viernes, 25 de febrero de 2022

Escritora invitada: Susana Grimberg

 Y seréis como dioses.

“Y así nacieron los hombres, con el propósito de mantener día con día la creación divina mediante lo mismo que dio origen a la tierra, el cielo y cuanto en ellos se halla: la palabra.” Carlos Fuentes
Decidí escribir esta nota motivada por la invasión de Rusia a Ucrania y el silencio de ciertos sectores políticos de la Argentina.

Ya el 11 de febrero del 2022, la BBC había anunciado que Ucrania acusaba a Rusia de someterla a un bloqueo naval con ejercicios militares, pero, dadas las circunstancias actuales y que la amenaza se tornó en una realidad. Vale destacar que la explosión de la URSS fue la peor desgracia geopolítica del siglo XX según Putin y sus acólitos y que la riqueza de Ucrania la vuelve codiciable para los intereses desmedidos de Rusia.

La caída de los dioses

Voy a comenzar mi nota con un breve comentario sobre la película “La caída de los dioses” (La caduta degli dei), coproducción italo alemana de 1969, dirigida por Luchino Visconti.
Transcurre en la Alemania de la República de Weimar (1918-1933), con los lamentables efectos del ascenso del nazismo en una familia aristocrática de industriales alemanes.
La historia transcurre en los años 30 y se centra en el derrumbamiento de la dinastía de los Essenbeck, una rica familia alemana, dueña de un importante imperio industrial. Luchas de poder, traiciones, corrupción y depravaciones sexuales provocarán el inevitable desastre de los Essenbeck junto al imparable avance y asentamiento de Hitler, paralelo a su historia.
Visconti analizó en “La caída de los dioses”, primera de una trilogía integrada por Muerte en Venecia (1971) y Ludwig (1972), la evolución de Alemania desde mediados del siglo XIX hasta la llegada al poder del nazismo.

El título remite a la ópera de Wagner: “El ocaso de los dioses” y aborda los temas tratados en dicha ópera tales como el incesto, la homosexualidad, la pedofilia, la prostitución, el travestismo y la ciega ambición de poder y la traición y se centró en los Von Essenbeck, una adinerada familia alemana dedicada a la industria de acero que comienza a hacer negocios con el Partido Nazi durante el Tercer Reich.

La película parte del incendio del Reichstag, del 27 al 28 de febrero de 1933, cuando el jefe de la familia, el barón Joachim von Essenbeck fue asesinado y Herbert Thalmann (Umberto Orsini), vicepresidente de la compañía familiar, por su oposición al régimen nazi, es culpado del crimen.

La película narra cuando Thalman logró escapar de las garras de la Gestapo, pero sus hijas y su esposa, Elizabeth (Charlotte Rampling), no. Elizabeth morirá en el campo de concentración de Dachau, mientras que sus hijas se salvarán a cambio de la entrega de su padre a la Gestapo.

Muestra también, cómo el emporio familiar quedó en poder de Konstantin (René Koldehoff), hijo del barón Joachim von Essenbeck, asesinado durante la «Noche de los cuchillos largos» y de que quedaron a su cargo su hijo Günther (Renaud Verley), un estudiante muy sensible y su sobrino Martin (Helmut Berger), quien siente atracción sexual por una de las pequeñas hijas de Herbert y Elizabeth y por una niña judía pobre.

Martin, dominado por su madre, extremadamente posesiva, Sophie (Ingrid Thulin), viuda del hijo mayor del barón Joachim von Essenbeck, héroe de guerra fallecido en la Primera Guerra Mundial y ayudada por su primo perteneciente a las SS, Aschenbach (Helmut Griem), que pretendía que su amante Frederick Bruckmann (Dirk Bogarde) tomara las riendas de la industria familiar.
En definitiva, la película fue una velada referencia a la familia alemana Krupp, cuya fábrica de acero tenía su sede en Essen, Alemania, algo no común para la época.
Hitler y las Sturmabteilung
El presidente Paul von Hindenburg nombró a Hitler canciller el 30 de enero de 1933. A lo largo de los meses siguientes, durante la llamada Gleichschaltung (“Sincronización” en alemán), Hitler logró prohibir todos los partidos políticos rivales de Alemania, y en el verano de ese mismo año, el país se había convertido en un Estado unipartidista bajo el control del partido único, el Partido Nazi. A su vez, Hilr se lanzó a la guerra por necesidad de espacio vital. Sin embargo, pese a la rápida consolidación de su autoridad política, Hitler no ejercía el poder absoluto. Como canciller, no lideraba el ejército, que estaba subordinado a Hindenburg, un respetado mariscal, débil y senil. Aunque muchos militares estaban impresionados por las promesas de Hitler sobre un ejército mayor y mejor y una política exterior más agresiva, el ejército se mantuvo independiente durante los primeros años del régimen nazi.

