viernes, 10 de diciembre de 2021

Escritora invitada: Mirta Serrano

 Paseo bajo tierra

Buenos Aires tiene lugares para conocer. Para enamorarse. Para descubrir tiempo dormido.

Esta semana visité la iglesia San Ignacio en el barrio de Monserrat.

Seguramente muchos desconocen que debajo de sitios que transitamos en Capital Federal, quizá haciendo trámites, debajo de nuestras pisadas hay un submundo misterioso.

Desde Retiro entre otras bellezas dormidas que dejé de lado por mi cita programada con la admiración, miré con asombro la torre Monumental.

Caminado solitaria desde Retiro me fui encontrando con un romance secreto entre la historia y mi presencia. Mientras iba avanzando hasta llegar a Plaza de Mayo con las hermosas y trabajadas arcadas de los techos de los edificios de la avenida Paseo Colón .

Los departamentos se entremezclan con negocios, con el tráfico. Con eternos monumentos dormidos que saben y que pueden abrazar al tiempo.

Son apenas trece cuadras donde me imagino el ayer.

En la plaza de Mayo, centro de tanto pasado Histórico solemne , observé de lejos la Casa Rosada, La Catedral metropolitana, el cabildo. La pirámide de Mayo.

La calle Bolívar me esperaba. Son apenas dos cuadras, la iglesia San Ignacio se abre ante mi mirada. En un lateral de su pasillo, antes de entrar al templo hay una puerta, detrás de ella, inesperado me topo con el pasado furioso de encanto y de tiempo. Es un túnel.

El sacro y sagrado lugar es invitado por la guía a recorrer. Pasamos a las matroneras. Desde allí podemos ver la iglesia en su esplendor desde las alturas. Allí se ubicaban los esclavos.

Salimos de ese salón. Pasamos a otro espacio. En un giro breve hay una escalera a subir. Y allí detrás de varios peldaños saldremos a un descanso. A nuestros alrededor tres campanas. Inmensas, amigables que por medio de un proceso de maquinaria tocan cada hora. Activándose solitarias. ¿Qué conversarán entre ellas? ¿ A qué personajes han visto y oído sus plegarias?.



Detrás de cada campana una ventana pequeña, desde donde podemos empezar a divisar los otros edificios vecinos que ignorantes de presencias, siguen en su trajinar de estoicos modelos aferrados a la tierra.

Seguimos subiendo escaleras que cada vez se convierten en más angostas. Con una baranda de sostén que es muy peligrosa.

Llegaremos a la cornisa de un mirador. Cómplices de ver desde allí todo el complejo de la manzana de Las Luces y parte de los techos de edificios importantes de la zona.


                                              


La iglesia posee dos torres. Una, más actual es la visitable. La otra, la original y mucho más antigua es a su vez más elevada y su escalera no permite ser usada. Solo podemos subir con la mirada un sacro y oscuro espacio alejado. Lleva en su haber muchos años.

Nos vamos. Volvemos a recorrer los pasajes y sus peldaños que ahora cuesta un poco más dado que es muy angosto y algunos de mis compañeros ocasionales no se animan a mirar hacia abajo.

Ahora entramos a la iglesia. Abierta precisamente para nosotros. Bellísimo edificio con sus 

santos, sus atrios y su leyenda.

                                     

De uno de sus inmensos portales atravesamos el tiempo y un amplio salón. Posee ayer.

Es parte del complejo recuperado que fuera de los jesuitas. Cuadros que adornan las paredes nos traen desde la pluma del arquitecto Moreno, como se trabajaba en el pasado. Elementos rudimentarios que hicieron tanto en esas excavaciones, para poder hoy pisar este lugar. Estoy hablando de más de trescientos años.

La guía nos muestra un amplio pasillo recuperado para ser visitado por todos .Hasta hace poco allí había oficinas de la curia, que fueron trasladadas.

Desde ese lugar a cielo abierto se ve, entremezclado con la fisonomía de un cielo claro, en las alturas, parte de la cúpula de la torre visitada hace un momento.

En el sitio que piso, se observa una gama de baldosones antiguos de color amarillo y guinda. Vecino a ese piso se pudo conseguir en una fábrica que asemeja al piso vecino, otras baldosas imitando a las primeras.

Nuestro próximo paso será asomarnos a un salón descubierto por un alumno del vecino colegio Nacional. Hace muchos años ya. Pasillos, bóvedas, historia de un pasado colonial.

El colegio Nacional fue testigo de grandes personalidades en los alumnos que hicieron nuestra patria.

Bajamos a un subsuelo mágico. Allí hay oscuros túneles que entre piedras y arcadas nos cuentan que un día fueron rescatados. Recuperados.

En un vértice invisible si lo recorriéramos para ascender, podríamos salir a uno de los atríos y sus Santos que se encuentran en la iglesia.

Volvemos a subir esta vez, para hacer una breve visita a la iglesia.


                                          

Este complejo que ocupa toda una manzana junto al colegio y al Complejo Histórico Cultural manzana de las Luces, sumado a la iglesia San Ignacio es digno de visitar, admirar y proteger.

Un día luego de peregrinar por otros lugares llegaron a nuestras tierras los jesuitas. Nos dejaron su obra , su cultura. Fueron alejados de este lugar en el año 1767. Pero nos dejaron un testimonio dormido y eterno de nuestro ayer.

Lo sagrado de preservar nuestro pasado hace que sepamos de dónde venimos y hacia dónde vamos para podemos seguir cultivando nuestro futuro. Pasado que eternos se observan en edificios, calles , monumentos y personajes .

©Mirta Serrano.

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