viernes, 5 de abril de 2019

Escritor invitado: Ricardo Lobos

Ricardo escribe desde la ciudad capital de la provincia de La Pampa
                            


Mi árbol de otoño

El césped de la plaza está cubierto por hojas amarillentas de un robusto árbol. Admiro esa combinación de colores verde-amarillo que la naturaleza ha mezclado. El árbol, así desnudo, se somete a que sus hojas fluyan, barridas por el viento. Es parte del proceso, del nuevo verdor de la próxima primavera. La savia se regenera para nutrir las ramas que acunarán a los verdes brotes.


El banco, debajo del árbol, es blanco, lo que crea un combinado de colores. Sentados se halla una pareja de adolescentes con sus mochilas y carpetas. Hojean las páginas de alguna tarea, sin demasiado interés. Por momentos ríen y se rozan las manos: no pueden disimular la seducción, el primer embeleso juvenil. Siguen leyendo de a ratos, pero sus manos se buscan en otros, mientras el árbol los estimula. Luego, se incorporan ya más resueltos, y tomados de la mano, observan el árbol, por última vez.


Un vagabundo detiene su andar y se sienta jadeando. Su pelo desgreñado y la tupida barba le dan un aspecto enigmático. Alza la vista y contempla el árbol. Quizá están en identidad, ya que ambos se sienten desprotegidos ante la vida: el árbol siente el viento, el vagabundo siente el frío. Se adormece en el banco, en tanto que algunas hojas se posan en su sucia gorra. Despierta, sacude la gorra, se la encasqueta hasta las orejas, se incorpora, mira las ramas secas y se marcha.


Ahora, una vieja la ocupa el banco, tiene un bolso, de donde extrae un tejido y teje en punto arroz. Los anteojos afirmados en la punta de la nariz comandan la acción. Algún nieto, quizá, luzca ese pullover que punto por punto va tomando forma. Un viejo se sienta a su lado y la observa. Ella demuestra indiferencia. Su ocasional compañero le pregunta si teje para los nietos. Un asentimiento de cabeza es la escueta respuesta. Advierto que ese viejo la incómoda, pero cuando le expresa que también tiene nietos, ella sonríe complacida. El viejo, desanimado por la falta de diálogo, se marcha sin saludar. La vieja, por hoy, termina su labor, guarda el tejido en la bolsa. Unas hojas rezagadas caen en sus cabellos, se desplazan hacia la frente y de ahí planean hasta las agujas. Despacio, las toma con sus manos rugosas y con suavidad las coloca sobre las otras hojas. Las contempla hermanadas, como si encontraran el sitio adecuado. Se levanta, se desplaza a paso lento, silenciosa como había llegado pues ya no hay apuro en su vida, que la vida la espere a ella. El árbol la ve partir.


Dos jubilados ocupan el banco y charlan en voz alta, para vencer la sordera. Comentan el partido del domingo, critican al árbitro, como de costumbre. Además, hablan de política, tema ineludible en nuestras vidas. Escucho una declamación recurrente: todo tiempo pasado fue mejor. No es así, ese tiempo fue mejor porque los años eran jóvenes. Contemplan un instante las hojas tiradas, se levantan, se saludan, despidiéndose hasta mañana.


Yo reflexiono que pronto llegará el invierno y cubrirá, con sus heladas, el suelo de escarcha. Unos meses más y con la primavera mi árbol florecerá. Los pájaros con su trinar melodioso serán una hermosa sinfonía para los paseantes. Los nidos harán del árbol su custodio y después, el padrino de los pichones. Por último, llegará el verano y su sofocante calor con el árbol cuya sombra es apetecida por todos.


Pienso si regresarán en el siguiente otoño, los adolescentes enamorados, el vagabundo, la vieja con su tejido, el viejo, los jubilados.
Aquí voy a esperarlos…, con mi rastrillo, mi árbol y mis hojas amarillas de otoño.



©Ricardo. Lobos

Sta. Rosa - La Pampa.

Publicó en la Antología"Palabras que no se lleva el tiempo", presentada en 2018 en la Casa de La Pampa, en Buenos Aires.


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