea, regaló al poeta Aramayo un ejemplar de su nuevo libro "Isla
Itinerante"; esta nueva obra también es considerada por algunos críticos
como su mejor obra hasta la fecha. De igual manera, nos confió que estaba
preocupado por el tamaño de su estómago —podríamos decir, en el argot mexicano,
que tiene un poco de panza—, lo cual no es realmente
un secreto, ya que a menudo habla de ello, incluso durante sus recitales, con
cierta autoironía. Pero lo más gracioso es que, a pesar de su preocupación,
tomó dos cafés acompañados de una deliciosa crepa, lo que nos hizo reír a
todos, "discretamente", por supuesto. Conozco muy bien al poeta; es mi
hermano mayor en el mundo literario. Nuestra amistad se remonta a cuando él era
diplomático en Haití, hace más de diez años, donde forjó estrechos vínculos con
todos los actores de la escena cultural haitiana. Me confió, por ejemplo, así
como él representa un mentor para mí, el poeta y dramaturgo haitiano recientemente
fallecido Frankétienne también fue su mentor. Esto no me sorprende en absoluto,
ya que se reunían a menudo para intercambiar poesía durante los tres años que
pasó en Puerto-Príncipe.
Continuemos la historia de esta fotografía.
El poeta, originario de Sri Lanka, pero conocido por los poetas
peruanos como "el poeta de la India" debido a su apariencia o
etiquetas asociadas a él, no dejaba de repetirle a todo el mundo, que yo me
alojaba en un hostal barato en Lima, e incluso mencionó el precio. Al final no
entendí por qué había dicho eso, pero quizá simplemente no podía creer que
hubiera encontrado un lugar tan simpático a tan bajo precio cuando, semanas
antes, le había pedido recomendaciones de alojamiento en Lima.
—
«Se llama Evans es
novelista, poeta, cantante y promotor cultural haitiano. Se aloja aquí, en un
hostal muy barato en el Parque Kennedy por solo 35 soles la noche.»
Probablemente se refería a la habilidad haitiana para encontrar gangas;
de hecho, en las tradiciones ancestrales haitianas, que forman parte de la
herencia africana, un Ganga sigue siendo un sabio, en el sentido
místico del término. En este caso en particular, lo que los otros dos poetas en
nuestra mesa no sabían era que yo no solo había encontrado un hospedaje barato;
también había descubierto pequeños restaurantes frente al Parque Kennedy donde
se podía comer por once soles. Desde que compartí este descubrimiento con
Indran, se había acostumbrado a ir allí todos los días: además de comer barato
en uno de los barrios más turísticos de Lima, el auténtico sabor del lomo
saltado era incomparable. El poeta disfrutó tanto de esta comida que el día
antes de partir de Miraflores, le preguntó al cocinero su nombre para poder
rendirle homenaje en un poema.
—
¿Qué hizo que mi estancia en
este hostal fuera tan especial que mi hermano de Sri Lanka no deja de hablar de
ello? —me pregunté de nuevo— “En buena onda”.
Todavía
temblando de frío a pesar del verano, con un gato a mi lado bebiendo de mi
vaso, miré la foto en la pantalla de mi teléfono y reviví en un instante la
alegría de aquella tarde entre poetas, y dejé escapar otra sonrisa al recordar
la voz del poeta hablando del hostal, no sólo aquella tarde en la mesa, sino
desde entonces, cada vez que me presentaba a un nuevo amigo en Perú, y ahí es
precisamente donde entra el “Flying Dog”.
Los Nuevos Encuentros.
Pasemos ahora a otro aspecto de la historia.
Contrario a lo que mi hermano poeta le contó a medio mundo, al
llegar a Lima, sí me alojé en un hotel de tres estrellas en la tranquila calle
Santa Cruz, cerca del Parque Grau, con acceso a playa privada. Yo tenía una
suite para mí solo, con cama queen, escritorio propio y refrigerador en la
habitación, e incluso una pequeña terraza en el sexto piso desde donde, al
atardecer, admiraba la vista de los edificios y sus ventanales que se extendían
hacia el cielo de Miraflores. Sin embargo, cuando supe que me quedaría en Perú
quizás varias semanas más, no por razones económicas, sino estratégicas —como
mayor movilidad y, por supuesto, menores gastos—, tuve que buscar otro
alojamiento.
“Flying Dog” es
el nombre del hostal que finalmente encontré, ubicado en el Parque Kennedy,
después de varios días de búsqueda con Germán, Un buen colaborador, un hombre
amable y acogedor, responsable de la logística de proyectos sociales en Lima. Antonio,
el recepcionista venezolano que hablaba un francés excelente, me contó que
antes de convertirse en el hostal, el edificio era una discoteca llamada
Bizzaro. Pude ver que la estructura se había mantenido intacta, conservando
varios vestigios de cómo era el bar años atrás. Nunca imaginé que pasar unos
días allí cambiaría mi perspectiva del mundo tan drásticamente.
Para volver a la
publicación de Harold Vila en Facebook, nuestro privilegio, los cuatro poetas
reunidos esta tarde en el café de Miraflores, representa no sólo el placer de
encontrarnos, sino sobre todo el privilegio de poder viajar; esto es
precisamente lo que iba a descubrir al hacer amistad con jóvenes europeos
durante mi estadía en este espacio diseñado para aventureros como yo.
Había un pequeño
balcón con dos sillas de hierro forjado relativamente altas alrededor de una
mesa redonda bastante alta, lo que le daba a este rincón el aspecto de un
auténtico bar, y era precisamente allí donde algunos clientes solían sentarse
con sus portátiles y un porro varias veces al día. Para completar este
ambiente, precisamente la época navideña, coincidiendo con la feria del libro Ricardo
Palma, iluminó el parque con letras, sonidos, colores y sabores variados. Fue
allí, en ese paraíso de Miraflores, donde conocí a Ángel, un joven turista
francés, mientras desde arriba, yo observaba a los transeúntes pasear entre los
puestos de libros, todos vestidos como modelos de las grandes marcas
multinacionales que inundaban el barrio, o extras en el set de un videoclip de
música pop latina.
—
«I almost got arrested today
for this thing»— Dijo una voz con acento extranjero, refiriéndose a un porro.
— What happened? — Le pregunté también en inglés, aceptando un apretón
de manos, al joven que estaba a punto de sentarse frente a mí.
El joven viajero
relató entonces su desventura en Larcomar: un policía peruano le había tirado
su bolsita de marihuana bajo la nariz, mirándolo fijamente, tras obligarlo a
vaciar sus bolsillos. No contenían euros, salvo la marihuana escondida en un
paquete de cigarrillos, lo que al policía no le hizo ninguna gracia… Al final,
ambos nos echamos a reír, y esta aventura se ha convertido mejor en una
entrañable anécdota de viaje para el joven francés. Entonces iniciamos un
diálogo imbuido de sabiduría mística y espiritual para comprender la historia
de dos razas humanas largamente marcados por las diferencias, las mentiras, el
saqueo, la manipulación y los privilegios. ¡Qué energía tan poderosa emanaba
esa noche! Finalmente, como presentía, el joven me confesó que nuestro diálogo
había marcado un antes y un después en nuestra propia perspectiva. Uno de
nosotros tuvo que dejar de mirar el dolor, mientras que el otro tuvo que
desprenderse de la vanidad.
—
«Viajar es una de las
experiencias más profundas que puede vivir un ser humano» — concluyó Angel.
Mi nuevo amigo
me contó durante nuestras posteriores conversaciones que había nacido de un
padre francés proisraelí y de una madre palestina, lo que significa que, en
algún momento, vivió la guerra entre ambas naciones bajo su propio techo.
Afortunadamente para su familia, sus padres llegaron a acuerdos y se aceptaron
mutuamente a pesar de sus diferencias ideológicas. Referente a su viaje, me
explicó que llevaba tres días en Lima y que había estado viajando por
Latinoamérica durante unos meses, en un año sabático. Su intención era recargar
energías descubriendo otras culturas, lejos de las ideas preconcebidas de su
entorno, ideas que, según él, ya no conectan con la nueva generación de jóvenes
europeos. Al principio no dije nada, pero enseguida comprendí que este joven
sentía un profundo llamado de la vida, una vocación por transformar su entorno.
Quizás por eso tuvimos esa misteriosa conversación aquella noche. Como él,
desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha sentido la necesidad de explorar,
descubrir y aprender a través del movimiento. Esta búsqueda incesante de nuevos
horizontes está arraigada en nuestra naturaleza; el deseo de conocer lo
desconocido, de trascender nuestras limitaciones físicas y mentales, es un
componente esencial de nuestro ser.
