viernes, 24 de agosto de 2018

Nadia Guthmann, “Hay que demostrar que una trabaja de verdad”



Nadia Guthmann nace en 1964 en Buenos Aires y desde 1977 reside en San Carlos de Bariloche, Río Negro, Argentina desde los 12 años. Cuando terminó el secundario la opción de hacer la carrera de Biología en la Universidad del Comahue y seguir paralelamente con una formación artística, plan que le permitía quedarse en esta ciudad, fue lo elegido y así lo comenzó a transitar.

Ha recibido numerosas distinciones en Escultura: Primer Premio XIII Salón Anual de Arte de la Fundación Bolsa de Comercio de Bahía Blanca (1996), Primer Premio XII Salón de Arte de Río Negro, Bariloche (2003), Mención de Honor Salón Nacional de Artes Visuales, Palais de Glace, Buenos Aires (2005), Mención 50º Salón Manuel Belgrano, Museo Sívori, Buenos Aires (2005), Tercer Premio Salón Nacional de Artes Visuales, Palais de Glace, Buenos Aires (2006), Segundo Premio, IV Salón Nacional de Artes Visuales de Cipolletti, Río Negro (2008) y Primer Premio, XVI Salón de Arte de Río Negro, Ing. Jacobacci, Río Negro (2009) y recientemente el Gran Premio Adquisición "Presidencia de la Nación", CI Salón Nacional de Artes Visuales, Palais de Glace - Secretaría de Cultura de la Nación, Buenos Aires (2012).

Fue Becada por Fundación Antorchas, Programa de Formación de Artistas del Interior (1999) y por Fundación Trabucco, para perfeccionamiento en Buenos Aires (2005).
Ella diseño y realizó la escultura del caballo-Pegasso, que está ubicada dentro del predio e la UNSAM (AV 25 de Mayo y Rodriguez Peña, en San Martín. Dicha escultura  se sumó al proyecto del campus escultórico de la UNSAM 25 Años, 25 Esculturas. Se trata de una versión del mítico caballo alado que simboliza, según el rector Carlos Ruta, “la potencia del talento, la capacidad de tener los pies en la tierra, pero también de soñar y desplegar lo que llevamos dentro”.

Nadia es una artista que demuestra que la mujer puede todo si se lo propone:

¿Extrañás tu profesión de Bióloga?



Sí y no, porque al dejar de ejercer como bióloga, la biología apareció más fuerte en mi obra, tanto en los conceptos como en el modo de observar, estudiar, investigar y hacer experimentos. Arte y ciencia siempre estuvieron unidas en mí. Desde muy chica me interesaron los seres vivos, la naturaleza, me preguntaba sobre las formas, los mecanismos, los orígenes, cómo se relacionan los diferentes organismos, las similitudes y diferencias entre nosotros los humanos y otros seres vivos, etc. Leía, veía documentales, observaba...y siempre dibujaba esos temas, incluso al mismo tiempo, o hacía esculturitas en diferentes materiales. 

Cuando terminé el secundario decidí estudiar biología y me doctoré en la Universidad Nacional del Comahue, aquí en Bariloche, realizando mi tesis en ecología animal. Paralelamente seguí dibujando y aprendiendo diferentes técnicas de escultura en talleres y cursos. Yo esperaba que la carrera científica me diera mejores oportunidades laborales y me permitiera hacer arte sin preocuparme por lo económico. Pero no contaba con que durante el gobierno de Menem y su ministro Cavallo, con su memorable "que se vayan a lavar los platos" dirigida a los investigadores de Conicet, se redujera drásticamente el presupuesto de ciencia y técnica, formándose un embudo en el ingreso a carrera del investigador. Mientras estudiaba biología y hacía el doctorado había logrado desarrollarme como artista, aunque con dificultad. En esa época ya ganaba premios en concursos y participaba en distintas muestras y simposios de escultura. Fui descubriendo que no podía dejar de hacer esculturas, que era algo de lo que dependía mi vida. En cambio, dejar de trabajar como bióloga, si bien me costó y pasé unos años bastante deprimida y enojada, me resultó soportable al incorporar los conceptos de ecología, evolución y etología a las esculturas. 

Pienso que hubiera sido difícil aprender todas las cosas fascinantes que aprendí en la universidad en forma autodidacta, así que aunque las cosas no salieron como esperaba, no me arrepiento de haber estudiado biología.

¿Qué es para vos el arte?

