viernes, 22 de julio de 2022

Última parte: "Epitafio para mi bandoneón"



Una tardecita soleada de domingo, Antonio y María salieron a pasear por San Telmo, él quedó fascinado  por el entorno  "porteñísimo " del lugar, y por  la cantidad de turistas que disfrutaban de este singular escenario de Buenos Aires, se le ocurrió que era su oportunidad de volver a tocar el bandoneón para ese público ávido de conocer las entrañas de ésta ciudad, se le antojó un lugar mágico.


María no estaba de acuerdo con esa decisión improvisada, pero él alegó que lo haría en un lugar que hubiera sol, que lo calentara, que era lo que su médico le había recomendado. Contradiciendo la voluntad de María, el domingo siguiente con su querido bandoneón a cuestas se instaló en el  umbral de un concurrido bar frente a la plaza misma. Pronto una importante cantidad de gente estaba aplaudiendo con énfasis al talentoso bandoneonista que  interpretaba desde  sus emociones mas profundas la música ciudadana. No puede disimular su orgullo cuando exhibe el vapuleado bandoneón que conserva la arrogancia de haber pertenecido a las memorables glorias del tango y que suena aún memorioso de los acordes tantas veces repetidos . Las propinas que recibía eran abultadas y los turistas dejaban caer en su sombrero algún billete "verde". Esto le daba para comer adecuadamente toda la semana. Al ver el éxito de Antonio, María y su hermano pronto se incorporaron al espectáculo. Ella con sus vestidos ajustados, que conocieron tiempos mejores, rescatados de alguna vieja representación, las uñas esculpidas, los labios pintados de rojo, las pestañas postizas, los tacones gastados y las medias de mallas que alguna vez fueron nuevas, dejando entrever un corazón que otrora fue volcánico. 


Su hermano, con un traje raído, pañuelo blanco al cuello y sombrero negro que dejan mucho que desear. Alto, sumamente delgado, consecuencia del alcohol y el cigarrillo y las malas noches pasadas. Ambos bailan sobre los adoquines gastados de las callecitas de San Telmo al compas de la música que Antonio brinda con mucho amor y profesionalismo a un público que lo gratifica con sus enfáticos aplausos bien merecidos.  No así a los bailarines, que sin compasión se mofan de ellos, pero su amor por el tango es más grande que la humillación, aunque muchas veces un lagrimón resbala de sus mejillas .


La concurrencia de turistas aumentaba y el dueño del bar les pidió cortésmente que buscaran otro sitio, ya que él colocaría más mesas sobre la vereda para comodidad de su clientela.

El portal de una casona "colonial", por donde asoma una glicina, gastada, casi sin flores, y una vieja reja, sirve de  escenario a los artistas, a pocos metros de la plaza. El cambio no favoreció a Antonio, al almohadón gastado sobre el mármol no lo aislaba del frío y el sol sólo llegaba unos minutos por día.   Un feriante que tenía un puesto de sombreros antiguos y usados, le regaló uno en bastante buenas condiciones, en recompensa por la música hermosa que le regalaba todos los domingos, eso le dijo.


Cada vez que tocaba el tango "Malena", lo hacía en memoria de aquella mujer que lo llevó a la situación que hoy estaba, él seguía enamorado de ella y no le guardaba rencor. 

Su repertorio era variado y tan colosal como su pena.


Un domingo de aquellos, Don Juan visitó la Feria, su oído fino de músico avezado al escuchar los compases del tango "Che bandoneón" creyó que se le paralizaba el corazón, sólo hubo un músico en su larga carrera de director de orquesta que interpretara ese tango de esa forma, tan peculiar y tan sentido, no podía ser otro que Antonio. Se arrimó al grupo de gente que lo rodeaba y lo colmaba de aplausos. Se quedó escondido entre la concurrencia, le dio tristeza  verlo tan envejecido, la huella del infortunio se notaba en toda su persona, un lagrimón se derramó por su cara  cuando el público dejaba su dádiva en el viejo sombrero. Buscó un sobre y puso en él una suma de dinero importante, llamó a un niño que andaba por ahí y le pidió que lo pusiera en el sombrero del músico. Ya la feria no le parecía tan linda como cuando llegó, no podía pensar en otra cosa que ese  hombre con tal talento musical lo hubiera perdido todo, hasta la dignidad por una mujer.

El invierno se venía anunciando, el sol iba perdiendo su vigor, sus manos empezaban a temblar y su viejo "fuelle desinflado" ya no respondía igual, los bailarines estaban en franca decadencia. Esa tarde fue la última en San Telmo, que los espectadores vieron recrear ese espectáculo tanguero.

La ciudad se oscurecía minuto a minuto y un viento helado levantaba los toldos de los puestos, los tenderos se apresuraban a guardar la mercadería. Hojas muertas, papeles y tierra volaban por las aceras y calzadas de San Telmo. Pronto los nubarrones negros se convirtieron en una feroz tormenta, que en pocos minutos anegaron las calles y veredas de agua.


Antonio sólo tuvo tiempo para guardar su bandoneón y emprendieron la retirada. A penas habían caminado media cuadra cuando cayó al suelo. Un anticuario comedido lo resguardó en su comercio y llamó a una ambulancia. Empapado y con una fiebre  que lo estaba devorando llegó al hospital acompañado de sus queridos amigos, lo único que le preocupaba era no perder de vista su bandoneón. La noticia del médico que lo atendió es que estaba buscando una cama para dejarlo internado porque le quedaba poco tiempo de vida.

María estuvo a su lado todo el tiempo que le permitieron, él, consciente de que su fin pronto llegaría le dijo: " debajo de mi colchón hay un sobre con dinero que alcanzará para mi funeral y para hacer una placa de bronce y algo quedará para vos, no lo malgastes en flores , pero quiero que cumplas a rajatabla lo que te voy a pedir. Quiero mi bandoneón en el féretro, a mi lado. Cueste lo que cueste. En el sobre encontrarás el texto que quiero en la placa. Cuidate y gracias por tu amor".

En complicidad con los señores de la funeraria, María introdujo el bandoneón en el cajón, tal cual lo quería el hombre que más había amado en su vida.


La tormenta sólo era un recuerdo maldito, las calles estaban aún mojadas, el sol que él hubiera necesitado brillaba en el cielo sin pudor. Un ligero responso fue la despedida.

María se abrazaba a su hermano que era lo único que le quedaba.

Con tan escueto cortejo un par de hombres vestidos de negro, trasladaron los restos mortales hasta la necrópolis.

El paseo de María los días domingos era la visita al cementerio de la Chacarita, caminaba triste y vencida por los largos pasillos de esa ciudadela de tumbas y mausoleos, llenas de lápidas que nadie leía, ángeles de mármol y de piedras enmohecidas por el paso del tiempo la custodiaban hasta llegar a la galería donde descansaba su amado.


Llevaba la placa de bronce abrazada contra su pecho. Buscó a un guardián para que la colocara l en el frente del nicho. La placa rezaba simplemente así: 


"JUNTOS ANDUVIMOS EN LA VIDA, JUNTOS TAMBIÉN EN LA MUERTE, "CHE BANDONEÓN".


©Leonor Pires

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3 comentarios:

  1. Excelente!!! Solo me resta decir que "se me pianta un lagrimón". Hasta el próximo relato!!!

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  2. Excelente!!! Solo me resta decir que "se me pianta un lagrimón". Hasta el próximo relato!

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