En ese preciso
momento, sentí una punzada de tristeza al reflexionar sobre el verdadero
propósito de mi viaje a Perú, y volvieron a mi mente los nombres de jóvenes
como Laurie y Dodo, quienes llevaban varios meses esperando mi llamada
anunciándoles la buena noticia de su cita consular para venir a estudiar a
Lima, porque les era imposible encontrar una cita para la evaluación de sus
documentos en el portal oficial del consulado de México en Haití. Tienen
prácticamente la misma edad que el joven francés, también comparten el mismo
sueño, el de conquistarse a sí mismos; ahora, la única diferencia entre ellos
es lo que el joven europeo llama "el privilegio de haber nacido en
Europa". Él no necesita, entre otras cosas que no deberían suponer ningún
problema para ningún ser humano, una visa para entrar en América Latina, a
diferencia del padre de Antonio, que es venezolano y, al carecer de visa, no
puede visitarlo en Navidad después de ocho años sin verlo, y de las
asociaciones de mujeres haitianas que tienen dificultades para visitar a sus
homólogas peruanas porque ellas también no tienen visa.
En muchos casos,
los gobiernos de países vecinos justifican la denegación de visas a personas de
países que enfrentan situaciones políticas y socioeconómicas difíciles, como
Haití, con el pretexto de la seguridad nacional y el control migratorio. Sin
embargo, este enfoque oculta la compleja realidad que viven millones de niños,
hombres y mujeres que se ven obligados a abandonar sus hogares, en busca de una
vida mejor debido a factores como la pobreza, la violencia o la inestabilidad
política. ¿Tenemos derecho a viajar por el mundo solo por placer? La respuesta
es no. Al cerrar sus fronteras, estos gobiernos privan a estas personas de su
derecho a la libertad de movimiento, un aspecto fundamental de la dignidad
humana. Esto refleja una cosmovisión que considera a los ciudadanos de ciertas
regiones menos valiosos o con menos derechos que otros. Esta doble moral no
solo es moralmente reprobable, sino que también perpetúa las desigualdades globales.
La Convivencia
Viajar es mucho más que simplemente mudarse de un lugar a otro; es
la expresión misma del ser humano. Como sugiere la foto de los poetas en el
café, cada aventura revela nuevas facetas de nosotros mismos y del mundo que
nos rodea. Es la confirmación innegable de que, a pesar de nuestras
diferencias, todos somos uno: y para mí, esto se había convertido en una nueva
forma de vida, mucho más que simples palabras vacías. Prueba de ello es que dos
días después de mi conversación con Ángel en el pequeño balcón, ya conocía a
casi todos los demás huéspedes del hostal, y mi estancia allí fue sumamente
placentera.
Cierta noche,
mientras Solange, una de mis compañeras de habitación, roncaba encima de mí en
la litera de arriba, con los ojos abiertos, contemplando la luz que se filtraba
por la ventana, percibí la tierra como ese espacio común, donde todos
compartimos un viaje hacia nuestros respectivos destinos, los mismos privilegios,
el mismo respeto sin estar condicionados por la raza, la región, el país, el
color de piel, el sexo, las ideologías o cualquier otra forma de creencia que
ciegue la mente humana. Un poco más tarde, en mitad de la noche, cuando la oí
toser, quizá porque la ventana seguía abierta, igual que la puerta sin llave,
volví a pensar, desde lo más profundo de mí.
—
“Si una joven chica barbadense
negra y una joven francesa blanca comparten la misma habitación durante una
noche con un chileno, un haitiano y un estadounidense, todos reunidos por el
coste económico o el encanto de ese espacio, aunque nunca se hayan conocido, no
hablen el mismo idioma, no tengan la misma cultura, la misma educación, ni
siquiera la misma religión o ideología, la misma edad, entre tantas otras
diferencias y limitaciones que la mente pueda concebir, ¿cómo podemos seguir
afirmando que es imposible alcanzar la paz mundial?”
Esto requiere
una comprensión más profunda: percibir a la humanidad como un único cuerpo
energético que envía su vibración al resto del universo, una manifestación de
la voluntad divina, un alma universal. —¿Qué tiene de especial que extranjeros
compartan habitación en un hostal si esto ocurre en todo el mundo? — cabría
preguntarse.
Sin embargo, si,
más allá de la lógica, logras pensar de manera “surlógica”, permitiéndote
explorar el reino de la consciencia, podrás enfocar tu atención en todo lo
sutil y, en esta plenitud, admirar todas las virtudes de la vida. Te darás
cuenta de que: la vida es libertad, es vivir en armonía, es compartir y
ayudarnos unos a otros. Y todo esto, cuando miras con los ojos del corazón, lo
puedes percibir en las cosas más sencillas.
Las cosas más
simples, ¿cómo qué?
Una cosa
sencilla como saludar, por ejemplo. No es raro que una mujer blanca, europea y
rubia se despierte por la mañana y salude al chico latino de recepción con
alegría y respeto. Ella dice "AMIGO" en español, y se saludan sin
ningún sentimiento de superioridad o inferioridad. De la misma manera, cuando
una joven argentina del barrio Condesa en México occidentaliza su visión de la
vida y usa un lenguaje racista para insultar a un policía mexicano que es
latino como ella, pero tiene la piel más oscura, es una historia ridícula. Como
el propio lenguaje occidental, podríamos decir que padece «trastorno
Blanco Papilitis». Aún más absurdo, como reacción a este acto, escuché
en la radio que los diputados locales estaban aprobando leyes contra los
extranjeros, lo que sin duda creará más prejuicios y estereotipos negativos en
la sociedad, como si el problema no fuera el racismo en sí, sino la
coexistencia y presencia de extranjeros que, en un país, ofrecen muchas
ventajas: enriquecen la cultura, estimulan la economía y promueven la cohesión
social. Lo que no saben es que, al enfatizar la educación holística, el diálogo
y la interculturalidad, podemos cultivar relaciones que allanen el camino para
una coexistencia pacífica y armoniosa entre los pueblos.
Segunda cosa
sencilla, como vivir en comunidad. Un hombre y una mujer que no se conocen
duermen en la misma habitación en plena noche, en total oscuridad. Hombres y
mujeres que no se conocen comparten el mismo baño. Una noche, al entrar en la
habitación, vi a una joven alemana salir del baño en ropa interior y tumbarse
en la cama, por ejemplo. Pero eso no nos impide respetar la dignidad y la
privacidad de todos. A nadie le parece repugnante.
Entonces, ¿por
qué, en un mismo país, el Estado separa a hombres y mujeres en escuelas,
iglesias, ¿lugares de trabajo e incluso en el transporte público? Entendemos
que todos podemos convivir con respeto mutuo, pero son los sistemas
sociopolíticos los que pervierten el espíritu de comunidad y dividen a las
personas. Quienes albergan ideas morbosas creen que un hombre debe
inevitablemente tocar a una mujer en el metro, y desafortunadamente, son ellos
quienes hacen las leyes y sumergen al mundo en la oscuridad, generando así
conflicto dentro de la sociedad.
Finalmente, si
nadie acosa a una joven alemana que camina en ropa interior por la noche en un
hostal, ¿por qué un ciudadano acosaría a su propia “Presidenta” en público, en
pleno Zócalo? Ante tales sucesos, se necesita una reflexión mucho más profunda
para comprender lo que está sucediendo a nivel de la conciencia colectiva, en
lugar de simplemente aceptar lo que dicen los periódicos o limitarse a crear
memes en internet.
Tercera cosa
sencilla como ir al baño. Un día, fui al baño y alguien se había olvidado de
bajar el agua del inodoro. Vi el excremento, pero no había forma de saber quién
lo había hecho. Porque el excremento no tiene raza, ni género. Todos defecan
igual. Era imposible distinguir si el excremento era chileno, estadounidense,
suizo, japonés o francés. Por lo tanto, utilizar el poder para intentar
demostrar la existencia de una raza superior y una raza inferior y establecer
fronteras entre los individuos es una vez más absurdo y demuestra la enfermedad
mental de quienes diseñan y construyen una sociedad sobre estos conceptos
erróneos.
Es
extremadamente peligroso que un loco dirija el Estado; puede sembrar el odio y
poner en peligro a toda la humanidad. Tomemos el ejemplo de la República
Dominicana, donde una niña haitiana de 11 años, de piel oscura fue
presuntamente ahogada en una piscina por niños de su misma edad, mientras los
maestros se quedaron de brazos cruzados sin hacer nada. Incluso después de la
tragedia, ni la escuela ni la policía tomaron medidas. Si el Estado no es responsable,
¿quién lo es?