El arte, en mi caso a través de la escultura y el dibujo, creo que es una forma de procesar lo que voy viviendo. Una forma de mirar, de descubrir los patrones, los detalles y las generalidades, de adquirir conocimiento, de elaborar mis emociones, mis pensamientos, expresarlos y a la vez modificarlos. Hace que la percepción visual y los procesos mentales se materialicen, se traduzcan al movimiento de las manos, de los ojos, del cuerpo que se extiende a las herramientas, que interactúe con los materiales, y a la inversa, hace que lo emocional, tan subjetivo, se vuelvan objetos fuera de mí. Ante la imposibilidad de ciertas explicaciones, me permite un “es esto”, sin que sea definitivo. Es un ámbito liberador, donde está permitido lo singular, lo que no necesita rédito ni cuenta, lo que no tiene importancia por su producto, por su finalidad, sino por su acción, por la actividad en sí misma. Mientras trabajo suelo hacer preguntas y dejar que aparezcan respuestas, una suerte de pensamiento pasivo, y generalmente aparecen más de una respuesta para la misma pregunta y nuevas preguntas. Me permite descargar la ira y la violencia sin producir sufrimiento a otros; dejar expuesta la fragilidad, la debilidad y el miedo, sin que me destruyan; escapar de la linealidad de la lógica y el tiempo; abordar los temas esenciales que no pueden ser abarcados racionalmente ni resolverse con soluciones prácticas. Me ayuda a ser parte de la comunidad, donde mi trabajo tiene un lugar y un efecto más allá de mis intenciones. 
Los comentarios del público a veces me hacen ver cosas en mi obra que no había pensado. Por más control de la obra que quiera tener, siempre hay algo que escapa a lo que era consciente. Es unificador ya que contiene lo que soy y lo que no soy, lo que quiero y lo que aborrezco, a mi misma y a los otros.

¿Qué tenías en mente cuando comenzaste a diseñar el caballo que está emplazado en UNSAM?

La escultura para el proyecto 20 años 20 esculturas de la UNSAM tenía que ser suficientemente grande para el espacio abierto en el cual sería emplazada y yo no había hecho esculturas de más de dos o tres metros de alto. Podía diseñar una escultura nueva o re escalar una que ya tuviera. Enseguida pensé en Pegaso, porque la había concebido para un parque donde hubiera todo tipo de público y sobre todo jóvenes. A diferencia de otras obras en las que me refiero a convivencias conflictivas, el caballo alado era el resultado de la unión poética y armoniosa de dos seres, uno terrestre y otro alado, cuyas cualidades se potenciaban entre sí. Quería que la escultura materializara imaginación y fantasía en el mundo cotidiano. Una presencia que pudiera habitar amistosamente en un espacio público invitando a la libertad interior. Este caballo tendría que tener un gesto tierno y suave y a la vez lleno de vida; y el ave en su interior confirmaría la coexistencia de distintos mundos que interactúan, de un interior y un exterior cuyos límites se traspasan.

¿Ese trabajo fue pensado en tu lugar o viajaste a San Martín para ver dónde iba a estar y luego pensaste que qué ibas a diseñar?



Envié las imágenes del Pegaso de 2m que tenía en mi jardín con su fundamentación sin conocer el campus Miguelete. La propuesta fue aceptada con entusiasmo y acordamos que tuviera 4 m de alto. Después, me invitaron a conocer el campus, lo cual me incentivó mucho más. Ya tenían instaladas una decena de esculturas hermosas, vi que había una intensa actividad, con varios edificios en construcción y una parquización cuidada que acompañaba el crecimiento del campus. Me encantaba ser parte de eso y sentí una gran responsabilidad.

¿Cuál fue la obra más grande en tamaño que hiciste?

Como comentaba arriba, no había hecho una escultura tan grande hasta el Pegaso de la UNSAM. Entre la documentación que me exigían estaba el informe estructural a cargo de un ingeniero, cosa que no fue fácil porque no había antecedentes de cálculos de resistencia del material – hierro desplegado - en una escultura, carente de otro tipo de esqueleto. Tuvimos que poner a prueba la resistencia de forma experimental, para lo cual el ingeniero me pidió que hiciera una de las patas y le fue cargando peso encima hasta comprobar que sostenía peso por demás (en base a un cálculo de peso de los materiales y fuerza del viento) sin deformarse.
Tuve que acostumbrarme a la escala, porque al principio no me podía creer las medidas que arrojaban mis cálculos. También a manejar los pesos, implementando poleas y guinche eléctrico. A medida que avanzaba con la cabeza, patas y otras partes por separados, me iban construyendo una platea y un techo más alto delante del taller, para poder armar la obra. Trabajar en altura también era nuevo para mí, trepando a dos cuerpos de andamio. 

