viernes, 24 de septiembre de 2021

Trabajos ganadores del Certamen Esperanza-2021


Primer premio-Mirta Serrano- Villa Ballester, Buenos Aires

Obra:Luciérnaga



Un día se apagó la luz. Los relojes se detuvieron.

Se  convirtieron las voces en silencio.

Se dejó de amar. Se escondió el latido.

El fuego se apagó furioso. El agua dejó de correr.

No se pudo más mirar a los ojos al hermano.

Y las palabras se detuvieron en un diálogo.

La tierra se volvió árida y fría.

 El hombre reposó dormido entre ecos.

La espera se transformó en sueños.

Una noche extraña.  Ajena. Lejana. Eterna.

La vida se vistió de gala. Se desperezó.

Se asomó al balcón del destino.

Miró al universo, que le hizo un guiño de ojos.

Abrazó a la inmensidad.

Asomada desde un rincón distante

la civilización se hamacó

Con la luz potente del inicio.

El hombre, testigo inmutable

Volvió a darse una oportunidad.



Amó a su amor. Narró leyendas.

Cultivó la tierra. Bebió el agua.

Utilizó el fuego. Se abrigó frente a la pena.

Aprendió a amarse.  A respetar su nido.

Amaneció amigo de la esperanza.

----

Segundo Premio- Ariel Guerra- Villa Ballester, Buenos Aires

Obra: La mujer que me ama

                                        

                     

El hombre entra al bar y va directo a la barra. Su barman amigo lo espera en la butaca once de veinticinco que hay en la barra de forma de media luna. La luz es tenue y la gente amable. Ese jueves el pianista invitó a una cantante de temas románticos. Mientras se sentaba, y antes de saludar tenía su coctel servido: empezaba con un Gibson, después seguía con una copa de sauvignon blanc, y terminaba con uno o dos cognac vsop, si le gustaba el show y estaba bien acompañado. Esa noche no tenía cita. Hacia unas semanas que andaba solo. Su hijo mayor estaba a punto de cumplir treinta y en esa fecha, año tras año, se preguntaba si de verdad alguna vez había amado, ya que, cuando su hijo cumplió el mes, se separaron con su madre, y justo cuando la melancolía de ese recuerdo lo invadía, el pianista en el medio del murmullo comienza a tocar, y la cantante a cantar un tema en portugués. El sonido de su voz le provocó un nudo en la garganta que apagó tomando el Gibson de un trago, e instantáneamente sin darse cuenta qué pasaba, hizo una seña para que le sirvan otro. El barman vio sus ojos vidriosos y junto con el coctel le pasó una servilleta grande que hacía de pañuelo. Cuando terminó el tema, el público estalló en aplausos. La cantante de vestido blanco y pelo largo enrulado, caminó lento en ese cuadrado que oficia de escenario, miró al pianista y lo miró a él fijo, como penetrando en sus pensamientos, y comenzó a cantar: “Procuro olvidarte siguiendo la ruta de un pájaro herido, procuro alejarme de aquellos lugares donde nos quisimos”. Mientras las estrofas se metían en su corazón, pensó en ella recordando cómo miraba a su hijo cuando lo amamantaba, y cómo lo miraba a él después de besarse. Esa mirada lo persiguió todo este tiempo: una vez con una buena mujer tuvo la esperanza de que lo miren así, pero no se dio. Esperanza, que esa noche revivió a través de esa voz suave que se enreda con el sonido del piano y los suspiros de la gente. Recordó que su hijo en la charla semanal le comentó que ella preguntó por él, y eso revivió más la llama en su pecho, que trató de apagar con un cognac doble y un vaso de agua que el barman le había servido sin preguntar, e intuyendo que algo pasaba. Solo atinó a decirle: “Llámala, yo estoy con vos”. Miró el reloj: 21 hs. Sacó su celular y vio que había un mensaje de su hijo que de fondo tenía una foto con ella. Recordó sus manos y su cintura cuando bailaron un vals en el casamiento de un amigo. Buscó su contacto y vio que ella tenía la misma foto y la gracia de su sonrisa a pesar de los 30 años pasados: estaba intacta. No aguantó más, tragó saliva, y con su mano derecha temblorosa limpió los lentes. Esperó el intervalo del show, la llamó, y cuando escuchó su voz, su barbilla tembló, y sin titubeo le contó lo que estaba sintiendo en ese momento. Del otro lado escuchó un largo suspiro, y entre sollozos un: “Te escucho, mi vida”. Hablaron un largo rato y en el medio de la charla el barman señala la butaca doce. Él entiende lo que insinúa y hace un gesto de “no”; el barman de “sí”, y mientras discutían con señas, el piano y la voz viajaron hacia ella. Preguntó dónde estaba, él respondió que, a diez minutos de su casa, y sin más que decir, la invitó, y ella cortó. Sus ojos no soportaron más la emoción, se los secó, acomodó su corbata, el barman preparó una botella de champagne. La cantante invitó a bailar a las parejas, él se paró entre las dos butacas y extendió sus brazos, cuando la puerta del bar se abrió.

-----

Tercer premio: Osmar Bondoni- Santos Lugares, Buenos Aires

Obra: Seguir viviendo

SEGUIR VIVIENDO

 

Guardo escondida una esperanza humilde

ALFREDO LEPERA


                                 




 Ahora,

en el giro septuagésimo octavo de mi periplo terreno,

perdidas ya por el camino las horas de la arrogancia y de los proyectos infalibles, cicatrizadas las heridas de los errores y las indecisiones

y domados los afanes insensatos de grandeza y fortuna,

ahora que las viejas deudas han sido definitivamente saldadas u olvidadas

y los ardores y las turbulencias han cedido el último tramo del viaje a la templanza, ahora,

me inclino reverente ante el destino, ante su podio universal insobornable,

para pedir seguir viviendo todavía un poco más.