Desde esta
perspectiva, ¿podemos asumir que los dominicanos son un pueblo cruel? No. De
hecho, dominicanos y haitianos somos dos pueblos hermanos que siempre nos
ayudamos mutuamente, como el poeta dominicano Tomás Modesto Galán y yo. Los
hombres haitianos siempre han amado a las mujeres dominicanas desde la historia
de la Grand Rue de Puerto Príncipe; ambas comunidades siempre han tenido
intercambios comerciales y profesionales cuando la frontera no estaba cerrada,
por lo que los dominicanos y los haitianos pobres siempre comían. Ahora que la
frontera está cerrada, los pequeños comerciantes dominicanos no pueden vender
en Haití. Los jóvenes haitianos que deseen estudiar en el exterior no pueden
transitar por territorio dominicano. Siempre son las masas desfavorecidas las
que pagan el precio cuando estalla una guerra entre dos países.
Ante esta
situación entre ambas naciones, es fundamental y urgente comprender que las
fronteras y los canales, que están en la raíz de los crímenes del gobierno
dominicano contra la población civil haitiana, carecen de sentido. En realidad,
haitianos y dominicanos somos uno, y este territorio no pertenece a nadie. Al
nacer, la tierra estaba allí, igual que para nuestros abuelos. ¿Quién habría
inventado la idea de decir un día: «Esta tierra es mía»? Es absurdo, ya que el
hombre no vive ni un siglo, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos, ni los
hijos de los hijos de sus hijos, en fin, todos morimos y la Tierra seguirá ahí,
y nadie sabe quién la ocupará mañana.
Por último,
hablemos de algo tan simple como no robar a los demás. Creo que son los
sistemas políticos y socioeconómicos los que crean ladrones. Debido al
desequilibrio y la desigualdad en la distribución de la riqueza y los
privilegios, hay ricos y pobres: los ricos roban a los pobres, los pobres
trabajan para los ricos, los ricos pagan mal a los pobres, y los más
desposeídos roban lo poco que tienen a otros pobres, lo que en última instancia
llaman clases sociales. Sin embargo, no digo que los ricos sean malos; hablo de
un sistema de explotación que está llevando a la catástrofe en todo el mundo. Cuando
llegué a Lima, todos me decían que tuviera cuidado con mi teléfono; tenía que
mantener la ventanilla cerrada en los taxis para evitar que me lo robaran. Lo
mismo me pasó en Buenos Aires hace tres años: el mismo argentino me aconsejó
que tuviera cuidado con otros argentinos. En Medellín, los colombianos me
hablaron de varios barrios peligrosos que debía evitar durante mi viaje al país
en 2021. Lo mismo pasó en Ciudad de México: todos los mexicanos me
desaconsejaron ir a Tepito.
Entonces, ¿por
qué todo el mundo deja el teléfono en la cama en un hostal? Por supuesto, hay
taquillas en las habitaciones donde los más precavidos pueden guardar sus
pertenencias, incluso las más personales; hay una cámara en el pasillo. Pero la
verdad es que a nadie parece importarle su teléfono, su computadora portátil,
su comida o su ropa, o el riesgo de robo. Esta pequeña comunidad me había
demostrado una vez más que el mal no reside en el hombre, sino en su condición;
el verdadero peligro reside en el miedo y la confusión que se le inculcan. «El
trauma de generaciones», como habría dicho Josephine, otra joven europea que
conocí en este lugar.
¡Ah, Josephine!
Me alegró mucho conocer a esta chica; tiene algo especial. Descubrir sus
orígenes ya es especial: Josephine es una chica blanca nacida en Francia, de
padre y madre blancos, la mama nacida en Sudáfrica durante el apartheid, y ella
misma es de origen africano blanco, francés y holandés. Para mí, esta chica
blanca tiene sangre color negro; ella también lo sabe, habla de un "sentir", dice tener un "flow diferente". Ambos sabemos que es una sabiduría profunda,
una magia ancestral que fluye por sus venas, una conexión con lo invisible,
algo puro que da sentido a la existencia. "El mar es hermoso en todas
partes", dijo una tarde, mientras contemplaba el mar negro desde el
mirador de Barranco.
El Regreso
En Nochebuena, estaba solo en el pequeño balcón. Sobre la mesa, un
cenicero estaba lleno de colillas, restos de las numerosas visitas que habían
pasado por allí. El frío del verano limeño me envolvió mientras mi mirada se
perdía en el parque vacío, pues aún era temprano. Apenas las 7:00 de la mañana.
Ahora, el hostal estaba casi vacío, en parte debido a la temporada. Cuatro o
cinco días antes, mis jóvenes amigos ya se habían ido a otros países de
Sudamérica en busca de nuevas aventuras. El gato gris que dormía con Julienne
todas las noches estaba triste; buscaba a la chica por todas partes: en las
habitaciones, en la recepción, incluso detrás de la mesa de billar. Pero Julienne
ya llevaba varias horas de camino a Ecuador. Para cuando llegara, seguramente
habría encontrado otro gatito con quien dormir. Asimismo, a medida que avanzaba
la noche, el pequeño gato gris también habría encontrado a alguien más. Así es
la vida, un ir y venir constante.
De la misma
manera, Indran, el poeta srilanqués-estadounidense, hacía tiempo que había
mirado hacia otros horizontes. Me dijo que se iba a Argentina, luego a Madrid,
antes de regresar a Washington. Lo que él no sabía era que, mientras tanto, mi
hostal barato se había convertido en una fuente de inspiración literaria para
mí. No volví a ver a Harold Alva después del recital de poesía al que me había
invitado en el municipio de Barranco. Claro, me llamó para invitarme a pasar
Año Nuevo con otros poetas en casa del poeta Aramayo, pero le dije que me iría
el 29 de diciembre de regreso a México. Prometimos vernos pronto, quizás en
Cuernavaca, o por supuesto en Lima, ¿y por qué no también en Puerto-Príncipe? —Espero que
no haya más bandas armadas en mi país pronto — pensé, sin decir palabra.
El único que
quedaba en la habitación era el tipo que nunca salía, que se pasaba el tiempo
leyendo y usaba gafas. No hablaba mucho, pero me pareció poeta. También estaba
la joven coreana con la camiseta de la selección argentina de fútbol, y
algunos otros turistas de paso, pero solo por un breve momento. Y luego estaba
Juan Carlos, el encargado de mantenimiento del hostal. "No manches
wey", así solía bromear el peruano más mexicano que conozco. Pero también
puedo decir que era el tipo más amable que conocí en Lima. Cuando lo vi por
primera vez, pensé que era mexicano por su cara, su complexión, su altura, su
ropa, y para colmo, se parecía mucho a Temo, mi amigo que vendía tacos en
Indios Verdes, al norte de la Ciudad de México. Pero no solo parecía mexicano;
encarnaba el espíritu mexicano. Era un apasionado de la cultura mexicana; había
visto todas las películas mexicanas.
Juan Carlos era,
en cierto modo, el nexo entre el personal y los huéspedes del hostal, un
vínculo esencial que permeaba todo el establecimiento. Imprescindible tanto
para la dirección como para cada huésped, gestionaba con esmero cada llegada y
salida en colaboración con el equipo de recepción, por lo que conocía a cada
huésped a la perfección: su número de habitación, su país de origen, sus
compañeros de viaje y su idioma. Charlaba con todos, incluso con quienes no
hablaban español. Su energía era contagiosa. Hacía las camas, limpiaba los
baños, pintaba las paredes y se aseguraba de la comodidad de todos. También se
aseguraba de que el personal de limpieza hiciera su trabajo, todo ello sin
dejar de encontrar tiempo para reír. Desde la ventana de la amplia sala del
piso de arriba, lo vi llegar, cruzando el parque con paso seguro, camino al
trabajo. Pude ver que amaba su trabajo, que era más que un simple trabajo, era
su vida, su mundo. Levantó la vista, me vio y, con inmensa alegría, me saludó
al estilo mexicano antes de dirigirse a la puerta principal.
—
" Ese es mi vato " — Le dije riendo, también para responder a la
mexicana.
Su saludo me
llenó de gran esperanza por el futuro del mundo. Comprendí que si algún día
ciudadanos comunes, dotados de un corazón como el suyo y un compromiso genuino
con la sociedad, se convirtieran en ministros y embajadores, entonces quizás,
quién sabe, jóvenes como Laurie y Dodo tendrían mejores oportunidades. ¿Porque
lo digo así? Para construir un mundo más justo, debemos abogar por la
eliminación de las barreras y trabajar por un sistema que respete y valore la
vida de cada persona, independientemente de su origen. Solo así podremos dar
pleno sentido a la dignidad humana y a los derechos inherentes de todos.