Lo peor era cuando se me caía algo!
Cuando ya creía que había pasado lo más difícil, llegó el momento del traslado. No había forma de transportar la escultura entera. Tuve que cortarla en partes, embalar y no fue fácil volver a armarla en el lugar, con una máquina que elevara el cuerpo por encima de los 2m para volver a soldar las patas, improvisando estructuras de sostén con los andamios.

¿Realizás talleres?

Durante años di taller en casa una vez por semana y este año empecé a dar talleres en una escuela municipal, La Llave, de escultura y cerámica. Son muchas más horas de docencia que lo que nunca dí. En escultura armé dos grupos de iniciación con modelado en arcilla, algo de yeso y cemento, un segundo nivel de tallado y un tercero de escultura en metal. Es la primera vez que logro sostenerme económicamente con trabajos todos relacionados con la escultura.

¿Siempre trabajaste en alambre o fuiste cambiando de técnica?

Empecé con cerámica, cuando iba al secundario. Después aprendí a tallar en madera con un luthier, durante mis primeros años de la facultad. Un colega me mostró cómo tallar piedra y seguí probando con alabastro, mármol travertino, piedra toba, calizas. En los encuentros de escultores aprendí a usar máquinas: amoladora, motosierra, etc. Pero el metal desplegado me lo encontré en los restos de construcción, y todavía no dejo de encontrarle vueltas a las diferentes mallas de metal. Descubrí que podía hacer grandes volúmenes livianos, que al permitir ver a través, podía utilizar el espacio interior, que podía jugar con la iluminación, dar movimiento, proyectar sombras. Con las mallas de metal me ocurrió algo especial, porque me encontré combinando conceptos biológicos y escultóricos de una forma que no me había pasado con otros materiales. El tejido metálico remite a los tejidos biológicos, las membranas y la piel de los animales. La porosidad del material es significativa ya que habla de un límite que no es absoluto, que permite el intercambio y la percepción. 

Didier Anzieu, en “Yo Piel”, relaciona el tejido biológico con las envolturas psíquicas. La piel separa al organismo del entorno, protegiéndolo y a la vez comunicándolo, definiendo un Yo separado del resto. Sin embargo, al ubicar un animal dentro de otro, cuestiono la separación, ya no se sabe dónde termina uno y comienza el otro. Así empecé a trabajar sobre esos límites que definen el yo y el otro, el adentro y el afuera, de modo que ya no hablo de seres separados, sino formado parte de sistemas. Como en la ecología, las relaciones entre organismos y con el medio pasan a ser el foco de mis esculturas. Relaciones que se repiten en diferentes planos: biológico, social, psicológico: predador-presa, dominante-dominado, manso-feroz, autóctono-introducido, salvaje-domesticado, etc.


¿Influye el lugar donde vivís con tu obra?

El lugar, tiene que ver con mi vida y eso se refleja en la obra. Además, influyó en
mi formación como persona. Vine a vivir a Bariloche cuando tenía 12 años. Si bien no lo había decidido yo, la gran ciudad no me gustaba, en cambio disfrutaba de los espacios menos antropizados. El andinismo fue una parte fundamental en mi educación, sus vivencias me enseñaron profundamente. Estudiar Biología en este mismo ambiente hizo que conociera todavía más sobre el entorno y que viera las mismas cosas de otra manera. Por otra parte, la historia y el entorno social tienen una impronta cotidiana muy fuerte, son temas que aparecen en mis esculturas, por ejemplo cuando relaciono los desplazamientos ecológicos de las especies autóctonas por las introducidas con lo que ocurre con los pueblos originarios tras la conquista. La otredad, el poder, el sometimiento, los conflictos territoriales y culturales, son temas que están presentes con sus características particulares en el lugar donde vivo e inevitablemente se manifiestan en mi obra y muchas veces recurro a la fauna patagónica y sus interacciones como símbolos.


¿Cómo fue tu paso por la gestión cultural?

En gestión no he hecho mucho. Puedo mencionar mi participación en la Asociación de Artistas Plásticos de Bariloche, donde cada año elaboramos e impulsamos proyectos en conjunto para mejorar las condiciones locales de formación, producción y exhibición, además de compartir información, experiencias y las diferentes opiniones. Me llama el trabajo en grupo, es un largo aprendizaje.