Seguir viviendo

aunque tenga que cargar en las árganas del corazón tanta añoranza por lo que se llevaron la muerte, el tiempo, los malentendidos.


Seguir viviendo

para ver a las golondrinas llegar cada vez trayéndome sonidos de tierras que no conoceré; para ver el incendio de los pajonales del cielo cuando quiere amanecer;

para sentir cómo escarba en la memoria

el olor de la tierra cuando empieza a llover; para mirar desde el tren los sembradíos

que me devuelven la infancia chacarera;

para volver agradecido a los lugares donde fui dichoso.


Seguir viviendo

para poseer a la primavera y comulgar con el otoño

y para ver cómo apura el invierno las exequias de la tarde:

lágrimas que se enjugan en verano sabiendo que los pájaros cantan para mí.


Seguir viviendo

para ver otra vez el mar,

indomable columpio de la eternidad;

para mirar las nubes, que traen a veces lluvia pero siempre belleza;

para que en las madrugadas del trabajo

pueda otra vez asombrarme por la porfía del sol, consolación de los desposeídos,

y para ver cómo estalla mi árbol azuzado por los fastos de septiembre.


Seguir viviendo

para volver a consagrar una copa de vino en el ritual de la amistad,

y asomarme de nuevo, en un libro querido, a la página aquella que me hizo tan feliz.


Seguir viviendo

para poder sentarme a la cabecera de la mesa en la familia

 




y mirar, entre risas y sabores,

esos rostros amados que me llevaré algún día,

y para ver cómo empuja mi tiempo en los ojos de los niños nuevos o sentir cómo toda mi historia se resume en el mirar de mi mujer.


Seguir viviendo

para cruzarme en la calle con un hombre

que alza sobre los hombros a su pequeño niño y piensa que no hay nada más en este mundo;

para ver cómo la brisa acaricia en los balcones las banderas mientras el pueblo pasa festejando, reclamando, recordando; para sentir cómo ahuyenta pesadumbres

la llave de la puerta del hogar.


A veces,

cuando el viento surero acuna las altas copas creo entrever entre las hojas

ciertas formas, siluetas, contornos:

son los rostros sin olvido de mis amigos muertos, mis amigos maravillosos,

los cazadores del relámpago,

los que fueron amados por las palabras

que ellos fecundaron para legarnos armonía y trascendencia, los que opusieron al gatillo un verso

y combatieron contra el tiempo con la armadura del amor; los amigos que me esperan en la luz definitiva

para seguir alimentando juntos la fragua de las sagradas utopías.


Pero yo quisiera quedarme todavía en esta tierra amenazada, lacerada, humillada, postergada,

seguir viviendo para ver antes de irme

aunque sea un atisbo, una señal, como un vislumbre de que los hombres por fin se han dado cuenta.



Atardece;

los fuegos del otoño doran los últimos follajes

y resplandecen en la cabeza del hombre que está inclinado ante el destino pidiendo humildemente seguir viviendo todavía un poco más,

un poco más.



----

Mención de honor: Sofía Valdez- Palpalá, Jujuy

Obra: La esperanza


¿Qué es la esperanza?

¿Acaso es esa palabra

que cuando la nombran

nos recuerda tanto al color verde?

¿O tan solo será esperar

el tiempo adecuado

para enamorarse?

El primer amor es la primera ilusión,

simplemente nos ciega

y nos destroza,

pero a la vez deja marcas

en nuestras vidas;

luego llegan otros

y es tan lindo, pero de repente…

llegan las desilusiones,

y nos juramos que no volverá a pasar.

Y acá estoy

otra vez

volviéndome a enamorar…

-----

Mención de honor: María Fernanda Macimiani- Tres de Febrero- Buenos Aires
Obra: Resiliencia humana

 
Los autos se detienen
una hilera de patos, se apropia del camino
ante extrañas sonrisas
embarbijadas
-contemplación-
 
Un mismo aire compartido
con alas viajeras
con polen fecundo
con latidos verdes
-equilibrio-
 
Sortilegio que acaricia un planeta
en tiempo de espera
dulce espera amarga
de besos por nacer
-la vida-
 
Tras velos nocturnos
amanece un horizonte interminable
“Jazmín” entre espinas
que ya se huele…
-milagro-
 
Flamear de colores mutuos
ojos prestados
que alcanzan a ver
en espejos infinitos
-el secreto-
 
La sed de un niño
que es la sed de todos
el tac tac tac…          
que perturba tus sueños                                       
la gota perdida, que él…
no podrá beber
-iniquidad-
 
Mientras la tierra
renueva sus dones
y acomoda el nido universal
para sus hijos
¡Madre Tierra!
-PERDÓN-



FELICITACIONES A TODOS LOS PARTICIPANTES

ME LENA DE ORGULLO HABER ORGANIZADO ESTE CERTAMEN Y SEGUIRE HACIENDOLO SEGUN DEN LOS TIEMPOS


¡GRACIAS!

Silvia

.............







1 comentario:

  1. Felicitaciones a los ganadores, a todos los participantes y a las Musas despiertas por generar este tipo de iniciativas

    ResponderEliminar

Gracias por tu comentario

Noche de los libros en San Martín