Es esencial
examinar cómo las políticas de inmigración y las restricciones de viaje afectan
de manera desproporcionada a las poblaciones de ciertos países, particularmente
en África, América Latina, y el Caribe. Por esta misma razón, no había un solo
africano en el hostal, ni ningún joven caribeño o latinoamericano descubriendo
América como los jóvenes europeos. Esto es lo que Josephine llamó el
"privilegio de los pasaportes": políticas que restringen la
circulación de personas de países pobres y que no solo violan la dignidad
humana, sino que también socavan los valores universales que decimos defender.
De esta forma, mis
oficios de seguimiento sobre el caso de los jóvenes haitianos han circulado de
una oficina a otra, sin llegar nunca a una conclusión. De la entrada a la
ventanilla, de la ventanilla a la mesa de partes, de la mesa de partes al
despacho, del despacho al escritorio, del escritorio a la “chingada” pero
nunca llegaron a oídos ni al corazón de nadie capaz de comprender la situación:
Son simplemente jóvenes que buscan estudiar y contribuir a la vida de su
comunidad. No es su culpa que su país esté invadido por bandidos ni que su
gobierno sea un desastre.
Las razones para
ayudarlos surgen de la responsabilidad moral, los derechos humanos y la
solidaridad internacional. La Declaración Universal de Derechos Humanos
establece que toda persona tiene derecho a buscar asilo y refugio ante la
persecución y la necesidad. Además, financiarán sus propios estudios y estancia
en el país; no solicitarán becas ni ayudas gubernamentales. Por otro lado, es
importante recordar que ayudar a nuestros hermanos y hermanas en un país en
crisis no implica culpar al Estado anfitrión por la situación que la causó. Las
crisis pueden tener múltiples causas, tanto internas como externas, y ninguna justifica
el cierre de fronteras. En definitiva, toda persona, independientemente de su
nacionalidad, merece ser tratada con dignidad y respeto. Sin embargo, someter a
las personas a un escrutinio crítico basado únicamente en su país de origen
perpetúa una narrativa deshumanizante. — «Menos leyes y más conciencia», — mi
joven amigo dijo en un momento.
Y luego, más
tarde en el día.
Eran apenas las 7 p. m. y el hostal estaba completamente vacío.
Incluso el chico que nunca salía se había ido. La coreana se había pasado toda
la tarde preparando su maleta, llena de artículos de belleza, y luego se fue al
aeropuerto. Pronto, solo Antonio permaneció en el vestíbulo, con la música
sonando sin parar. Probablemente era la misma canción que había escuchado en la
radio con su padre en Venezuela en Nochebuena. Fue entonces cuando me di cuenta
de que tenía el hostal solo para mí. Indran probablemente nunca lo creerá, pero
tenía el Flying Dog solo para mí por 35 soles la noche; o tal vez cuando
regrese a Lima en septiembre, se lo contará a todo el mundo.
Perdido en mis
pensamientos junto a la ventana, escuchando la lista de reproducción de
Antonio, de repente sentí vibrar mi teléfono; así que inmediatamente leí el
nuevo mensaje de WhatsApp. Era de Josephine.
—
"¿Cómo va la vida?
¿Pudiste encontrar una respuesta para tu gente?"
¿Debería
confiarle mi angustia y desánimo? Rendirme nunca había cambiado nada.
Tranquilizado por un villancico en la radio, me armé de valor para responder
positivamente a mi amiga que había pensado en mí. Además, el estadounidense,
antes de irse, me dijo que me veía salir temprano todos los días para hacer
contactos y que, por lo tanto, me deseaba lo mejor. El chileno también me dio
su bendición al marcharse y me regalo dos monedas de 50 pesos chilenos como
recuerdo de nuestro encuentro. Al igual que Solange y Julienne, a quienes
tampoco olvidaré nunca, Ángel me animó a perseverar y a no rendirme antes de
partir a reunirse con sus padres que habían venido a visitarlo desde Francia.
—
Espero encontrar pronto
soluciones para la difícil situación de los jóvenes haitianos. Mientras tanto,
es 24 de diciembre; podría darme el gusto de un pastel y pasar otra noche en mi
hostal de 35 soles, seguro de que se acerca el año nuevo y de que, tal vez, las
fronteras desaparecerán y los sueños de miles de jóvenes como Laurie y Dodo de
viajar y estudiar se harán realidad. Si hay algo que debo decirles ahora, es
simplemente animarlos a no rendirse. De hecho, a pesar de todas las
dificultades y adversidades que encontré en México y Perú para abrirles una
puerta —o, mejor dicho, para forzarla—, las señales de la vida nunca dejaron de
recordarme que debo mantener viva la esperanza y perseverar.
Josephine, al
otro lado de la frontera, al darse cuenta de que no me había rendido, respondió
con alivio, añadiendo un emoji de sol, como para unir su energía vital a la de
estos jóvenes haitianos que buscaban una salida.
—
“La vie est difficile mais
elle est magnifique”, “La
vida es difícil, pero es hermosa” ☀️
Continuará…
**************
Fuente: https://acento.com.do/opinion/el-flying-dog-mis-reflexiones-durante-un-viaje-a-lima-9596872.html
VERSION EN FRANCES
Les Retrouvailles
J’ai laissé mon verre d’eau sur la vieille table de cuisine en bois pendant que je lisais le message que mon ami péruvien Harold Alva, poète et analyste politique, avait partagé sur son mur Facebook. Nous ne nous connaissions que depuis peu de temps, et pourtant une profonde admiration, une amitié et un respect mutuel s’étaient tissés entre nous.
— «En mars, j’ai rencontré le poète Evans Okan (Haïti) à Pachuca et Tizayuca (Hidalgo, Mexique). En juillet, grâce à l’invitation de mon frère Jorge Contreras Herrera, directeur du Festival international de Poésie Ignacio Rodríguez Galván, nous nous sommes retrouvés au Mexique avec Evans, et j’ai également rencontré Indran Amirthanayagam (Sri Lanka). En septembre, nous nous sommes retrouvés tous les trois à Lima pour le douzième Festival Primavera Poética. Hier soir, nous nous sommes revus à Miraflores, accompagnés de notre “Maestro” Omar Aramayo.
— «Trop cool!» — me suis-je exclamée intérieurement, ou plutôt dans mon cœur, en partageant sur mon mur la publication où j'avais été taguée. La photo montre quatre poètes de trois pays différents, dont moi, réunis dans une étreinte chaleureuse au Café de la Paz, dans le quartier de Miraflores à Lima. Je suis tout à droite, et j'ai eu l'honneur de prendre le selfie car, d'après l'un d'eux, j'ai «le bras le plus long», a-t-il dit avec une pointe d'humour, ravivant l'idée reçue selon laquelle tous les Noirs ont forcément des membres très longs. En réalité, je cherchais une pose plus flatteuse pour masquer la fatigue qui se lisait sur mon visage, une pose que, hélas, selon mon ego, je n'ai pas réussi à trouver après une dizaine de photos. Quoi qu'il en soit, nous étions tous convaincus qu'au moins une de ces photos devait être réussie, et l'essentiel n'est pas de prendre une photo pour les réseaux sociaux, mais d'immortaliser un après-midi entre amis à parler de poésie, de projets futurs, de nos vies, autour d'un café.
À l'extrême gauche de la photo, on aperçoit le poète sri-lankais Indran, coiffé de son chapeau fétiche qu'il ne quitte jamais. Il plaisante souvent en disant que s'il ne l'enlève pas, c'est parce que «un pays sans chapeau» est une métaphore haïtienne signifiant la mort, notre ami, également ancien diplomate, ayant vécu un temps à Port-au-Prince. À côté d'Indran se tient le “Maestro” Omar Aramayo, le plus âgé, non seulement par l'âge, mais surtout par l'expérience de la vie, forgée par la poésie et les épreuves de l'amour.
— «Ah, si seulement j’avais su alors, dit le vieux poète, et si seulement j’en avais les moyens aujourd’hui…»
J'avais eu le plaisir de le
rencontrer trois mois plus tôt au festival d'Harold, mais nous n'avions eu le
temps que d'un bref échange, car outre le festival de poésie, j'avais d'autres
activités prévues durant ce voyage. Le vieux poète, comme tous les hommes de
plus de soixante-dix ans, porte les marques de ses combats, mais son regard
reste fixe et son cœur incorruptible. On voit sur son visage qu'il a vécu pour
la poésie toute sa vie: malgré tout, il gardait un sourire dans les yeux. Une
de ses qualités essentielles est que, lorsqu'on le qualifie de Péruvien, il
précise toujours avec fierté: «Je suis un poète de Puno, pas Péruvien.» Et
comme un vrai natif de Puno, à table, il n'arrêtait pas de me poser des
questions sur Haïti après chaque gorgée de son café. En effet, des événements
se sont produits, ou plutôt des manifestations, que le poète Aramayo a qualifiées
de mystiques ou de surnaturelles, ce que nous avons tous approuvé, comme
lorsque sa tasse en porcelaine est tombée par terre alors que je leur parlais
d'Ogou Feray, qui n'est autre que le puissant esprit guerrier du vaudou
haïtien.
