miércoles, 17 de abril de 2019

La pluma


Estaba ahí, apenas apoyada sobre el banco de madera que estaba en la plaza. El mismo banco verde en que me sentaba todas las tardes cuando salía del colegio. Ahí lo esperaba a él, que salía de trabajar y corría a mi encuentro.

Estaba ahí, limpia, blanca, pura, a pesar del barro que dejó la lluvia del fin de semana. Casi no había tocado el piso, solo el banco verde de madera.
Era tan linda, tan llena de todo. ¿Desde dónde habría venido?
Tal vez voló de alguna ave perdida, o de un ángel… de un ángel, si, ¿por qué no de un ángel?

Yo creo en los ángeles. Los mismos que vienen a buscar almas perdidas y si las recuperan, consiguen sus alas. Esos que tienen ojos de cielo, bocas sonrientes, dientes perlados, rulos que caen sobre sus frentes como los de Cupido…

Podría haber caído de un ángel. Tal vez se enganchó cuando caía desde el paraíso, o quien dice, se habrá peinado apurado antes de salir y quedó ahí, o…la habrá dejado a propósito sobre el banco verde de madera.

Una señal, eso es, una señal. ¿Tan llena de todo, dije? ¿De qué puede estar llena una pluma, tan frágil, tan etérea, tan débil ante cualquier otro objeto?
Imagino que estará llena de paz, de amor, de armonía, de dulzura. Imagino también que quien la recibe se contagia de todo eso.

Ella estaba ahí, apoyada sobre el banco de madera verde que estaba en la plaza.
Ella me traía un mensaje. Seguramente de él. Si, seguramente. Ahí escucho algo, muy débil el sonido, pero si apoyo mi oreja sobre el banco verde lo escucho. Ella se mueve, apenas se mueve, su raquis vibra y habla. Me habla. Me dice que lo espere, que falta poco, que pronto estaremos juntos, que no pierda las esperanzas, que lo siga soñando y que lo siga amando.

De pronto, ella vuela. Aunque quise atraparla se fue, así, despacio como llegó a mi lado. Me pareció que cambiaba de color, que se iba hacia otra dirección, que giraba con un remolino leve y agraciado. Ella se fue, pero el aroma de su perfume quedó ahí, sobre el banco y mi hombro. EL estaba, como estuvo siempre.

Yo creo en los ángeles. Este tiene alas, y esa pluma es de una de ellas.

©Silvia Vázquez
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