Las SA, eran una organización paramilitar que se mantuvieron autónomas respecto al Partido Nazi. Ésta evolucionó a partir del movimiento de los Freikorps surgido tras la Primera Guerra Mundial. Estas organizaciones del periodo de entreguerras del siglo XX se caracterizaban por su fuerte carácter nacionalista y su anticomunismo; durante la República de Weimar colaboraron con el gobierno en la represión del movimiento obrero y organizaciones izquierdistas, destacando acontecimientos como el Levantamiento Espartaquista o el Levantamiento del Ruhr, además de participar en el fallido Golpe de Estado de Kapp contra la joven república. Freikorps eran una organización nacionalista compuesta básicamente por veteranos alemanes desencantados y enfadados que creían que su gobierno había traicionado a Alemania y los había vendido a los países enemigos al rendirse y aceptar los humillantes términos del Tratado de Versalles. Los Freikorps se opusieron a la nueva República de Weimar. Ernst Röhm que era su comandante en Baviera, fue el responsable de almacenar y repartir metralletas ilegales a las unidades de los Freikorps. Posteriormente se convirtió en jefe de las SA. También conocidos como «camisas pardas», los miembros de las SA se hicieron muy notables por sus batallas callejeras contra los comunistas. Las confrontaciones violentas entre los dos grupos contribuyeron a la desestabilización del experimento democrático de la Alemania de entreguerras, conocido como República de Weimar. En junio de 1932, uno de los peores meses de violencia política, hubo más de 400 altercados callejeros, que causaron 82 muertes. Esta desestabilización fue crucial para el ascenso de Hitler al poder.

El nombramiento de Hitler como canciller, seguido de la supresión de todos los partidos políticos menos el nazi, redujo, aunque no terminó, con la violencia de las camisas pardas. Acostumbrados a la violencia, en altercados callejeros. golpeaban a los viandantes y posteriormente se enfrentaban a los policías que acudían a terminar con los enfrentamientos. En 1933 hubo numerosas quejas del comportamiento de los miembros de las SA; incluso el Ministerio de Exteriores alemán se quejó por los ataques a diplomáticos extranjeros, comportamiento que molestaba a los elementos más conservadores de la sociedad, como el ejército.

El siguiente movimiento de Hitler fue reforzar su posición con respecto al ejército enfrentándose a sus enemigos, las SA. El 6 de julio de 1933, ante un grupo de oficiales nazis de alto rango, Hitler declaró que, tras el triunfo del nacionalsocialismo en Alemania, debían consolidar el poder. En ese discurso afirmó que “La corriente revolucionaria no se ha detenido, pero debe ser canalizada en el seguro curso de la evolución”.

El discurso de Hitler señaló su intención de frenar a las SA, cuyo poder había crecido rápidamente en los años 1930. Este no era un objetivo fácil, ya que las SA habían aportado muchos de los votos que había recibido el Partido Nazi. Las SA que habían registrado un gran crecimiento en sus filas durante la Gran Depresión, cuando muchos alemanes perdieron la fe en las instituciones tradicionales, habían conseguido llenar de fervor nacionalista y solidario a la clase media. Muchos de sus miembros creían en la promesa del nacionalsocialismo y esperaban que el régimen nazi tomase medidas económicas más radicales, tales como acabar con las grandes fincas de la aristocracia.

Ernst Röhm fue el principal dirigente de las SA. Sus ambiciones políticas y el recelo que inspiraba en los líderes nazis fueron unos de los principales motivos que llevaron a la «Operación Colibrí».

Si el ejército regular mostraba desagrado por las masas que pertenecían a las SA, muchas camisas pardas sentían la misma aprensión hacia el ejército, ya que no lo veían suficientemente comprometido con la revolución nazi.