Puis, à côté du “Maestro”, comme au centre de la photo, se trouve
Harold, notre hôte cet après-midi-là. Je me souviens de son accueil chaleureux
et de sa grande étreinte. — «Quel plaisir de rencontrer d'aussi grands poètes
que vous!» — lui ai-je dit avec une immense joie. «Tu es formidable», a-t-il
répondu avec son humilité et sa diplomatie habituelles. Il nous avait parlé
avec un grand enthousiasme de Primavera Poética, de ses récents voyages au
Mexique et en Europe, un peu de politique au Pérou, et, bien sûr, de ses
aventures – pas forcément littéraires – des sujets qui pourraient remplir un
livre entier. Harold, à quarante-sept ans, a déjà publié une trentaine de
livres; c'est un homme aux mille histoires, notre ami. Alors, en regardant
cette photo, avec tous ces beaux souvenirs, j'ai compris que pour Harold aussi,
une rencontre symbolise un événement magique; comme si, dans cette publication
Facebook, il voulait souligner cette dimension mystique de la réalité et non
falsifier un événement qui n'a pas eu lieu, comme c'est souvent le cas
aujourd'hui à l'ère du virtuel.
Pour revenir à notre rencontre de cet après-midi au café, je dois mentionner qu'Indran, outre son vif intérêt pour les dernières tendances de la poésie latino-américaine contemporaine, a offert au poète Aramayo un exemplaire de son nouveau livre, «Isla Itinerante» (L'Île errante); ce nouvel ouvrage est d'ailleurs considéré par certains critiques comme son meilleur à ce jour. Il nous a également confié être préoccupé par la taille de son ventre – on pourrait dire, en langage familier mexicain, qu'il a “un poco de panza” – ce qui n'est pas vraiment un secret, puisqu'il en parle souvent, même pendant ses lectures, avec une pointe d'autodérision. Mais le plus drôle, c'est que, malgré son inquiétude, il a pris deux cafés accompagnés d'une délicieuse crêpe, ce qui nous a tous fait rire, «discrètement», bien sûr. Je connais très bien le poète; c'est mon grand frère dans le monde littéraire. Notre amitié remonte à l'époque où il était diplomate en Haïti, il y a plus de dix ans, où il a tissé des liens étroits avec tous les acteurs de la scène culturelle haïtienne. Il m'a confié, par exemple, que tout comme il est un mentor pour moi, le poète et dramaturge haïtien Frankétienne, récemment décédé, l'était aussi pour lui. Cela ne me surprend pas du tout, puisqu'ils se rencontraient souvent pour échanger de la poésie durant les trois années qu'il a passées à Port-au-Prince.
Poursuivons le récit de cette photographie.
Le poète, originaire du Sri Lanka
mais surnommé «le poète de l'Inde» par les poètes péruviens en raison de son
apparence ou des surnoms qui lui étaient associés, répétait à qui voulait
l'entendre que je logeais dans une auberge bon marché à Lima, et il mentionnait
même le prix. Finalement, je n'ai pas compris pourquoi il disait cela, mais
peut-être avait-il simplement du mal à croire que j'avais trouvé un endroit
aussi agréable à un prix aussi bas alors que, des semaines auparavant, je lui
avais demandé des recommandations d'hébergement à Lima.
— «Il s’appelle Evans. C’est un romancier, poète, chanteur et promoteur culturel haïtien. Il loge ici, dans une auberge très bon marché à Parque Kennedy, pour seulement 35 soles la nuit.»
Il faisait probablement référence à la capacité des Haïtiens à trouver des «Gangas», un mot espagnol signifiant «bonnes affaires»; d’ailleurs, dans les traditions ancestrales haïtiennes, qui font partie de notre héritage africain, un Ganga est encore considéré comme une personne sage, au sens mystique du terme. Dans ce cas précis, ce que les deux autres poètes à notre table ignoraient, c’est que je n’avais pas seulement trouvé un logement bon marché; j’avais aussi découvert de petits restaurants en face de Parque Kennedy où l’on pouvait manger pour onze soles. Depuis que j´ avais partagé cette découverte avec Indran, il avait pris l’habitude d’y aller tous les jours: outre le fait de manger à petit prix dans l’un des quartiers les plus touristiques de Lima, la saveur authentique du “lomo saltado” était incomparable. Le poète apprécia tellement ce repas que la veille de son départ de Miraflores, il demanda son nom au cuisinier afin de pouvoir lui rendre hommage dans un poème.
— Qu’est-ce qui a rendu mon séjour dans cette auberge si spécial pour
que mon frère sri-lankais n’arrête pas d’en parler? — me suis-je demandé à
nouveau — “En bons termes”.
Encore transi de froid malgré l'été,
avec un chat à mes côtés buvant dans mon verre, j'ai regardé la photo sur
l'écran de mon téléphone et j'ai revécu en un instant la joie de cet après-midi
passé avec mes chers poètes, et j'ai laissé échapper un autre sourire en me
souvenant de la voix d´ Indran parlant de l'auberge, non seulement cet
après-midi-là à table, mais depuis, chaque fois qu'il me présentait un nouvel
ami au Pérou, et c'est précisément là qu'intervient le «Flying Dog».
Les Nouvelles Rencontres.
Passons à un autre aspect de l'histoire.
Contrairement à ce que mon frère
poète a raconté à la moitié du monde, à mon arrivée à Lima, j'ai bien séjourné
dans un hôtel trois étoiles de la paisible rue Santa Cruz, près du parc Grau,
avec accès à une plage privée. J'avais une suite pour moi tout seul, avec un
lit queen-size, mon propre bureau et un réfrigérateur dans la chambre, et même
une petite terrasse au sixième étage d'où, au coucher du soleil, j'admirais la
vue sur les immeubles et leurs fenêtres qui s'étendaient vers le ciel de
Miraflores. Cependant, lorsque j'ai appris que je resterais au Pérou peut-être
plusieurs semaines de plus, non pas pour des raisons économiques, mais
stratégiques — comme une plus grande mobilité et,
bien sûr, des dépenses moindres —, j'ai dû trouver
un autre logement.
«Flying Dog», c'est le nom de
l'auberge que j'ai finalement trouvée à Parque Kennedy, après plusieurs jours
de recherche avec Germán, un homme d'une grande aide, aimable et accueillant,
responsable de la logistique des projets sociaux à Lima. Antonio, le
réceptionniste vénézuélien qui parlait un excellent français, m'a expliqué qu'avant
d'être une auberge, le bâtiment était une boîte de nuit appelée Bizzaro. J'ai
pu constater que la structure était restée intacte, conservant plusieurs
vestiges de ce qu'était le bar il y a des années. Je n'aurais jamais imaginé
que passer quelques jours là-bas changerait à ce point ma vision du monde.
Pour revenir à la publication Facebook d'Harold Vila, notre privilège, nous quatre poètes réunis cet après-midi au café de Miraflores, représente non seulement le plaisir de se rencontrer, mais surtout le privilège de pouvoir voyager; c'est précisément ce que j'allais découvrir en me liant d'amitié avec de jeunes Européens durant mon séjour dans cet espace conçu pour les aventuriers comme moi.
Il y avait un petit balcon avec deux
chaises en fer forgé assez hautes autour d'une table ronde assez haute, donnant
à ce coin des allures de véritable bar. C'est précisément là que certains
clients s'installaient plusieurs fois par jour avec leur ordinateur portable et
un joint. Pour parfaire cette ambiance, la période de Noël, coïncidant avec le
Salon du livre Ricardo Palma, illuminait le parc de lettres, de sons, de
couleurs et de saveurs variées. C'est là, dans ce paradis de Miraflores, que
j'ai rencontré Ángel, un jeune touriste français, tandis que d'en haut,
j'observais les passants flâner entre les étals de livres, tous habillés comme
des mannequins pour les grandes marques multinationales qui inondaient le
quartier, ou comme des figurants sur le tournage d'un clip de musique pop
latine.
—
«I almost got arrested today for this thing» — dit une
voix à l'accent étranger, en parlant d'un joint.
—
«What happened?» — demandai-je,
également en anglais, en serrant la main du jeune homme qui s'apprêtait à
s'asseoir en face de moi.
