viernes, 10 de diciembre de 2021

Informe: Literatura boliviana- Por Silvia M Vázquez


Foto: Inst. Goethe

                 


Bolivia cuenta con una rica tradición oral. Está manifestada en mitos, leyendas, cuentos, que lamentablemente por falta de políticas de Estado no son difundidas como corresponde.

La población boliviana, compuesta en su mayoría por indígenas y mestizos,  enriqueció la literatura nacional con diversos matices, para convertirla en lo que apreciamos en la actualidad: una literatura rica, oriunda de las tierras bajas :Amazonia, de los valles y de los Andes bolivianos. La literatura de Bolivia se encuentra en un proceso de crecimiento, añadiéndose a los nombres canónicos como Adela Zamudio, Óscar Alfaro y Franz Tamayo otros de autores recientes.


                   

Si nos remontamos a  la literatura del siglo diecinueve, hablaremos de Adela Zamudio, nacida en 1854 en La Paz: Dirigió la primera escuela laica de Bolivia en La Paz y fundó la primera escuela  de pintura para mujeres en 1911. Posteriormente una para niños en los arrabales de la capital.

Bolivia celebra el día de la mujer por esta escritora que murió en 1928 en Cochabamba. Adela Zamudio luchó con firmeza por la emancipación social e intelectual de la mujer, por dar prestigio a la idea de feminidad; y aunque su rebeldía estuvo inextricablemente ligada a unos altos principios cristianos, fue combatida de forma feroz tanto por las autoridades eclesiásticas como por las civiles, hasta suscitar una célebre polémica nacional en la pacata sociedad boliviana que le valió el solidario apoyo de gran parte de los mayores escritores de su país.

El lugar más destacado entre la producción poética de Zamudio lo ocupa la obra Ensayos poéticos, publicada en Buenos Aires en 1887, con un prólogo de Juan José García Velloso. En las veinticuatro composiciones contenidas en este poemario aparecen reflejados todos los temas recurrentes de la escritora -la vida, la naturaleza, las cuestiones filosóficas, los sentimientos y la mujer-, expresados en el estilo armonioso y espontáneo que caracterizaron una escritura entre tierna y pesimista, aunque también altiva y rebelde. Su siguiente libro de poemas, Ráfagas, se publicó en París en 1913.

 Como culminación de su trayectoria literaria, la poetisa fue reconocida como «la más elevada exponente de la cultura femenina» por el presidente de la República, en un homenaje celebrado en 1926.

Obtuvo  el reconocimiento que también alcanzaron, en un periodo de la lírica hispanoamericana sumamente fértil en voces femeninas, otras poetisas como la dominicana Salomé Ureña, la argentina Alfonsina Storni, la salvadoreña Claudia Lars y las uruguayas María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou.

A continuación una de sus obras:

 

AMANECER

Mundo carnal, la primavera,

resina en los dedos, pegajosos

después de abrazar el árbol de palma y

la corteza pegada,

su opresión débil que despierta

con un toque de rojo y los ojos

velado por la tristeza, la prohibición

se puede descubrir el centro

del corazón.

¿Cuál fue mi voluntad

pero subir a los árboles,

llegar a la cima

y ver las estrellas por la noche

brillando en silencio?

 

Se despertó en el mundo, ahora amanece

y sin su voluntad se queda atónito,

la pereza infinita, la soledad

de nuestro manantial infinito

alegría que exhala esta amenaza,

esta melancolía.

 

               

Nos acercamos más a la actualidad y hablamos de un escritor de solo 54 años, Edmundo Paz Soldán, nacido en Cochabamba. Se educó en la Universidad de California , es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. y recibió el premio Guggenheim en Artes, América Latina y Caribe . Escribe novela cuento y ensayo También fue guionista de la película Wednesday Afternoon.




Es autor de once novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Norte (2011), Iris (2014), Los días de la peste (2017) y Allá afuera hay monstruos (2021).

