viernes, 27 de marzo de 2020

Escritora invitada: Elizabeth Ryske, desde Olivos, Buenos Aires

Una pequeña historia


No había sido una buena noche. Las pesadillas, el dolor de cabeza, la contractura por las preocupaciones ...

Todo se conjugaba para hacer una mañana difícil de remontar. Se levantó con cuidado para no despertar a su mujer, y fue a la cocina a preparar el desayuno. Estaba tan molesto, que al intentar prender la hornalla ejerció tanta presión sobre el fósforo que lo quebró. Eso no hizo más que aumentar su mal humor. Encendió un segundo fósforo, un tercero, y también los quebró. Ya furioso, arrojó violentamente la caja contra el piso.


El ruido despertó a su mujer y se miraron en silencio. Ella se levantó de la cama y sin decir palabra recogió la caja , encendió un fósforo y calmadamente lo acercó a la hornalla antes de irse camino a la ducha. En ese momento él se apoyó en el marco de la puerta, y al hacerlo rozó con la punta de los dedos una de las agarraderas tejidas al crochet que estaban colgando junto al anafe. Esas coloridas creaciones nacidas de las manos de Ileana, esos hilos de colores que la alemana querida había combinado con tanto amor para la nueva casa de su amiga. “Si estuviera acá me estaría retando por la reacción” , se dijo, y no pudo menos que sonreír. Mientras calentaba el agua para el té pensó en esos lazos que trascendían la muerte, en esos gestos de amor que podían perdurar en unos hilos de colores, o en cualquier otro objeto que pudiera llevarnos inmediatamente al recuerdo feliz de un ser querido.


Poniendo en la bandeja las tazas de porcelana ( de la abuela) y la canastita de las tostadas ( de la tía ) empezó a sentir todo ese Amor que los rodeaba. Toda esa gente que está sin estar, abrigándolos desde un gesto antiguo y fuera del tiempo, haciéndole surgir esta inesperada sonrisa.


A pesar del miedo y la angustia de no saber cómo sortear las dificultades económicas, de la preocupación que implica no saber cuándo podrán volver a trabajar después del aislamiento por esta situación insólita, a pesar del miedo al contagio y de la sensación de impotencia ante algo tan inesperado como un virus que confinó al mundo entero en sus casas, a pesar de todo se dio cuenta de que aún podía sonreír.

Miró a su alrededor y un montón de minúsculos objetos parecieron reclamar su atención , cada uno de ellos era portador de un mensaje, una sonrisa, un mimo , la casa estaba repleta de tantos buenos deseos !!! Por eso, cuando ella salió de la ducha le dio un largo, larguísimo abrazo . No tenían certezas, pero se tenían el uno al otro , y casi en un susurro los dos dijeron “gracias”.

                                       

©Elizabeth Ryske-Olivos-Buenos Aires
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1 comentario:

  1. Bellísimo relato Lizzie, la tibieza en el alma se siente al leerte. Abrazo

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