Le jeune voyageur raconta alors sa mésaventure à Larcomar: un policier péruvien lui avait jeté son petit sachet de marijuana sous le nez, le fixant intensément, après l’avoir contraint à vider ses poches. Celles-ci ne contenaient aucun euro, seulement la marijuana dissimulée dans un paquet de cigarettes, ce qui n’avait pas du tout amusé le policier… Finalement, nous avons tous deux éclaté de rire, et cette aventure est devenue une anecdote de voyage plutôt cher pour le jeune Français. Nous avons alors entamé un dialogue empreint de sagesse mystique et spirituelle pour comprendre l’histoire de deux peuples longtemps marqués par les différences, les mensonges, le pillage, la manipulation et les privilèges. Quelle énergie puissante se dégageait de cette nuit-là! Finalement, comme je le pressentais, le jeune homme m’a confié que notre conversation avait marqué un tournant dans nos perspectives respectives. L’un de nous devait cesser de se focaliser sur la douleur, tandis que l’autre devait se défaire de sa vanité.
—
«Voyager est l’une des expériences
les plus profondes qu’un être humain puisse vivre» — conclut Angel.
Mon nouvel ami m'a confié, lors de
nos conversations suivantes, qu'il était né d'un père français pro-israélien et
d'une mère palestinienne, ce qui signifiait qu'il avait, à un moment ou un
autre, vécu la guerre entre les deux nations sous son propre toit. Heureusement
pour sa famille, ses parents avaient trouvé un terrain d'entente et s'étaient
acceptés malgré leurs divergences idéologiques. Concernant son voyage, il m'a
expliqué qu'il était à Lima depuis trois jours et qu'il parcourait l'Amérique
latine depuis quelques mois, profitant d'une année sabbatique. Son intention
était de se ressourcer en découvrant d'autres cultures, loin des idées
préconçues qui l'entouraient, des idées qui, selon lui, ne trouvaient plus
d'écho auprès de la nouvelle génération de jeunes Européens. Au début, je n'ai
rien dit, mais j'ai vite compris que ce jeune homme ressentait un appel
profond, une vocation à transformer son environnement. C'est peut-être la
raison de cette conversation si particulière ce soir-là. Comme lui, depuis la
nuit des temps, l'humanité éprouve le besoin d'explorer, de découvrir et
d'apprendre par le mouvement. Cette quête incessante de nouveaux horizons est
inscrite dans notre nature. Le désir de connaître l'inconnu, de transcender nos
limites physiques et mentales, est une composante essentielle de notre être.
À cet instant précis, une pointe de
tristesse m'envahit lorsque je repensai au véritable but de mon voyage au
Pérou, et les noms de jeunes gens comme Laurie et Dodo me revinrent en mémoire.
Ils attendaient depuis des mois mon appel annonçant la bonne nouvelle de leur
rendez-vous consulaire pour venir étudier à Lima, car ils ne trouvaient aucun
créneau pour la légalisation de leurs documents sur le site officiel du
consulat mexicain en Haïti. Ils ont pratiquement le même âge que le jeune
Français et partagent le même rêve: Se conquérir soi-même. Désormais, la seule
différence entre eux réside dans ce que le jeune Européen appelle «le privilège
d'être né en Europe». Il n'a pas besoin, entre autres choses qui ne devraient
poser aucun problème à quiconque, de visa pour entrer en Amérique latine,
contrairement au père d'Antonio, Vénézuélien, qui, faute de visa, ne peut lui
rendre visite à Noël après huit ans de séparation, et contrairement aux
associations de femmes haïtiennes qui peinent à rencontrer leurs homologues
péruviennes, elles aussi dépourvues de visa.
Dans de nombreux cas, les
gouvernements voisins justifient le refus de visas aux ressortissants de pays confrontés
à des situations politiques et socio-économiques difficiles, comme Haïti, sous
prétexte de sécurité nationale et de contrôle des migrations. Or, cette
approche occulte la réalité complexe vécue par des millions d'enfants, d'hommes
et de femmes contraints de quitter leur foyer en quête d'une vie meilleure, en
raison de facteurs tels que la pauvreté, la violence ou l'instabilité
politique. Avons-nous le droit de voyager à travers le monde uniquement pour le
plaisir? La réponse est non. En fermant leurs frontières, ces gouvernements
privent ces personnes de leur droit à la liberté de circulation, un aspect
fondamental de la dignité humaine. Cela reflète une vision du monde qui
considère les citoyens de certaines régions comme moins précieux ou moins
légitimes que d'autres. Ce deux poids, deux mesures est non seulement
moralement répréhensible, mais il perpétue également les inégalités mondiales.
Vivre ensemble
Voyager, c'est bien plus que
simplement se déplacer d'un endroit à un autre; c'est l'expression même de l'homme.
Comme le suggère la photo des poètes au café, chaque aventure révèle de
nouvelles facettes de nous-mêmes et du monde qui nous entoure. C'est la
confirmation indéniable que, malgré nos différences, nous ne faisons qu'un: et
pour moi, c'était devenu un nouveau mode de vie, bien plus que de vains mots.
Preuve en est que deux jours après ma conversation avec Ángel sur le petit
balcon, je connaissais déjà presque tous les autres clients de l'auberge, et
mon séjour y fut extrêmement agréable.
Une nuit, tandis que Solange, une de
mes compagnes de chambre, ronflait au-dessus de moi dans le lit superposé, les
yeux grands ouverts, fixant la lumière filtrant par la fenêtre, j'ai perçu la
terre comme cet espace commun où nous partageons tous un voyage vers nos
destins respectifs, les mêmes privilèges, le même respect, sans être
conditionnés par la race, la région, le pays, la couleur de peau, le sexe, les
idéologies ou toute autre forme de croyance qui aveugle l'esprit humain. Un peu
plus tard, au milieu de la nuit, lorsque je l'ai entendue tousser, peut-être
parce que la fenêtre était encore ouverte, tout comme la porte non verrouillée,
j'ai réfléchi une fois de plus, du plus profond de mon être.
— « Si une jeune Barbadienne noire
et une jeune Française blanche partagent la même chambre pour une nuit avec un
Chilien, un Haïtien et un Américain, tous réunis par le coût économique ou
l’attrait de cet espace, même si ils ne se sont jamais rencontrés auparavant,
ne parlent pas la même langue, n’ont pas la même culture, le même niveau
d’éducation, ni la même religion ou idéologie, le même âge, parmi tant d’autres
différences et limitations que le mental peut concevoir, comment pouvons-nous
continuer à affirmer qu’il est impossible de parvenir à la paix mondiale ?
»
Cela exige une compréhension plus profonde: percevoir l’humanité comme un seul corps énergétique qui envoie sa vibration au reste de l’univers, une manifestation de la volonté divine, une âme universelle. — Qu’y a-t-il de si particulier à ce que des étrangers partagent une chambre en auberge si cela se produit partout dans le monde? — pourrait-on se demander.
Cependant, si, au-delà de la logique,
vous parvenez à penser de manière «surlogique», en vous permettant d'explorer
le domaine de la conscience, vous pouvez concentrer votre attention sur tout ce
qui est subtil et, dans cette plénitude, admirer toutes les vertus de la vie.
Vous réaliserez que la vie est liberté, qu'elle est vivre en harmonie, qu'elle
est partager et s'entraider. Et tout cela, lorsque vous regardez avec les yeux
du cœur, vous pouvez le percevoir dans les choses les plus simples.
Les choses les plus simples, comme
quoi?
Un simple bonjour, par exemple. Il n'est pas rare qu'une femme blanche, européenne et blonde se lève le matin et salue avec joie et respect le réceptionniste latino. Elle lui dit «AMIGO» en espagnol, et ils se saluent sans aucun sentiment de supériorité ou d'infériorité. De même, lorsqu'une jeune Argentine du quartier de Condesa à Mexico adopte une vision du monde occidentalisée et utilise un langage raciste pour insulter un policier mexicain, lui aussi latino mais à la peau plus foncée, c'est une histoire ridicule. À l'instar du langage occidental lui-même, on pourrait dire qu'elle souffre de «papillitis blanche». Plus absurde encore, en réaction à cet incident, j'ai entendu à la radio que des élus locaux votent des lois contre les étrangers, ce qui ne manquera pas d'alimenter les préjugés et les stéréotypes négatifs dans la société, comme si le problème n'était pas le racisme en soi, mais la coexistence et la présence d'étrangers qui, dans un pays, offrent de nombreux avantages: ils enrichissent la culture, stimulent l'économie et favorisent la cohésion sociale. Ce qu'ils ignorent, c'est qu'en mettant l'accent sur une éducation holistique, le dialogue et l'interculturalité, nous pouvons cultiver des relations qui ouvrent la voie à une coexistence pacifique et harmonieuse entre les peuples.