La novela “Allá afuera hay monstruos” narra la historia de una preadolescente que se enfrenta a una fatídica epidemia además de ser testigo del turbulento escenario político y social provocado por la crisis sanitaria.

Sus libros de cuentos son: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) –reunidos como Desencuentros en esta misma editorial–, Amores imperfectos (1998), Billie Ruth (2012), Las visiones (2016) y La vía del futuro (2021), estos tres últimos publicados en Editorial Páginas de Espuma. Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Sus obras han sido traducidas a once idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002).

Sus novelas han sido traducidas a doce idiomas.

Otros autores contemporáneos bolivianos son Renato Prada Oropeza, Ricardo Jaimes Freyre,Rodrigo Urquiola Flores, Ronnie Piérola Gómez, Sergio Suárez Figueroa, Víctor Hugo Arévalo Jordán, Víctor Montoya,Jesús Urzagasti.

LA PUERTA CERRADA, un cuento de Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967)

Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano agobiador. El cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridos discursos, destacando lo bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó “La media vuelta”, el bolero favorito de papá: Te vas porque yo quiero que te vayas, / a la hora que yo quiera te detengo, / yo sé que mi cariño te hace falta, / porque quieras o no yo soy tu dueño. Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño, era la sobriedad encarnada.

Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente.

Yo la vi, por la puerta entreabierta de su cuarto, empuñar el cuchillo para destazar cerdos con la mano que ahora oprime un jazmín, e incrustarlo con saña en el estómago de papá, una y otra vez, hasta que sus entrañas comenzaron a salírsele y él se desplomó al suelo. Luego, María dio unos pasos como sonámbula, se dirigió a tientas a la cama, se echó en ella, todavía con el cuchillo en la mano, lloró como lo hacen los niños, con tanta angustia y desesperación que uno cree que acaban de ver un fantasma. Esa fue la única vez que la he visto llorar. Me acerqué a ella y la consolé diciéndole que no se preocupara, que estaría allí para protegerla. Le quité el cuchillo y fui a tirarlo al río.

María mató a papá porque él jamás respetó la puerta cerrada. Él ingresaba al cuarto de ella cuando mamá iba al mercado por la mañana, o a veces, en las tardes, cuando mamá iba a visitar a unas amigas, o, en las noches, después de asegurarse de que mamá estaba profundamente dormida. Desde mi cuarto, yo los oía. Oía que ella le decía que la puerta de su cuarto estaba cerrada para él, que le pesaría si él continuaba sin respetar esa decisión. Así sucedió lo que sucedió. María, poco a poco, se fue armando de valor, hasta que, un día, el cuchillo para destazar cerdos se convirtió en la única opción.

Este es un pueblo chico, y aquí todo, tarde o temprano, se sabe. Acaso todos, en el cementerio, ya sabían lo que yo sé, pero acaso, por esas formas extrañas pero obligadas que tenemos de comportarnos en sociedad, debían actuar como si no lo supieran. Acaso mamá, mientras lloraba, se sentía al fin liberada de un peso enorme, y los personajes importantes, mientras elogiaban al hombre que fue mi padre, se sentían aliviados de tenerlo al fin a un metro bajo tierra, y el cura, mientras prometía el cielo, pensaba en el infierno para esa frágil carne en el ataúd de caoba.

 




Acaso todos los habitantes del pueblo sepan lo que yo sé, o más, o menos. Acaso. Pero no podré saberlo con seguridad mientras no hablen. Y lo más probable es que lo hagan sólo después de que a algún borracho se le ocurra abrir la boca. Alguien será el primero en hablar, pero ése no seré yo, porque no quiero revelar lo que sé. No quiero que María, de regreso a casa con mamá y conmigo, mordiendo el jazmín y con la frente húmeda por el calor de este verano que no nos da sosiego, decida, como lo hizo antes con papá, cerrarme la puerta de su cuarto.


(transmitido en "Radio Sentires del pueblo" -Merlo, diciembre 2021-Programa "Indoamérica" de Pericles)martes de 18 a 20 hs

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