La noche de los cuchillos largos (en alemán: Nacht der langen Messer) u Operación Colibrí fue una purga política que tuvo lugar en Alemania entre el 30 de junio y el 1 de julio de 1934, cuando el régimen nazi llevó a cabo una serie de asesinatos políticos. Se puede incluir dentro del marco de actos que realizó el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán para apoderarse de todas las estructuras del Estado alemán. Muchos de los que fueron asesinados esos días pertenecían a las Sturmabteilung (SA), una organización paramilitar nazi. Hitler se opuso a las SA y a su líder, Ernst Röhm, porque percibía la independencia de las SA y la inclinación de sus miembros hacia la violencia callejera como una amenaza contra su poder

Perón y su simpatía por el régimen nazi.

En una entrevista, el periodista Uqui Goñi, autor del libro “La auténtica ODESSA- La fuga nazi a la Argentina de Perón”, se refirió al tema, tan desestimado en la Argentina.
El traslado de criminales nazis de Europa a la Argentina después de la II Guerra Mundial fue uno de los capítulos más oscuros de la historia argentina. Según el historiador Goñi, el gobierno de Perón, había facilitado de varias maneras, la llegada de grupos nazis enviando agentes a Europa, que a su vez eran ex miembros de la SS o nazis que ya habían llegado a Argentina, siendo el principal encargado un ex capitán de la SS llamado Carlos Fuldner, un alemán nacido en la Argentina, cuya familia había vuelto a Alemania en la década del 30.
Carlos Fuldner quien luego de enrolarse en la SS y ascender a capitán, después de la guerra escapó a Madrid donde organizó la primera red de escape a la Argentina, luego de reunirse con Perón.

Después de reunirse con él en la Casa Rosada, viajó a Europa donde comenzó el escape sus camaradas de la SS.

Perón tenía varias razones para recibir a los oficiales nazis, sobre todo por la simpatía natural que sentía por el nazismo y el fascismo. No hay que olvidar que Perón había dicho que consideraba que los juicios de Núremberg habían sido una infamia y que él había decidido rescatar todos los oficiales alemanes que pudiera. Por otra parte, también aclaró que quería traer a la Argentina a científicos y técnicos alemanes, como diseñadores de aviones jets y científicos nucleares. Por eso vinieron a la Argentina una gran cantidad de criminales de guerra tipo Adolf Eichmann y Josef Mengele, que había entrado al país disfrazados de técnicos.
Es que había coincidencias ideológicas entre el nacionalsocialismo y el peronismo de la época, como una forma de socialismo nacional.

Además, como Perón había estado en la Italia de Mussolini como agregado militar, al volver, habló de Hitler y de Mussolini, con gran entusiasmo y admiración. Y, hoy en día, el solapado apoyo que el gobierno nacional dirige a países totalitarios, bajo el mando bienhechor de ser de izquierda, se entiende mejor. No hay que olvidar que el Partido Nazi se denominaba Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y que la palabra Fascio se refiere a "la fuerza a través de la unidad". En algunos lugares se lo tradujo como pueblo. Entre los rasgos del fascismo se encuentra la exaltación de valores como la patria o la raza para mantener permanentemente movilizadas a las masas, lo que llevó con frecuencia a la opresión de minorías, especialmente en el caso alemán debido a su importante componente racista, y de la oposición política, además de un fuerte militarismo.

Nazis en la Argentina

Respecto de cuántos nazis llegaron a la Argentina, Goñi dijo que depende de la definición que se haga de nazi. Si es muy estricta la definición de nazi (personas acusadas de crímenes en cortes europeas), serían 250 criminales, entre alemanes, austriacos, franceses, belgas, croatas, etc. Ahora, tomando una definición más amplia (miembros de la SS y del Partido Nazi que llegaron a la Argentina), probablemente serían miles de personas.

Es necesario aclarar que La Argentina hizo todo lo posible para evitar que judíos emigraran a la Argentina. Hubo una orden secreta de la Cancillería argentina prohibiendo a los diplomáticos otorgar visas a judíos. Después de la guerra hubo órdenes secretas de Perón de dejar entrar sólo a judíos ancianos porque no podían tener descendencia y así se daba la apariencia de que la Argentina aceptaba a judíos. A decir verdad, el Gobierno argentino hizo todo posible para que los judíos no entraran, pero igualmente entraron miles y miles de ellos.
Quiero concluir con este pensamiento de Sigmund Freud.

“Las ilusiones se encomiendan a nosotros porque nos ahorran dolor y nos permiten disfrutar del placer. Debemos, por tanto, aceptarlas sin quejas cuando se chocan contra la realidad en la que se hacen pedazos”.

Susana Grimberg. Escritora, psicoanalista, ensayista y columnista.
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