La deuxième chose, tout simple, c'est
notre façon de vivre en communauté. Un homme et une femme qui ne se connaissent
pas dorment dans la même chambre en pleine nuit, dans l'obscurité la plus
totale. Des hommes et des femmes qui ne se connaissent pas partagent la même
salle de bain. Un soir, en entrant dans la chambre, j'ai vu une jeune Allemande
sortir de la salle de bain en sous-vêtements et s'allonger sur le lit, par
exemple. Mais cela ne nous empêche pas de respecter la dignité et l'intimité de
chacun. Personne ne trouve cela choquant.
Alors pourquoi, dans un même pays,
l'État sépare-t-il les hommes et les femmes dans les écoles, les églises, les
lieux de travail et même dans les transports en commun? Nous savons que nous
pouvons tous coexister dans le respect mutuel, mais ce sont les systèmes
sociopolitiques qui pervertissent l'esprit de communauté et divisent les gens.
Ceux qui nourrissent des idées morbides croient qu'un homme doit inévitablement
toucher une femme dans le métro, et malheureusement, ce sont eux qui font les
lois et plongent le monde dans l'obscurité, engendrant ainsi des conflits au
sein de la société.
Enfin, si personne ne harcèle une jeune Allemande qui se promène en sous-vêtements dans une auberge la nuit, pourquoi un citoyen harcèlerait-il sa propre «Présidente de la République» sur le Zócalo? Face à de tels événements, une réflexion bien plus profonde s’impose pour comprendre ce qui se passe au niveau de la conscience collective, au lieu de se contenter d’accepter ce que disent les journaux ou de se limiter à créer des mèmes en ligne.
Un troisième exemple, tout aussi
simple, est celui d'aller aux toilettes. Un jour, j'y suis allé et quelqu'un
avait oublié de tirer la chasse d'eau. J'ai vu les excréments, mais impossible
de savoir qui en était l'auteur. Car les excréments n'ont ni race ni sexe. Tout
le monde défèque de la même façon. Impossible de distinguer si les excréments
étaient chiliens, américains, suisses, japonais ou français. Par conséquent,
utiliser le pouvoir pour tenter de prouver l'existence d'une race supérieure et
d'une race inférieure, et pour établir des frontières entre les individus, est,
une fois de plus, absurde et témoigne de la maladie mentale de ceux qui
conçoivent et bâtissent une société sur ces concepts erronés.
Il est extrêmement dangereux qu'un
fou dirige l'État; il peut semer la haine et mettre en péril l'humanité
entière. Prenons l'exemple de la République dominicaine, où une fillette
haïtienne de 11 ans à la peau noire se serait noyée dans une piscine par des
enfants de son âge, sous le regard passif des enseignants. Même après le drame,
ni l'école ni la police n'ont réagi. Si l'État n'est pas responsable, alors qui
l'est?
De ce point de vue, peut-on supposer
que les Dominicains sont un peuple cruel? Non. En réalité, Dominicains et
Haïtiens sont deux peuples frères qui se sont toujours entraidés, comme l’ont
démontré le poète dominicain Tomás Modesto Galán et moi-même. Les Haïtiens ont
toujours aimé les Dominicaines, depuis l’histoire de la Grand Rue à
Port-au-Prince; les deux communautés ont toujours entretenu des échanges
commerciaux et professionnels lorsque la frontière était ouverte, assurant
ainsi l’approvisionnement alimentaire des Dominicains et des Haïtiens les plus
démunis. Aujourd’hui, la frontière étant fermée, les petits commerçants dominicains
ne peuvent plus vendre en Haïti. Les jeunes Haïtiens qui souhaitent étudier à
l’étranger ne peuvent plus traverser le territoire dominicain. Ce sont toujours
les plus vulnérables qui paient le prix fort lorsqu’un conflit éclate entre
deux pays.
Compte tenu de la situation entre nos
deux nations, il est fondamental et urgent de comprendre que les frontières et
les canaux, à l'origine des crimes du gouvernement dominicain contre la
population civile haïtienne, sont dénués de sens. En réalité, Haïtiens et
Dominicains ne font qu'un, et ce territoire n'appartient à personne. À la
naissance, la terre était là, comme elle l'était pour nos grands-parents. Qui
aurait pu imaginer dire un jour: «Cette terre est à moi»? C'est absurde, car
nul ne vit plus d'un siècle, ni ses enfants, ni les enfants de ses enfants, ni
les enfants des enfants de ses enfants; en bref, nous mourons tous, et la Terre
sera toujours là, et nul ne sait qui l'occupera demain.
Enfin, parlons d'une chose aussi
simple que de ne pas voler. Je crois que ce sont les systèmes politiques et
socio-économiques qui créent des voleurs. À cause du déséquilibre et de
l'inégalité dans la répartition des richesses et des privilèges, il y a des
riches et des pauvres: les riches volent les pauvres, les pauvres travaillent
pour les riches, les riches sous-paient les pauvres, et les plus démunis volent
le peu qu'ils possèdent aux autres pauvres – ce que nous appelons en fin de
compte les classes sociales. Cependant, je ne dis pas que les riches sont
mauvais; je parle d'un système d'exploitation qui conduit à une catastrophe
mondiale. Quand je suis arrivé à Lima, tout le monde me disait de faire
attention à mon téléphone; je devais garder la fenêtre fermée dans les taxis
pour éviter qu'on me le vole. La même chose m'est arrivée à Buenos Aires il y a
trois ans: le même Argentin m'a conseillé de me méfier des autres Argentins. À
Medellín, des Colombiens m'ont parlé de plusieurs quartiers dangereux que je
devais éviter lors de mon voyage dans le pays en 2021. La même chose s'est
produite à Mexico: tous les Mexicains m'ont déconseillé d'aller à Tepito.
Alors pourquoi tout le monde
laisse-t-il son téléphone sur le lit dans une auberge? Bien sûr, il y a des
casiers dans les chambres où les plus prudents peuvent ranger leurs affaires,
même les plus personnelles; il y a une caméra dans le couloir. Mais en réalité,
personne ne semble se soucier de son téléphone, de son ordinateur portable, de
sa nourriture, de ses vêtements, ni du risque de vol. Cette petite communauté
m’a une fois de plus démontré que le mal ne réside pas dans l’homme, mais dans
sa condition; le véritable danger réside dans la peur et la confusion qu’on lui
inculque. «Le traumatisme des générations», comme l’aurait dit Joséphine, une
autre jeune Européenne rencontrée là-bas.
Ah, Joséphine! J'étais si heureux de
rencontrer cette jeune fille; elle a quelque chose de spécial. Découvrir ses
origines est déjà exceptionnel: Joséphine est une jeune fille blanche née en
France de parents blancs, sa mère étant née en Afrique du Sud pendant
l'apartheid, et elle-même est d'origine africaine, française et néerlandaise.
Pour moi, cette jeune fille blanche a du sang noir; elle le sait aussi, elle
parle d'un «sentir», dit ressentir un «autre flow». Nous savons
tous les deux qu'il s'agit d'une sagesse profonde, d'une magie ancestrale qui
coule dans ses veines, d'une connexion à l'invisible, de quelque chose de pur
qui donne un sens à la vie.
—
«La mer est belle partout» — dit-elle un après-midi,
en contemplant la mer Noire depuis le belvédère de Barranco.
Le Retour
La veille de Noël, j'étais seul sur
le petit balcon. Sur la table, un cendrier débordait de mégots, vestiges des
nombreux visiteurs qui étaient passés. La fraîcheur de l'été limanais
m'enveloppait tandis que mon regard errait sur le parc désert, car il était
encore tôt. À peine 7 heures du matin. L'auberge était presque vide, en partie
à cause de la saison. Quatre ou cinq jours plus tôt, mes jeunes amis étaient
déjà partis pour d'autres pays d'Amérique du Sud en quête de nouvelles
aventures. Le chat gris qui dormait avec Julienne chaque nuit était triste; il
la cherchait partout: dans les chambres, à la réception, même derrière la table
de billard. Mais Julienne était déjà en route pour l'Équateur depuis plusieurs
heures. À son arrivée, elle aurait sûrement trouvé un autre petit chat avec qui
dormir. De même, au fil de la nuit, le petit chat gris aurait lui aussi trouvé
quelqu'un d'autre. C'est la vie, un va-et-vient incessant.
