viernes, 9 de agosto de 2019

Escritora invitada: Nélida Bertolone


Nélida ganó la 2da.Mención especial en el evento solidario del sábado 3 de agosto con este trabajo:

Frio


¿Alguien puede explicar que es el frio? Alguien quizás construya un alegato, hablando de ese frío que se cobra la vida de seres vulnerables en condición de calle. Aquellos olvidados que en cada invierno nos enfrentan con una realidad que preferiríamos que no exista y provocan en todos nosotros un profundo dolor. Los insensibles simplemente dirán que es la ausencia de calor en el más específico lenguaje técnico de la física. Pero no, yo no hablo de este ni de aquel frío. Yo me refiero al frío que se colaba por esa franja que asoma por debajo de las botamangas del pantalón y descendía hacia los talones, apoderándose de mis pies silenciosamente. Me refiero a ese fío que de pronto ascendía y congelaba poco a poco mis pantorrillas y mis rodillas con total impunidad. O aquel otro que se posaba subrepticiamente sobre mis nudillos mientras mis manos recorrían frenéticamente el tablero de la computadora, y de a poco se extendía a cada uno de mis dedos, a mis palmas y al dorso de mi mano, y sigilosamente llegaba a mis codos, mis hombros y mi espada, y anunciaba el final de su recorrido con un brutal escalofrío.
Estoy en casa, me he sentado en mi silla violeta y estoy mirando la televisión, a salvo del frío. Detrás de la pared mis hijas conversan y escuchan música. Sus voces y los acordes me llegan arrullados por el ruido de las máquinas de coser.
El ruido de las máquinas detrás de la pared es un ruido que me devuelve recuerdos de infancia.
Mi madre se había ganando la vida desde sus siete años con la costura. De jovencita, en el verano, cosía sentada en el jardín de la casa de la calle Campana. En invierno, en esa casa de techos altos, el frio asaltaba de igual manera que hoy asalta a quien ocupa ahora el lugar que hasta hace pocos días yo ocupaba
A mí me ha tocado a lo largo de toda mi vida adulta, convivir con el tecleo de máquinas de escribir y calculadoras primero, de computadoras más cerca en el tiempo, para lograr mi sustento y el de mis hijos. Ese será el ruido que tal vez a mis hijos le devuelva mi imagen cuando ya no esté aquí.
A escasas treinta cuadras de casa, en una oficina en la que he trabajado veintisiete años, esos ruidos continúan. Pero no son mis manos las que se enfrían sobre los teclados, ni tampoco mis pies  sufriendo la invasión sobre la alfombra.
Sé que esta mañana, alrededor de las ocho y media, las chicas habrán llegado, y que ahora alguna ha salido a comprar el almuerzo.
Yo continúo sentada en mi silla violeta. He encendido la computadora, y estoy escribiendo. Toda mi vida he escrito, pero ahora el tiempo juega a mi favor. En mi hábito no siento frío. Me basta apretar un botón en un control remoto y mi habitación se convierte en un cálido ambiente.
Detrás de la pared, continúo escuchando las voces y las risas de mis hijas.
En la oficina alguna de las chicas habrá encendido el hornito y el ambiente comenzará a oler a fonda, entonces alguien más buscará un desodorante en aerosol y tratará de tapar ese olor, encenderá un sahumerio y agitará los palitos para que el perfume despida sus efluvios. Pero mi tos ya no se escuchará. Es curioso, aquí, en casa, no he tosido ni una vez desde el viernes.
Continuo escuchando el rumor de los motores de las máquinas de coser y mi memoria comienza su propio derrotero.
Entonces los veo. Mamá cose. La tela se desliza sobre la mesa que papá construyó para la máquina, y cae al piso, donde crece una montaña de prendas a medio hacer. Mi hermana cose a mano, terminando vestiditos de nena que pronto estarán en las vidrieras de los negocios de Villa del Parque. Yo enebro agujas.
Papá, inclinado, apoya el brasero que creó con una base de garrafa vieja. Lo ha encendido afuera, en un patio que pronto se transformará en otra parte de mi casa en construcción. Ha dejado que las brasas ardan hasta que no emanen más gases peligrosos, y protegiendo sus manos con guantes de descarne y un trapo grueso, lo ha entrado para caldear el ambiente.

Estoy en esta casa después de tantos años. Mi habitación entonces no existía, solo formaba parte de un proyecto. Y el lugar donde mi evocación me lleva, es ahora parte de la casa de mi hijo. Mis padres ya no están. Cada rincón del edificio encierra su presencia. De pronto mi rostro dibuja una sonrisa: la niña que fui nunca ha sentido frío.

También escribe esto, para su nieto:

Y ahora es mayo
Arribaste en diciembre
cuando las golondrinas festejan todavía el equinoccio.

Y ahora es mayo, primavera en las otras latitudes.

Con tu sonrisa
un par de golondrinas alzan vuelo
buscando un sol más tibio
rumbo al solsticio.
Culmina


un nuevo giro al sol.
Renace
la vida allá en el norte.
Y tu sonrisa
Iluminando inviernos incipientes,
entibiando el espacio en el que habito.
Hubieron tantas bocas,
tuve muchas sonrisas,
transite tantos mayos.
Pero este es diferente:
Abrirá ese portal hacia un mañana
donde cuesta el asombro,
donde el tiempo se acota
presagiando el invierno.
Y en ese invierno
que asalta por la espalda,
que acecha,
que invade,
que ya no va a marcharse,
tu sonrisa es mi abrigo.

Nélida E. Bertolone

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