viernes, 20 de marzo de 2020

Nota de Susana Grimberg "El ocio, es un mal negocio?"

¿El ocio, es un mal negocio? Nota de Susana Grimberg: Comunidades. Periódico judío independiente (2011) y Radio Sentidos (2020)
Nota publicada por Comunidades Periódico judío independiente Nº 501. 18 de Mayo 2011
“Ser capaz de llenar el ocio de una manera inteligente, es el último resultado de la civilización”.
Bertrand Russell (1872-1970). Filósofo, matemático y escritor inglés.
Estábamos festejando Pesaj, sentida y bella fiesta de la libertad cuando, después de la lectura de la Hagadá y de dar comienzo a la esperada cena, plena de manjares que nos tentaban con sus olores, colores y sabores, un amigo me sirvió en bandeja una pregunta que, al parecer, realmente lo intrigaba: “¿el ocio, es un mal negocio?”
Sorprendida, porque nunca se me había ocurrido un planteo semejante, dije, enfáticamente: “No. Descansar, nunca puede ser un mal negocio”. Y empecé a explicarle que fueron los judíos los que inventaron un día de descanso en la semana, el séptimo día y que eso fue y sigue siendo, un acontecimiento en la historia de la humanidad. También le hablé de Moisés y de los Diez Mandamientos, de la importancia del cuarto mandamiento y de la obligación de consagrar el Shabat a su creador.
La cena terminó con toda la alegría encendida y yo me fui a descansar con la intención de escribir algo sobre la pregunta que me había hecho este viejo amigo de la familia que, entre otras cosas, era un comerciante que escribía en los ratos de ocio short stories, fascinantes novelas en miniatura.
Como ustedes saben, se llama ocio al tiempo que se dedica a actividades que no son las propias del trabajo en ninguna de sus modalidades: ni el de la oficina, tampoco el del comercio ni el que se desarrolla en un consultorio y menos aún, el de las tareas en la casa, o el de las actividades obligatorias como las tareas escolares en los diferentes niveles y otras variantes.
Si bien, se nos inculcó que el trabajo es una virtud, todos sabemos que nada es tan reparador como un tiempo de descanso, que no es un tiempo de hacer nada sino de hacer algo distinto, algo que lo habitual no deja lugar para realizarlo. Es más, no deja de ser notable que muchas obras creativas, han sido pensadas, y escritas en tiempos de ocio.
Hace unos cuantos años, en los inicios de los ochenta, me inscribí en una escuela de psicoanálisis en la que una de sus características era denominar Otium a los grupos de estudio, talleres dedicados a profundizar los temas que nos interesaban. En ese momento, entendí que el tiempo libre podía ser el momento para pensar, investigar y “divertirse” con la diversidad de temas que podían abrirse ante nosotros, ávidos de saber.
En la Antigua Grecia se consideraba que el ocio era el tiempo más humano, un tiempo recreativo por excelencia, que podía ser el de las artes, el de la política, el de la filosofía (madre de todas las ciencias), el dedicado a la formación y al mejoramiento personal, también, el de la contemplación y, esencialmente, el de la creatividad.
Según el diccionario etimológico de Joan Corominas, la palabra ocio (del lat. otium), significa descanso, y fue la que dio origen, a su negativo: negocio (del lat. negotium), que significa ocupación, quehacer. Decir que es el negativo, ha dado lugar a malentendidos porque, los polos opuestos perfectamente pueden complementarse y crear algo nuevo.
Muchas veces se ha confundido ocio con vagancia, con pereza. Pero, en verdad, el tiempo de ocio es necesario para tomar distancia de los avatares cotidianos y volver a encontrarnos después de la vorágine.

La creación en los momentos de ocio
Es interesante cómo la literatura nos muestra que, el tiempo de ocio, típico de la cárcel, puede ser un tiempo de creatividad. Un ejemplo es el del escritor norteamericano Howart Fast, que al ser llamado por el Comité de Actividades Anti-Americanas y negarse a divulgar los nombres de los contribuyentes al Comité de Ayuda a los Refugiados Antifascistas, fue preso por el macartismo en 1950 y que, mientras estuvo en la cárcel, comenzó a escribir la novela Espartaco que luego obtuvo la trascendencia y éxito que muchos conocemos.
También Cervantes escribe su famoso don Quijote en las horas sin tiempo, de la vida en una cárcel. Puesto en prisión, en 1597 en la Cárcel Real de Sevilla, por haberse apropiado, supuestamente, de dinero público, Cervantes «engendró» Don Quijote de la Mancha, según dice el prólogo a esta obra.
Albert Einstein, en 1905, publica su teoría de la relatividad, desarrollo que logra gracias a sus horas de ocio en la Oficina de Patentes de Berna, en Suiza.
Ana Frank, en las horas ocultas en el anexo, más allá de los bordes de aquellos tiempos aciagos, tiempos devastadores del nazismo, dio a luz a su diario que sigue iluminando nuestras vidas.
El trabajo del análisis se inscribía para Sigmund Freud en el campo del ejercicio del ocio en su sentido clásico de actividad creadora.
El mismo Freud, en ocasión del 50º cumpleaños de su colega y amigo Ferencsy, le transmitió el deseo “de que le sean dados disposición de ánimo, vigor y ocio para concretar sus proyectos científicos en nuevos logros”. También, le sugirió que “no se deje dominar totalmente por el trabajo; y que, cuando tenga el ocio y la oportunidad necesarios, recuerde usted a su devoto amigo”.
En síntesis, el tiempo de ocio no es el que va a reportarnos un beneficio material inmediato porque no es ese el objetivo, aunque no lo excluye. Es la pausa necesaria para poder retomar la vida de todos los días, sea en donde sea, de una manera más entusiasta, con más vitalidad.
Otium y negotium
Como podemos ver, en el ocio se descansa, se vive y se comparte en cada familia (el ocio no es siempre una cuestión individual), se crea, se disfruta de la vida de otra manera.
Adriana Serebrenik, supo transmitirnos que “así como Shabat fue creado para celebrar la contemplación de la creación divina”, los tiempos de ocio, llámense vacaciones o, en estos días, el llamado feriado-puente en medio de cada mes, podemos pensarlos como la oportunidad de poner un freno en nuestras actividades, nutrirnos de aquello que estuvo fuera de nuestro alcance y “despegarnos”, según Serebrenik, de lo que no nos es esencial.
Es importante comprender que el tiempo de ocio es un tiempo que vale por sí mismo. Ocio y negocio, no solo no se excluyen sino que cada cual, a su manera, juega una parte esencial en la vida.
Para concluir, quiero compartir con ustedes este cuento jasídico, que nos abre un espacio para reflexionar:
“Hubo una vez en Polonia, en un colegio talmúdico, un estudiante famoso por lo mucho que estudiaba y aprendía. Cierto día, una autoridad llegó y le preguntó al rabino:
_ ¿Es verdad que ese joven, sabe tanto como dicen?
_ Para serle sincero – contestó el rabino -, el muchacho estudia tanto que no veo de dónde puede sacar el tiempo para saber”.
Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista.
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