De même, Indran, le poète
sri-lankais-américain, avait depuis longtemps le regard tourné vers d'autres
horizons. Il m'avait dit qu'il partait pour l'Argentine, puis pour Madrid,
avant de rentrer à Washington. Ce qu'il ignorait, c'est que, pendant ce temps,
mon auberge bon marché était devenue pour moi une source d'inspiration
littéraire. Je n'ai plus revu Harold Alva après la lecture de poésie à laquelle
il m'avait invité dans le quartier de Barranco. Bien sûr, il m'a appelé pour
m'inviter à passer le Nouvel An avec d'autres poètes chez le poète Aramayo,
mais je lui ai dit que je partais le 29 décembre pour rentrer au Mexique. Nous
nous sommes promis de nous revoir bientôt, peut-être à Cuernavaca, ou bien sûr
à Lima, et pourquoi pas aussi à Port-au-Prince? — « J'espère qu'il n'y
aura bientôt plus de bandes armées dans mon pays » — ai-je pensé, sans
dire un mot.
Le seul qui restait dans la chambre
était ce type qui ne sortait jamais, qui passait son temps à lire et qui
portait des lunettes. Il ne parlait pas beaucoup, mais il m'a paru être un
poète. Il y avait aussi la jeune Coréenne qui portait un maillot de l'équipe
nationale argentine de football, et quelques autres touristes de passage, mais
seulement pour un court instant. Et puis il y avait Juan Carlos, l'homme à tout
faire de l'auberge. «No manches wey», c'est comme ça que le Péruvien le
plus mexicain que je connaisse avait l'habitude de plaisanter. Mais je peux
aussi dire que c'était l'homme le plus gentil que j'aie rencontré à Lima. Quand
je l'ai vu pour la première fois, j'ai pensé qu'il était mexicain à cause de
son visage, de sa carrure, de sa taille, de ses vêtements, et pour couronner le
tout, il ressemblait beaucoup à Temo, mon ami qui vendait des tacos à Indios
Verdes, au nord de Mexico. Mais il n'avait pas seulement l'air mexicain; il
incarnait l'esprit mexicain. Il était passionné par la culture mexicaine; il
avait vu tous les films mexicains.
Juan Carlos était, en quelque sorte,
le lien entre le personnel et les clients de l'auberge, un lien essentiel qui
imprégnait tout l'établissement. Indispensable à la direction comme à chaque
client, il gérait méticuleusement chaque arrivée et chaque départ en
collaboration avec l'équipe de la réception, connaissant ainsi parfaitement
chaque personne: son numéro de chambre, son pays d'origine, ses compagnons de
voyage et sa langue. Il discutait avec tout le monde, même ceux qui ne
parlaient pas espagnol. Son énergie était contagieuse. Il faisait les lits,
nettoyait les salles de bain, repeignait les murs et veillait au confort de
chacun. Il s'assurait également que le personnel de ménage fasse son travail,
tout en trouvant le temps de rire. De la fenêtre du spacieux salon à l'étage,
je l'ai vu arriver, traversant le parc d'un pas assuré, en route pour son
travail. Je voyais bien qu'il aimait son travail, que c'était plus qu'un simple
emploi; c'était sa vie, son univers. Il leva les yeux, me vit et, avec une immense
joie, me salua à la mexicaine avant de se diriger vers la porte d'entrée.
— "
Ese es mi vato " — ai-je dit en riant, pour répondre à la
mexicaine.
Son accueil m'a empli d'un grand
espoir pour l'avenir du monde. J'ai compris que si un jour des citoyens
ordinaires, animés d'un cœur comme le sien et d'un véritable engagement envers
la société, devenaient ministres et ambassadeurs, alors peut-être, qui sait,
des jeunes comme Laurie et Dodo auraient-ils de meilleures perspectives.
Pourquoi dis-je cela? Pour bâtir un monde plus juste, nous devons militer pour
la suppression des barrières et œuvrer à un système qui respecte et valorise la
vie de chaque personne, quelles que soient ses origines. C'est la seule façon
de donner tout son sens à la dignité humaine et aux droits inhérents de chacun.
Il est essentiel d'examiner comment
les politiques d'immigration et les restrictions de voyage affectent de manière
disproportionnée les populations de certains pays, notamment en Afrique, en
Amérique latine et dans les Caraïbes. C'est précisément pour cette raison qu'il
n'y avait aucun Africain dans l'auberge, ni aucun jeune Caribéen ou Latino découvrant
l'Amérique comme les jeunes Européens. C'est ce que Joséphine appelait le «privilège
du passeport»: des politiques qui restreignent la circulation des personnes
originaires de pays pauvres et qui non seulement violent la dignité humaine,
mais sapent également les valeurs universelles que nous prétendons défendre.
Ainsi, mes demandes de suivi
concernant le cas de ces jeunes Haïtiens ont circulé d'un bureau à l'autre,
sans jamais aboutir. De l'entrée au guichet, du guichet à l'accueil, de
l'accueil au bureau, du bureau au guichet, du guichet à on ne sait où, mais elles
n'ont jamais atteint l'oreille ni le cœur de quiconque capable de comprendre
leur situation: ce sont simplement des jeunes qui cherchent à étudier et à
contribuer à la vie de leur communauté. Ce n'est pas leur faute si leur pays
est envahi par des bandits ou si leur gouvernement est un désastre.
Les raisons de les aider relèvent de la responsabilité morale, des droits humains et de la solidarité internationale. La Déclaration universelle des droits de l'homme stipule que toute personne a le droit de chercher asile et refuge face à la persécution et au besoin. De plus, ils financeront eux-mêmes leurs études et leur séjour dans le pays; ils ne solliciteront ni bourses ni aide gouvernementale. Par ailleurs, il est important de rappeler qu'aider nos frères et sœurs dans un pays en crise n'implique pas de blâmer l'État hôte pour la situation qui l'a engendrée. Les crises peuvent avoir de multiples causes, internes et externes, et aucune ne justifie la fermeture des frontières. En fin de compte, chaque personne, quelle que soit sa nationalité, mérite d'être traitée avec dignité et respect. Cependant, soumettre des individus à un examen critique fondé uniquement sur leur pays d'origine perpétue un discours déshumanisant. — «Moins de lois et plus de conscience», a dit un jour mon jeune ami.
Et puis, plus tard dans la journée.
Il était à peine 19 heures et l'auberge était complètement vide. Même le type qui ne sortait jamais était parti. La Coréenne avait passé tout l'après-midi à faire sa valise, pleine de produits de beauté, puis était partie pour l'aéroport. Bientôt, il ne restait plus qu'Antonio dans le hall, la musique tournant en boucle. C'était sans doute la même chanson qu'il avait entendue à la radio avec son père au Venezuela, la veille de Noël. C'est là que j'ai réalisé que j'avais l'auberge pour moi tout seul. Indran ne me croira sans doute jamais, mais j'avais le Flying Dog rien que pour moi pour 35 soles la nuit; ou peut-être que quand nous retourneront à Lima en septembre, il le racontera à tout le monde.
Perdu dans mes pensées près de la
fenêtre, en écoutant la playlist d'Antonio, j'ai soudain senti mon téléphone
vibrer; j'ai donc immédiatement lu le nouveau message WhatsApp. Il venait de
Joséphine.
—
« Comment va la vie ? As-tu
pu trouver une réponse pour les jeunes Haïtiens?»
Devais-je lui confier mon angoisse et
mon découragement? Abandonner n’avait jamais rien changé. Apaisé par un chant
de Noël à la radio, je rassemblai le courage de répondre positivement à mon
amie qui avait pensée à moi. De plus, l’Américain, avant de partir, me dit
qu’il me voyait partir tôt chaque jour pour travailler et me souhaita donc
bonne chance. Le Chilien me donna également sa bénédiction en partant et me
remit deux pièces de 50 pesos chiliens en souvenir de notre rencontre. Comme
Solange et Julienne, que je n’oublierai jamais, Ángel m’encouragea à persévérer
et à ne pas abandonner avant de rejoindre ses parents, venus lui rendre visite
de France.
— J’espère trouver bientôt
des solutions au sort de mes jeunes frères. En attendant, nous sommes
le 24 décembre; je pourrais m’offrir une part de gâteau et passer une nuit de
plus dans mon auberge à 35 soles, confiant que la nouvelle année approche et
que, peut-être, les frontières disparaîtront et que les rêves de milliers de
jeunes comme Laurie et Dodo de voyager et d’étudier se réaliseront. S’il y a
une chose que je devrais leur dire maintenant, c’est simplement de les
encourager à ne pas abandonner. En effet, malgré toutes les difficultés et les
épreuves que j’ai rencontrées au Mexique et au Pérou pour leur ouvrir une porte
– ou plutôt, pour la leur forcer –, les signes de la vie n’ont jamais cessé de
me rappeler que je dois garder espoir et persévérer.
Joséphine, de l'autre côté de la
frontière, réalisant que je n'avais pas abandonné, a répondu avec soulagement,
ajoutant un émoji soleil, comme pour joindre son énergie vitale à celle de ces
jeunes Haïtiens qui cherchaient une issue.
— La vie est difficile mais elle est
magnifique ☀️

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