Trabajé también en la Delegación Andina de la Secretaría de Cultura de Río Negro unos años, haciendo tareas variadas, principalmente la programación de muestras en Sala Panozzi, antesala de la oficina, si bien me habían incorporado para ayudar a organizar una sala de exposiciones en el centro cultural que en 2013 se abriría inminentemente. Lamentablemente, Bariloche sigue sin tener un centro cultural ni salas de exposición acordes a su población y al turismo que recibe.

¿Te sentiste discriminada alguna vez por ser mujer y estar con alambres y soldaduras?



Sufrí la discriminación desde niña, cuando se daba por sentado lo que tenías que querer hacer: aprender a cocinar, coser, bordar, jugar a las muñecas, usar zapatitos de charol, pero nunca ir al taller de carpintería como mis compañeros de grado, treparme a los árboles como mi hermano. No se suponía que te enseñaran a usar herramientas como a tus amigos y la división del trabajo ya estaba en casa, ya que si había un varón, le tocaría cortar el pasto mientras a vos pasar la aspiradora y nunca al revés. De modo que el uso de ciertas herramientas fue algo generalmente más tardío en la vida de nosotras las escultoras. El mandato de cómo ser femenina no tenía mucho que ver con mis deseos. Así que no le di demasiada importancia a la identificación de mi género con estas bobadas, y terminé aprendiendo a usar serrucho, taladro, gubias, amoladora, motosierra, soldadora, más o menos en ese orden y generalmente de algún varón que tenía menos prejuicios al respecto. Cada tanto está el comentario sobre “si me gusta usar todas esas herramientas de hombre”. Y con algunos escultores, hay que demostrar que una trabaja de verdad, cosa que no se cuestionan entre ellos. 

La admiración que despierta el propio trabajo a veces se ve opacado por ese: “…y es mujer!” O sea que de movida no es algo que se espera de una fémina. En un punto, eso me divierte, y es que todavía hay gente que se sorprende cuando ve padres cambiando pañales. Para colmo, yo soy muy menudita y la verdad es que las herramientas, y sobre todo los guantes, no están diseñados para mi tamaño, en ese aspecto la verdad es que merezco un crédito extra, jaja!

Seguro que sí, merecido el crédito. Habría que promoverlo. Al menos acá que tenemos una obra tuya de la que estamos orgullosos.

Lo último en que participaste fue la Bienal en Chaco, este año. ¿Cómo fue esa experiencia?

Volví de la Bienal fascinada. La Fundación Urunday es una organización excepcional, gente que tiene gran trayectoria como artistas, personas muy generosas y que está dedicada a la gestión con el conocimiento desde todos los puntos de vista. Por un lado, como siempre ocurre en los encuentros de escultores, conocí artistas súper interesantes, me alegré de reencontrarme con algunos que había conocido en otros eventos, aprendí un montón y pude hacer mi escultura en un ambiente de trabajo muy estimulante, con devoluciones inmediatas del público y los colegas. Por otra parte, no podía creer la magnitud del evento. Nunca había visto algo así: el batallón de gente que organizaba y daba asistencia a los 7 escultores que competían, los 12 invitados, los estudiantes por el Premio Desafío, más los varios escenarios con música, danza, teatro, etc., los puestos de artesanía y de comidas que nos circundaban, charlas, congresos y talleres en simultáneo, miles de personas circulando, daban el clima de toda una fiesta popular. Es un público muy cálido, involucrado y agradecido, que te hace sentir que ya están adoptando tu obra apenas va tomando forma y así te dan más ganas de obsequiarles lo más que puedas en esa materia que estás transformando.

¿Qué otra exposición estás preparando?

Por ahora no tengo planes concretos. Siempre aparece algo, así que mientras, produzco lo que más puedo. Cuando no tengo un compromiso, me dedico a la obra sin restricciones de tamaño, tema, tiempo que me lleve. Eso es lo que más me gusta.

Preguntas express:
Un lugar en el mundo: la montaña.
Un lugar preferido de tu casa: el taller.

Una frase que repetís a diario: gracias.
Algo que te disgusta mucho hacer: trámites.
Un sueño a cumplir: poder dedicarme a la escultura todo el tiempo que quiera.
Un sueño cumplido: mi taller. Hace poco que terminé de construirlo.

Gracias Nadia, te felicito por tu hermosísimo trabajo.



©Silvia Vázquez
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1 comentario:

Gracias por tu comentario

Corredor histórico en San Martín

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